“Me estoy atiborrando de realidad para bien”: Juan Cárdenas

El narrador payanés dice estar hasta los huevos de contar su vida. Harto de repetir, por ejemplo, que fue camarero, ayudante de cocina, dependiente de una cadena de tiendas y aparcacoches en Madrid. Conversamos sobre su condición de desarraigado y sobre literaturas marginales.

Ilustración: Pedro Ramírez
Ilustración: Pedro Ramírez

“Gozo de un feliz anonimato en Colombia. Mi manera de intervenir en la discusión pública no es mediante la figura del opinador profesional. Esta conversación que tenemos vos y yo, dependiendo de cómo redactés la nota, es mi manera de intervenir. Diez pendejos leyeron esto, listo: no importa. Yo creo en la acupuntura: con agujas chiquititas clavadas se generan efectos en todo el cuerpo”, dice, con un dejo de alivio, Juan Cárdenas (1978). Ciertamente pasa por uno más: lleva lentes de marco grueso, la barba cuidada, camisa leñadora. Volvió al país hace un año y medio, tras haber residido 15 en Madrid. Aunque suene a cliché romántico latinoamericano, dice que la vida azarosa de la región lo estimula más. “Siento que me estoy atiborrando de realidad para bien”.

Y no es sólo un decir: prueba de la fertilidad del regreso es que escribió Ornamento (2015), su más reciente novela, en 90 días. El relato de cuatro mujeres que viajan para probar una droga experimental caló en su cabeza cuando terminó de escribir Zumbido (2010), su primera novela. Por esos días ensambló unas páginas que no conducían a ninguna parte; la imagen, sin embargo, machacaba. “Fue en Bogotá, viendo su arquitectura, esa cosa chatarruda, moderna, donde entendí que esa historia tenía que pasar allí”.

Cárdenas, Daniel Ferreira (ganador del Premio Clarín de Novela 2014) y Manuel Giraldo se reúnen para hablar de “verdades y mentiras sobre la marginalidad en la literatura”. La conversación es organizada por el Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales y tiene lugar en la Fundación Carteros de la Noche, una casona típica del Viejo Caldas situada en Quimbaya, municipio a 20 km de Armenia rodeado por plantaciones de café. Los ventanales se abren para evitar que el calor incendie el espacio. Cárdenas y Ferreira parecen contendores de un torneo de miradas: de entrada, ninguno deja oír su voz. El primero se ve más canchero y cada tanto empuja al otro a responder.

“La guerrilla literaria está en internet. Hay allí una audiencia pequeña: se puede saber quiénes son, de dónde vienen. Eso enriquece la conversación”, dice Ferreira. La charla no demora en llegar al punto que la convocó: los mitos de las literaturas marginales. Continúa Ferreira: “Una de las mentiras es la marginalidad decretada por la industria. Para la memoria se crea un mercado; eso va a suceder con el posconflicto. Otra mentira es decir que la cultura ocurre en los epicentros culturales. (En Bogotá), Usme tiene 400.000 habitantes; Suba, más de 1 millón de personas, y nadie relata esas zonas de la ciudad. Debemos desmoronar los epicentros culturales”. Cárdenas advierte que hay un peligro todavía mayor: “Estoy seguro de que en 40 años nos va a dar pena haber tenido en la mesa de noche esos libros para ser cultos. Los que son de autoexplotación, como libros de narcos o secuestrados, aprovechados de la coyuntura periodística”.

“Toda mi experiencia como lector y escritor viene de las literaturas marginales latinoamericanas”, subraya. Marginados por su lugar de enunciación, algunos de sus referentes son el ecuatoriano Pablo Palacio y el chileno Juan Emar. El primero se integró al grupo de colaboradores de la revista Hélice cuando tenía 20 años. Una de las primeras cosas que hizo fue negarse a formar parte de la “Sociedad de Amigos de Montalvo”, porque “sucede que no soy amigo de ese señor”. El señor era uno de los ensayistas ecuatorianos más leídos del siglo XIX. Palacio buscaba dislocar la herencia hispánica que penetraba la literatura culta de su país. En el caso de Emar, recurrió a las vanguardias para soltar la mano de la larga tradición de literatura criollista en Chile: “Se piensa en mi país que la literatura, y el arte en general, debe rescatar nuestras tradiciones, que tiene que tener color local. Así, los poetas le cantan con espuelas a la cordillera, y los prosistas hacen hablar como guasos a sus personajes en sus cuentos, y los sitúan en el campo”. Ferreira añade el nombre del cubano Reinaldo Arenas, enviado a un campo de reeducación por ser homosexual y anticastrista a viva voz, y quien en sus libros relata la persecución.

En las historias de Cárdenas no se dispara un tiro, los personajes no tienen nombre, tampoco los lugares, aunque se reconocen. En Los estratos (2014), escrito entre Madrid, Buenaventura y Berlín, a un hombre acomodado se le desploma el matrimonio. Pero es un desplome curativo, pues rasga un esquema de deseos impuesto por el estatus social. Allí, Cárdenas transita por diferentes estados de la realidad para intentar dos cosas: entrar en contacto con lo que uno es y quiere reprimir, y decir que el cuerpo es resultado del estrato.

El cuerpo enfrentado a los lugares. Ese es su campo de trabajo: “Posiblemente el cuerpo sea el primer lugar con el que podemos acceder a los demás lugares. Como vos decís, por circunstancias biográficas o lo que sea, soy de una región, pero al mismo tiempo no soy de esa región. Me ocurre que mis propios paisanos no me reconocen como tal. Hoy veníamos en el carro con Mary Grueso, la poeta de Guapi (Cauca), y para mí Guapi es mi casa, ¿me entendés? Pero un guapireño me mira y dice: ‘Tú no eres de aquí’. A mí se me niega todo el rato el origen. ‘Vos no sos caleño, vos no sos de Popayán’. Pasé de asumir eso como algo traumático —no tengo lugar en el mundo— a aceptarlo”. Esto, aclara, no se trata de una negación tajante de los lugares ni de señalar, en voz de los posmodernos, que “¡todos estamos en fuga! ¡Todo es discontinuo!”. Cárdenas se siente más cerca de los problemas de la modernidad que de las confusiones posmodernas: “No es una apología del nomadismo total. No. Se trata de recuperar cierto espíritu romano, pues ellos iban ampliando su mundo, todo se iba volviendo Roma, pero Roma iba comiendo de todas partes. Ese cosmopolitismo original es el que me interesa y con el que trato de vivir”.

Respecto a la difusión en las regiones del país, apunta: “Estamos en un momento en el que no vale la pena chillar ni echarles la culpa a las multinacionales. Lo que hay que hacer es reunirse con tres amigos y montarse una editorial chiquita, escribir cada vez mejor, estar abierto a lo que se escribe en América Latina y en otros idiomas. Si las cosas están mal en la literatura local, es nuestra culpa. Basta de quejarse. Hay librerías independientes que estarían encantadas de recibir libros hechos en cartón y en fotocopias. Lo digo en serio, esto se hace. Hay que crear editoriales que formen lectores, con una línea editorial determinada. Basta de análisis sociológicos sesudos sobre estudios de recepción de la lectura o de decir que la gente es gilipollas y nadie lee. Que Random House o Alfaguara tienen la culpa de todo. Pues sí, son una serpiente, es su naturaleza, pero en esos sellos también puede aparecer gente increíble como Daniel (Ferreira), y yo digo: ¡De puta madre!”.