Matar al padre

El filósofo francés Michel Onfray publicó en 2011 el libro El Crepúsculo de un ídolo, con la editorial Taurus, en el que pone en tela de juicio el pensamiento y la obra de Sigmund Freud, quien fue postulado en 18 oportunidades a los premios Nóbel.

Sigmund Freud. Archivo AFP

Falsario, mentiroso, simulador, propagandista, plagiario, padre incestuoso, obsesivo del sexo, el dinero y los honores. Sigmund Freud. El hombre y su teoría, la verdad y la leyenda. Sus exégetas, sus hagiógrafos, el interés de que sus descubrimientos y conceptos lo sobrevivieran, el poder sobre los demás, los cientos de miles de dólares que hubo, hay y habrá en juego, las ventas de sus libros, las interminables sesiones de psicoanálisis con sus respectivos pagos. El odio que proviene de las convicciones destrozadas, las convicciones destrozadas que llevan a una investigación de años y años. Matar al padre. Freud no fue el Hombre, en mayúsculas, que multiplicaron sus biógrafos, ni el genio que inventó el psicoanálisis. Sus grandes victorias, las victorias que le dieron veracidad a sus teorías, fueron grandes derrotas. Y error y muerte y mentira. Ni el hombre lobo dejó de ser lobo, hasta el punto de que en 1974 ese hombre, Serguéi Pankejeff, le dijo a una periodista, Karin Obholzer, “Sabe usted, me va tan mal, en los últimos tiempos tengo siempre estas horribles depresiones”; ni Emma Eckstein se curó, ni el Hombre de las Ratas dejó sus neurosis obsesivas.

La historia del desamor entre el filósofo Michel Onfray y Freud comenzó a escribirse una tarde cualquiera en una vieja y perdida librería de Orne, Francia. Y al principio fue de amor, un amor de rebeldía, de romper con lo establecido. Freud, Nietzsche y Marx. “Conocí a Freud en el mercado de la subprefectura de Argentan, cuando tenía unos 15 años. El hombre había asumido la apariencia de una figura de papel que firmaba los títulos de obras ajadas, compradas por unas monedas en el puesto de una librería de viejo que, probablemente sin saberlo, fue el genio bueno de mis años de adolescencia triste. Me acuerdo como si fuera ayer de la compra de ‘Tres ensayos de teoría sexual’, con la cubierta negra y violeta del libro de bolsillo de la colección Idées de Gallimard. Tengo todavía el precioso volumen con el precio indicado en lápiz en la primera página”.

Luego, o antes, había comprado otro par de libros de Nietzsche y de Marx. El fuego en el hilo de la explosión comenzaba a recorrer su camino. Nietzsche le gritó “Romped, rompedme las viejas tablas”. “Todo desprecio de la vida sexual, toda mancilla de ésta con el concepto impuro es el auténtico pecado contra el espíritu sano de la vida”. Marx lo persuadió de que la historia, desde siempre, tuvo por motor la lucha de clases. De un lado, el patricio; del otro, el plebeyo. De un lado, el opresor; del otro, el oprimido. Freud podía, debía ser una carta de liberación. “Lavaba con agua lustral años de mugre mental. Su libro —escribiría Onfray— borraba una mancha”. Los tres eran, fueron, sus luces, como las de tantos otros intelectuales, escritores, profesores, pensadores o diletantes a través del siglo XX, y más allá del bien y del mal, de los prejuicios y la ignorancia, desde sus letras marcaron a la humanidad.

Sus ideas se resumieron en postales multiplicadas en colegios y universidades, en revistas y periódicos y libros. En verdades pocas veces cuestionadas. Las de Freud, decía Onfray, fueron que “descubrió el inconsciente por sí solo con la ayuda de un autoanálisis extremadamente audaz y valeroso; que el lapsus, el acto fallido, el chiste, el olvido de nombres propios y la equivocación dan testimonio de una psicopatía por medio de la cual se accede al inconsciente; que el sueño es interpretable: en cuanto expresión disfrazada de un deseo reprimido, es la vía regia que lleva al inconsciente; que el psicoanálisis procede de observaciones clínicas: pertenece al ámbito de la ciencia; descubrió una técnica que, a través de la cura y el diván, permite atender y curar las psicopatologías; que la toma de conciencia de una represión, alcanzado el análisis, acarrea la desaparición del síntoma; que el complejo de Edipo, en virtud del cual el niño siente deseos sexuales por el progenitor del sexo opuesto como un rival a quien es preciso matar simbólicamente, es universal; que el psicoanálisis es una disciplina emancipadora”.

