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Me hubiera gustado saber

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Cuando estudiaba periodismo en la universidad me hubiera gustado saber que no necesitaba caerles bien a los profesores para asegurar mis prácticas y que con tener un pensamiento crítico, leer con avidez y escribir con empeño sería suficiente.

Que mi trabajo como escritora o periodista debía defenderse solo, que no tenía que sonreírle a nadie, ni estar donde no quería estar para que mi obra fuera válida o para que un editor me abriera las puertas de su revista o periódico.

Me aterra lo obsesionada que estaba con hacer contactos y con engancharme lo más pronto posible a una empresa de medios. Por hacer contactos terminé enredada en coqueteos innecesarios e indeseados, y por mi afán de llenar mi hoja de vida terminé trabajando horas que nunca me pagaron en empresas que ni siquiera me interesa poner hoy en mi currículum, cuando mi única obligación era ir a clases y echarme en el pasto a leer en las horas muertas. Pero eso nadie me lo dijo.

Luego, cuando tuve mis primeros trabajos después de la graduación, me hubiera gustado saber que no era necesario quedarme “mínimo un año” para poder tener experiencia o poner esa empresa en mi hoja de vida. Esa bendita hoja de vida. Y menos si debía por ello aguantar gritos e insultos, salarios ridículos o simplemente una rutina que no era la que yo deseaba.

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Alguna vez alguien me dio el consejo de mantener una buena relación con ciertas fuentes que luego me facilitarían chivas periodísticas. Pero me hubiera gustado saber que esto no significaba aceptar invitaciones a cenar ni tener que aguantarme la incomodidad. Sí, dirán que me faltaba malicia o incluso inteligencia. Pero yo venía con una especie de chip de fábrica que decía “esto es normal, solo sonríe, es peor enfrentarlo, necesitas contactos, es mejor estar en la rosca”. En principio, más si uno es tan joven, es difícil cuestionarlo o darse cuenta de que no todo es normal.

Y sí, he tenido maestros, jefes y editores que me han ayudado a encontrar mi voz y mi lugar, pero ellos y ellas, los verdaderos mentores si se quiere, me han ayudado no por darles la razón o sonreír, sino por escribir y seguir escribiendo.

Me hubiera gustado saber desde mucho antes que se podía sobrevivir en este medio con más conversaciones que fiestas, con más oficio que condescendencia.

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