“La más grande de las alegrías nace de la dificultad”

El Espectador reproduce una entrevista publicada en sus páginas en el año 1988 y realizada por la periodista Elaine María Mojica. “El peligro más grave radica en que la economía mata más gente que la policía en nuestras naciones”; expresó en el inicio de ésta realizada en Lima, en presencia del crítico literario Sergio Vistunor. </p><br><div class="block-title-gray"><a href="http://www.elespectador.com/noticias/infografia/eduardo-galeano-un-pensa... al especial: Eduardo Galeano, un pensador del Sur Global</a></div><br>

Archivo El Espectador

 Su rostro se observa diferente refleja la satisfacción del retorno a su enigmática América Latina. La misma que lo hiciera vivir intensamente, sufrir lo inimaginable hasta inspirarlo y finalmente conducirlo a las profundas raíces de su propia historia.

Es el autor de Las venas abiertas de América Latina: Eduardo Galeano, controvertido escritor uruguayo que, a través de una narrativa cruda y directa, plasma en sus obras los deteriorados sistemas socioeconómicos del continente con su degenerada clase política paralela a una generación que asimila con temor el reto hacia el futuro.

Sin embargo, Eduardo Galeano vislumbra con marcado optimismo el despertar de una nueva América Latina, tomando como puntos de referencia la inminente revolución cultural el grito de unidad que cobija actualmente a todos los pueblos latinoamericanos.

“El peligro más grave radica en que la economía mata más gente que la policía en nuestras naciones”; expresó en el inicio de este reportaje realizado en Lima, en presencia del crítico literario Sergio Vistunor.

¿Qué concepto le merece el actual proceso sociopolítico en Latinoamérica?

Es demasiado extenso, muy general. Sería como hablar de la condición humana y del pecado original. Soy humildemente un escritor, que quiere ayudar a revelar la realidad para que la gente, de algún modo, pueda conocerse un poquito mejor. Pero no serviría decirte: “la situación en América Latina indica que los pueblos avanzan”. ¡Eso no!

Entonces, ¿qué nos dice de la situación en el Uruguay?

Es un país que sufrió doce años de dictadura militar. Que lo obligo a mentir o callarse- y esto lo enfermó de miedo. Al principio yo tuve miedo del miedo y de que esa enfermedad del miedo hubiese llegado a afectar los órganos vitales del país. Por suerte y con el paso del tiempo, después que regrese del exilio me di cuenta que las energías de la dignidad en el Uruguay son más poderosas que las energías del miedo.

Y la prueba de eso está en que la comisión del referendo que integro, ha tenido más de medio millón de firmas contra la ley de impunidad, la misma que decretaba el olvido obligatorio de los crímenes cometidos por la dictadura militar que asoló al Uruguay.

El hecho de que la gente haya firmado contra la ley indica que la maquinaria del miedo no fue tan poderosa y que sus ingenieros fracasaron.

La dictadura clasificó a todos los ciudadanos en A, B, C. Los A eran los no peligrosos, los B potencialmente peligrosos, y los C peligrosos. Era lo que podíamos llamar el “peligrosimetro”.

Sabemos que a su retorno se dedicó a actividades periodísticas, ¿en qué consisten?

Ahora estoy en el comité de dirección de un semanario independiente de gran acogida en el país. Nos va prácticamente bien. Pese a las dificultades que significa hacer periodismo de izquierda en un medio como el nuestro. Entonces dependemos de la venta –publicidad casi no tenemos-, y se nos hace muy difícil decir la verdad pero al mismo es una alegría, quizá la más linda alegría de las alegrías, aquella que nace de la dificultad, la alegría de saber que uno es capaz de enfrentar el desafió del silencio, o de la mentira obligatoria, y darle a eso una respuesta.

¿Alguna clase de censura?

La censura desapareció en Uruguay porque no hay una dictadura, pero aquí me refiero a la censura policial o militar, queda la más grave de todas: la censura de los precios, porque América Latina es una región del mundo donde la economía mata más gente que la policía. Entonces lo que antes prohibía la policía, ahora lo prohíben los precios.

