El Magazin

Medellín, lacerante y de suerte incierta

Te paralizas, y paramilitarizas, ahogándote en tu aire travestido. Sabes que no eres impoluta. El surrealismo, Medellín, te envuelve en cada acto

Cortesía de Pablo Andrés Monsalve

El cuerpo de la única mujer ante quien me inclino y a quien amo, el de mi madre, lo tomé por patria. Seis décadas atrás la viste nacer a ella, en tu pedacito de tierra que sobre el ramal andino se propaga y que con los labios húmedos te dice Aná, Aguasal y Aburrá. Valle de vacío no muy lejos al Océano Pacífico que llovizna Colombia, Medellín; esta vez te huí y nunca para siempre.

Villa patronímica, la de los no lugares, casi tres siglos y medio y la vida se te muere entre las manos. Te bailé en brazos de un travesti, rodeé con cariño a tu ladrón, desvanecí en el pecho de un amante que aún me persigue en pensamiento, crecí en ti y tú no eres más que una liebre, coyote, presa de no roer, delito clerical, indiferente a tu belleza y a tu estupor.

Cerca a tu Metropolitana te caminé a destiempo y te confié un fervor de Candelaria a Candileja; visité a tus muertos, saludé a tus muertos, despedí a tus muertos y tú, con tu clima vacilante, movedizo, como tus cortesías, te me mostrabas entrenando al aire libre con puñal o machete y con tu parcería de asfalto que se me convirtió en la trápala al cerrar la puerta.

Te paralizas, y paramilitarizas, ahogándote con un aire craso. Sabes que no eres impoluta, y no hablas, tú sentencias. Yo ansío a quienes me esperan y tú no cambias, no reverdeces; te arañas y me laceras. Te cansé y tú me agotaste pero ya mi alma lo conjuraba: sabes de amor como el halcón o el gavilán, aves rapaces que devoran todo cuanto les quepa entre las garras. Mis condolencias y tristeza extiendo a los pájaros cantores.

Aún veo en tu rostro la lindura que te acontece pero no bajas el volumen de tu ruido, rumor sicarial, que en motos amenaza el sentido del entendimiento, de la imaginería, del miedo. Creaste innumerables fronteras con odios y simpatías hechas polvo y, aunque te confluyen todas las violencias, lideras con cátedra la de la intransigencia: epistémica, fantasmagórica y congénita que repite como mantra: “¿Eso fue pólvora o bala?” 

Un día, al despertarme, escribí sobre mi catre, no bien ausente de placeres lo: “Anoche, entre el ruido y el calor, no logré conciliar el sueño. Me levanté a la madrugada, tomé las llaves y salí. Con cada paso podía oír la sombra que sigue a la mía, la sombra de mi sombra, a la que también le rezo, y con cada eslabón cuesta abajo empecé a notar cómo la casa iba cayéndose a mis espaldas, doblándose, con un vaho inflamable a su alrededor y palmario en el suelo, por el mismo en que se iba derramando ella. La casa buscaba mi pista, doblaba detrás de mí, acaso andando a la caza de besar mi sien y mis talones. Nunca me tomó ventaja ni logró salpicarme siquiera. Tuve que ver cómo, al cruzar la reja, se fue recogiendo, angosta, disolviendo, poco a poco, y fue así como derritiéndose con inusitada rapidez, la vi hasta perderse completa y líquidamente por el desagüe de la carrera Sucre frente a mis ojos y mi desvelo”.

Y ese sueño, premonitorio, me exiliaba de lo que armé por templo, de una casa a la vera de una plaza con Convivir sin convivencia, en tu Provincia con virus de antaño, con paraestado, con bandas criminales, con una gran fosa común, cuando de ti arte, letra, punk y poesía emanan como yerba. No te soy indiferente, es esto una súplica. Tienes salida al mar por el Darién y ni sal derramas para correr con otra suerte. ¡Es mejor mala que violenta! Y ya ves, lo de la limpieza social te suena mejor que lo de la limpieza doméstica. ¡Malicia afuera!

A quien lleva mi memoria con enamoramiento fausto, supo darme -en verso salutífero- una caricia escrita por Montale: “No nos pidas la fórmula que pueda abrirte mundos… Ya ves: no le pidas consejo a un poeta, que solamente puede decirte lo que no es y lo que no quiere. Como tú. Y entiendo que no quieras cosas de esta ciudad salvaje”.

La juventud que vive de tu vicio, de lo que crece en ti, hemos dicho, como maleza, te la engulles: le jalas por los fauces el intestino llamado esperanza, desprevenidamente, y mientras tanto, cuando de tus cielos el encanto cae goteando, un abejón, zángano helicóptero, que me alumbró noches en vela, te sobrevuela. Ay qué templo, en donde la luz se derramaba como leche rosada en el espacio.

En una República Independiente, de cuyo piélago soy devota, me amó con La Partida, de Kafka: “Ordené que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fui al establo yo mismo, le puse silla a mi caballo y lo monté. A la distancia escuché el sonido de una trompeta y le pregunté al sirviente qué significaba. Él no sabía nada ni escuchó nada. En el portal me detuvo y preguntó: -¿Adónde va el patrón? -No lo sé -le dije- simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más, es la única manera en que puedo alcanzar mi meta. -¿Así que usted conoce su meta? -preguntó. -Sí -repliqué- te lo acabo de decir. Fuera de aquí, esa es mi meta”.

Nadie puede salir o nadie quiere salir. A veces te me vuelves médano sin oásis. Eres surreal, “donde la regla es la excepción de la excepción. La regla es lo extraordinario, y eso explica y justifica la existencia de la anormalidad.” La Patafísica, Medellín, te envuelve en cada acto. Aún arrojas tus muertos a los escombros y los meandros de tus caños a tus cadáveres besan. Un jíbaro es tu hombre más noble, silvestre, campesino, desplazado de sí desde la infancia. Y otros, hombres de impulso homicida, asesinos asalariados, ¿qué estrategia contemplan para dejar de ser un cadáver en potencia?

Alguien más de quien he sido aprendiz y que en su energía concilio, ya lo había advertido en palabras semejantes a estas: “El mejor lugar de Medellín es tu boca”. Y tenía razón, se te convierte en materia evanescente lo que de ti me seduce: no eres tú, es quien te habita, no todos te son demonios.

Talas sin miseria y pretendes un cultivo megalómano. Pero eres maga en labia, lo sabes. Garante dependiente en tus procesos y te mojas lascivamente, pasivamente, con las aguas que a tu río alimentan. Eres adalid de moral con principios sucios. Y te suspiro en este papel con tinta mientras me voy de tu lado en un momento y nunca para siempre, porque hay en ti fuego y arcilla de mi origen, y esto no es más que mi elegía obscena. Eres una ciudad ruin que me hechiza la utopía, de ciencia ficción, tan vil como este país en el que la agresión es regla.