“Me moriría de vergüenza si no tuviera enemigos”

El escritor uruguayo falleció ayer lunes en la madrugada, a los 74 años de edad, en su natal Montevideo.

Eduardo Galeano, autor, entre otros libros, de “Las venas abiertas de América Latina”, en una de sus últimas apariciones públicas. / EFE

“Yo no viajo por llegar. Yo viajo por ir”, terminaba uno de sus últimos cuentos en uno de sus últimos libros, Los hijos de los días. Era la historia de un tal señor Dávalos, en la Argentina de 1887, que conducía uno de los primeros o el primer Ford que llegó a Salta. Y en su andar, un campesino le dijo que iba muy, muy lento, que parecía una tortuga. Dávalos le respondió que él viajaba por ir. Y Dávalos era, de una u otra forma, Eduardo Galeano, y Galeano era Dávalos, y los dos eran también el campesino, porque los campesinos fueron siempre Galeano. Los campesinos, las mujeres, los futbolistas de pueblo y de barrio, los oprimidos, o como hubiera escrito Dostoievski, los humillados y ofendidos. Galeano iba, siempre iba. Iba y escribía y decía lo que sentía y lo que pensaba. Iba y jugaba a la pelota y soñaba con ser futbolista, pero luego soñó con ser periodista y creó un periódico con algunos amigos en el que nadie cobraba, en el que nadie vendía ni se vendía.

“Lo de escribir ocurrió ya tarde en mi vida, a partir del periodismo, que lo empecé a ejercer como una manera de entrar en la realidad”, le contó dos años atrás a la periodista chilena Vivian Lanvin. “Me apasionaba meterme en las noticias de carne y hueso. Dirigí, cuando tenía 20 años, en Uruguay, un diario independiente de izquierda que se llamaba Época, donde nadie cobraba porque trabajábamos en otras cosas. Lo hacíamos por el enorme placer que nos daba el periodismo ejercido como contacto directo, casi íntimo con la realidad. Terminábamos a las dos de la mañana y corríamos los escritorios y nos reventábamos a patadas jugando al fútbol. Éramos unos niños”. Algunos años antes se había enamorado de las ilustraciones por algunos libros que se había encontrado. Y pintaba. Día y noche pintaba. El mundo no existía si no pasaba por sus lápices y sus colores y si no quedaba plasmado en un papel. Galeano era niño y ya iba. Como Kavafis, prefería el camino que la meta, y como en su cuento, iba despacio.

“Me pareció una historia digna de ser contada y de ser aprendida en este mundo que practica la cultura del vértigo, y que no cree en nada que no sea la velocidad y la rentabilidad. Si algo no es rentable es sospechoso y quizás muy malo. Y si algo no es muy veloz, no sirve y hay que tirarlo. La mayor parte de las necesidades son falsas e inventadas por la publicidad, no son reales. En general, el mundo está compuesto por países condenados a competir entre sí y que practican esta cultura global que nos enseña que el prójimo es un competidor, un enemigo, rara vez es una promesa. Casi siempre es una amenaza, alguien que te va a quitar algo, el empleo, tu casa, tu mujer, qué se yo... No todos son jodidos en el mundo, pero da la impresión de que vivimos condenados a obedecer a una dictadura del miedo que necesita de enemigos para poder justificarse. ¿Qué sería de los gastos militares que consumen la mitad de los recursos del planeta si no hubiera enemigos que combatir? ¿Qué hace la industria militar? Se va a la quiebra y es que es una industria criminal que vive de la muerte. Si la guerra no existe, se fabrica”.