Otro aspecto de ese este problema se nota en la venta del libro, que en los últimos años ha bajado mucho en los países Latinoamericanos -como consecuencia de la crisis- no porque la gente no sienta sed y hambre de leer sino porque el dinero no da. Es lo que una vez llame la censura estructural, contra la que jamás se firma ningún manifiesto, siendo la que más prohíbe en América Latina por que no requiere ningún decreto y es perfectamente compatible con la libertad de expresión que la Constitución garantiza.

¿Es una realidad el proceso democratizador implantado por el gobierno uruguayo?

Sí, yo creo que sí. Los pulmones se agrandan por el buen aire de libertad que se respira y eso es indudable. Pero por otro lado, hay problemas muy graves: es una democracia hipotecada por el peso de las estructuras de represión que todavía abarcan el 40% del presupuesto nacional. De cada diez pesos que el Estado gasta, cuatro se destinan a la gente de uniforme.

Existe la necesidad de una revitalización que no es fácil, por el problema de las limitaciones económicas; pero yo pienso que se va dando en todos los sectores de la vida nacional, en la música, el teatro, la literatura y en las mil y una maneras que el pueblo encuentra para decir y decirse. Suelen ser maneras no santificadas por las academias o que no están previstas en la cultura oficial, pero que a veces son las formas más jubilosas y auténticas de la expresión cultural.

¿Le convence la unidad latinoamericana que hoy día propugnan considerables sectores políticos y artísticos?

Muchos escritores hablan de la unidad de América Latina. Es un tema de los tiempos de Bolívar y Martí; una preocupación dominante en el mundo intelectual latinoamericano. Lo que pasa es que se debe aclarar sobre qué bases es posible una unidad que valga la pena.

Sí vamos a unirnos sobre las bases del consumo o de la creación. Sí vamos a unirnos en torno de la solidaridad o del dinero. Si vamos a unirnos obedeciendo estructuras que nos niegan, nos divorcian y desvinculan o si nos unimos a través de un proceso de lucha que puede no gustarle a algunos intelectuales y que implica la ruptura con un arden de cosas que a veces te aplaude solamente cuando descubre que sos impotente.

¿En qué obra trabaja actualmente?

Termine hace poco una trilogía: Memorias del fuego. Salió el tercer tomo que es una especie de enriquecimiento de Las venas abiertas sobre el suelo de las arterias que me puse a caminar. Otras zonas de la realidad latinoamericana que no estaban en Las venas. Básicamente es un libro de economía política, que tiene que ver con la historia como vida viva, con todo el extenso y complejo proceso de violaciones y actos de amor de los cuales América es hija.

¿Cómo ha sido su vida después de regresar a su país?

Llevo dos años-y medio viviendo en el Uruguay, me he reencontrado bien con mi tierra. Afortunadamente vivo pensando que es una nación cariñosa, donde vale la pena vivir. La verdad es que uno tiene muchas patrias, soy un hombre de muchas patrias pero sobre todas ellas uno elige una o hay una que lo elige a uno, la que más te tironea.

Siendo uno un ciudadano del mundo, creo que soy contemporáneo y compatriota de toda persona que sienta voluntad de justicia, de belleza, nazca donde nazca y viva donde viva.

¿Aún recuerda la etapa del exilio?

He estado preso varias veces. Antes que dieran el golpe –porque los militares fueron ocupando el poder a pedazos- y Ia última vez que fui a prisión, cuando salí me dirigí a Ia Argentina y funde una revista que se llamaba Crisis. Después salí de Argentina, porque estaba incluido en varías de las listas de los condenados a muerte.

Hui del Uruguay porque no quería estar preso y me fui de la
Argentina porque no quería estar muerto. Soy un gustador de la vida, un saboreador de Ia vida, me gusta mucho estar vivo en la vida, ¡hecho una fiesta!

¿La familia bien?

Afortunadamente bien.

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