Si lo escribían en letra impresa y lo enseñaban en las universidades debía ser cierto, dijeron. Por eso creyeron. Por otro lado, las cartas y documentos y pruebas de Freud o sobre Freud fueron escondidas, borradas, destruidas y, algunas, mantenidas en absoluto secreto hasta el próximo año 2057. Los archivos de Freud que ha exhibido la biblioteca del Congreso de Estados Unidos, y algunos de sus objetos personales, expuestos en la Casa Museo de Freud, en Londres, han sido seleccionados con sumo cuidado para preservar la leyenda. Según Onfray y los historiadores críticos de Freud, de su vida y su obra, “El doctor vienés mintió mucho, disfrazó, trabajó en su propia leyenda, y destruyó correspondencia, una actividad ardorosamente practicada en vida con sus discípulos y su hija, y luego retomada y desarrollada con mayor amplitud por los suyos hasta el día de hoy”.

“Freud procuró hacer desaparecer cartas, en especial las de su intercambio con Wilhelm Fliess, que lo muestran adepto a teorías extravagantes, de la numerología al ocultismo pasando por la telepatía, y esos intercambios epistolares fueron expurgados, reescritos de conformidad con la leyenda y difundidos durante años sólo en su versión hagiográfica”. Para el círculo freudiano, que se inició con menos de 10 adeptos y 90 años más tarde contaba con más de cinco mil socios regados por el mundo, las críticas contra Freud provenían de facciones de derecha y de antisemitas. Pretendieron aniquilar a las personas para fulminar sus tesis. Lo lograron por décadas. Cuando Freud murió, en 1939, entró en la gran historia como el hombre que había descubierto el inconsciente y sus maneras de comprenderlo y tratarlo.

Por aquellos tiempos se estudiaba que Sigmund Freud había nacido el 6 de mayo de 1856 en Freiberg, Austria. Que era hijo de Jakob Freud, un comerciante de lanas, y de Amalia. Que sus padres eran judíos, que lo habían circuncidado, que tuvo una infancia normal y estudios como los de cualquier niño de su edad. Que estudió medicina sin saber hacia qué especialidad inclinarse, que realizó diversas investigaciones sobre la sexualidad de las anguilas, que prestó servicio militar y tradujo algunos textos de Stuart Mill, que indagó sobre los efectos de la cocaína y, tiempo después, intentó curar a un amigo de su adicción a la morfina con cocaína. Sus conclusiones las publicó en una revista. Afirmaba que la cocaína era capaz de resolver la totalidad de los problemas de la humanidad. Resolvía los suyos —señalarían sus detractores—, sus neurosis y angustias, de ahí que elaborara una doctrina universal basada en su experiencia personal.

Así construyó, algunos años más tarde, su teoría del complejo de Edipo, la génesis del psicoanálisis, aparecida por vez primera en Contribuciones psicológicas del amor, 1910. Freud tenía dos o tres años cuando sintió el primer corrientazo de amor-deseo-pasión hacia su madre. Viajaba en un tren. Su madre se desnudó frente a él. Una escena imborrable, un recuerdo lacerante. “Se despertó mi libido hacia marem, y ello en ocasión de viajar con ella de Leipzig a Viena, en cuyo viaje pernoctamos juntos y debo haber tenido la oportunidad de verla nudam”, le escribió a su amigo Fliess el 3 de octubre de 1897. Dos o tres años más tarde, el niño Freud entra en la habitación de sus padres a altas horas de la madrugada. Don Jakob le dice a su mujer que ese niño jamás servirá para nada. Freud crecerá y vivirá para demostrar lo contrario, marcado por una relación de odio y amor hacia sus progenitores. Las grandes decisiones suelen provenir de pequeñas razones, y las pequeñas razones de Sigmund Freud fueron verdades absolutas y universales por años y años. Porque habló de la sexualidad como del día tras día, porque intentó quitarle el velo a los sueños, porque supo construir un nombre y una leyenda. En fin, porque creyó en sus propias vaguedades. 

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