Detrás de la guerra, o tomado de la mano de ella, está y ha estado el Mercado, así, con mayúsculas. Galeano escribió de guerras que se inventaban los humanos y de Mercados en mayúsculas que avalaban esas guerras. Dijo, en su revista Brecha: “Pero el verdadero autor del pánico planetario se llama Mercado. Este señor no tiene nada que ver con el entrañable lugar del barrio donde uno acude en busca de frutas y verduras. Es un todopoderoso terrorista sin rostro, que está en todas partes, como Dios, y cree ser, como Dios, eterno. Sus numerosos intérpretes anuncian: ‘El Mercado está nervioso’, y advierten: ‘No hay que irritar al Mercado’. Su frondoso prontuario criminal lo hace temible. Se ha pasado la vida robando comida, asesinando empleos, secuestrando países y fabricando guerras. Para vender sus guerras, el Mercado siembra miedo. Y el miedo crea clima. La televisión se ocupa de que las torres de Nueva York vuelvan a derrumbarse todos los días. ¿Qué quedó del pánico al ántrax? No sólo una investigación oficial, que poco o nada averiguó sobre aquellas cartas mortales: también quedó un espectacular aumento del presupuesto militar de Estados Unidos. Y la millonada que ese país destina a la industria de la muerte no es moco de pavo. Apenas un mes y medio de esos gastos bastaría para acabar con la miseria en el mundo, si no mienten los numeritos de las Naciones Unidas”.

Los señores Mercado y los señores Guerra se encargaron, después de que Galeano publicara Las venas abiertas de América Latina, de tildarlo de panfletario. Esa fue su mejor estrategia para desvirtuarlo. Atacaron al hombre y su estilo para quitarles veracidad a sus sentencias. Sin embargo, que fuera o no panfletario poco le importó a sus lectores, que enarbolaron cientos de miles de banderas con su nombre y su rostro y sus frases. Quisieron desaparecer sus palabras, pero no lo lograron. Como dijo ayer Vivian Lanvin, “él describió las venas abiertas de América Latina, y aún siguen sangrando”. Entonces lo amenazaron y tuvo que salir de Uruguay. Vivió un tiempo en Argentina y otro tiempo en España, en un pueblo llamado Calella, mientras las dictaduras del sur mataban y desaparecían gente. “Lo que yo he aprendido, más bien a los golpes, a los porrazos, es a distinguir los dolores evitables de los dolores inevitables. O sea que los dolores que nacen de la pasión humana: el amor que pasa, la vida que pesa, la muerte que pisa, son dolores que nada, joderse, contra eso nada, pero que hay muchos otros dolores evitables que el sistema de poder multiplica. Yo siempre digo que no solamente te cobran el impuesto al valor agregado sino también el impuesto al dolor agregado: por si fueran pocos los dolores inevitables de la condición humana, el sistema te agrega otros, y entonces surgen los dolores evitables”.

Fue amigo de sus amigos y enemigo de sus enemigos. Vio caer nueve por vez primera en su vida con Salvador Allende en el sur de Chile, y despertó de una de sus muertes con José Mujica al pie de su cama. Habló con ellos y de ellos, y escribió sobre ellos y sobre otros tantos personajes. Maradona, por ejemplo: “Se convirtió en una especie de Dios sucio, el más humano de los dioses, eso explica la veneración universal que él conquistó más que ningún otro jugador. Un Dios sucio, que se nos parece: mujeriego, parlanchín, borrachín, tragón, irresponsable, mentiroso, fanfarrón, pero los dioses por muy humanos que sean no se jubilan”. Un campesino colombiano, por ejemplo: “Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos. El mundo es eso —reveló—. Un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende”.

Tres años atrás, Galeano le recordaba al escritor chileno Miguel Fauré que un día, en un café, vio un montón de fotos suyas con diversos personajes, y todos habían fallecido. Sonrió, pues él le había visto el rostro a la muerte varias veces. Por los otros, y por un cáncer, y por los años. Dijo aquella vez que su canción favorita era Gracias a la vida, de Violeta Parra. Fouré le preguntó a qué le daba gracias él. Galeano volvió a sonreír y le respondió: “A todo lo que dice la canción”.

 

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