Matando el tiempo con vanidad

La obra se presentará hasta el primero de diciembre en la Fundación Escuela Taller, de Bogotá.

Juan Carlos Mazo

“El mundo es un pañuelo”, dicen. En realidad no lo es, pero nosotros, aquellos que pertenecemos al bajísimo porcentaje de personas que representa la clase privilegiada en Bogotá, nos seguimos encontrando en todas partes. Y cómo no, si somos tan pocos. Pero de ser parte de “los menos”, de pertenecer a esa clase afortunada, no hay que sentirse orgulloso. Sólo hay que ver la obra Matando el Tiempo (de la compañía “Maldita vanidad”, dirigida por Jorge Hugo Marín) para confirmarlo.

Y sólo hace falta vivir en Bogotá para darse cuenta de que los personajes de la obra encarnan una familia de clase alta típicamente bogotana. Entonces el reconocimiento es inmediato, inevitable, angustioso. La obra se abre con la conversación de "los hombres de la casa", que hablan con dichos, ese saber prestado que es propiedad de todos y de nadie, ese saber poco original, pero siempre muy apropiado, con el que empieza esta nota. Luego nos damos cuenta de que se trata de una familia que celebra con un almuerzo la compra -¿ilegal?- de unas tierras.

Con acento cachaco llegan otros de los miembros de la familia a hablar de Cambridge, de París, de Inglaterra y su realeza. Algunos hablan de cómo en el extranjero pasan por franceses y no por colombianos, hablan de su propia elegancia, de su ropa, de sus fincas, de sus caballos. Estos personajes no pierden el tiempo: lo matan, de hecho, lo asesinan, lo acribillan con conversaciones fútiles que, sin embargo, callan todo lo otro, todo “de lo que no se puede hablar”.

Lo que la familia quiere esconderse a sí misma y esconder a los otros, la ilegalidad de sus negocios, la infidelidad, la presunta homosexualidad de uno de sus miembros, que como es de esperarse es tachada de inmoral y de ridícula, en realidad se hace presente todo el tiempo, tácitamente, pero con fuerza. Este juego de insinuaciones, de palabras y silencios, que se da mediante la ironía que evoca lo que en principio los diálogos callan, retrata a la perfección la hipocresía y la falsedad de las clases más altas: sonrisas fingidas, exceso de cumplidos fatuos, mensaje ocultos y ostentación.

Marín parece haber tomado prestada la sutileza con que Marcel Proust –vale recordar que exactamente hace un siglo se estaba publicando por primera vez el primer tomo de En busca del tiempo perdido, obra cumbre de la literatura universal– retrató las dinámicas de las clases sociales parisinas de la época; comparte el punto de vista desde el que el narrador mordaz y crítico de Por el camino del Swann presenta a los personajes, y parece llevar al teatro la ridiculez de la familia Verdurin, inscrita ahora en el contexto bogotano. Al parecer las cosas no cambian tanto.