A medio siglo de 'Rayuela': orden en el desorden

La novela esencial de Julio Cortázar reveló la profunda relación entre dos de sus personajes más queridos: la Maga y Rocamadour. Un análisis sobre ese mundo creado a partir del juego.

Julio Cortázar. / Archivo

“No había manera de hacerte comprender que así no llegarías nunca a nada, que había cosas que eran demasiado tarde y otras que eran demasiado pronto, y estabas siempre tan al borde de la desesperación en el centro mismo de la alegría y del desenfado, había tanta niebla en tu corazón desconcertado”.

La publicación de ‘Rayuela’ el 3 de octubre de 1963 nos reveló varios personajes: La Maga y su hijo Rocamadour, Horacio Oliveira, el Club de la Serpiente, Talita, Traveler. No obstante, el mundo entre la Maga y Rocamadour se instaló en el alma del lector, que tras terminar la rayuela siguió contando una historia sobre el paradero de La Maga, las luces que dibujarían su delgada silueta, las calles y los parques que la verían llorar por el recuerdo de Rocamadour, la soledad amarga sin Horacio. Y el lector empezaría a transitar de nuevo, haciendo literatura, saltando en la rayuela.

La Maga vive en el orden del desorden que ha sido su vida. Es la compañera de Horacio Oliveira. Él es un hombre semejante a una roca: sus ojos y alma son duros, es sólo razón. “Hay ríos metafísicos. Sí, querida, claro. Y vos estarás cuidando a tu hijo, llorando de a ratos, y me parece que no te das demasiado cuenta de que Rocamadour está muy enfermo, terriblemente débil y enfermo, y que lo cuidarían mejor en el hospital. Pero ya no te puedo hablar de esas cosas, digamos que todo se acabó y que yo ando por ahí vagando, dando vueltas, buscando el norte, el sur, si es que lo busco. Si es que lo busco. Pero si no lo buscara, ¿qué es esto?”

La Maga vive entre poesía y novelas, se pregunta cosas sin importancia que hacen sentir su torpeza. Ella es la imaginación, los sueños, el sentimiento puro de mujer y madre, la alegría de sonreír con una flor, las lágrimas en el autobús porque recuerda a Rocamadour.

Horacio, incrédulo del amor Maga, juez de los movimientos entre la Maga y Rocamadour, es incapaz de comprender su corazón de madre, la forma en que La Maga dibuja en cada espejo o vidrio el nombre de Rocamadour, los momentos en que cae en dolor y sufrimiento cuando regresa a sus recuerdos y entonces aparece el llanto, luego de constatar el fracaso de las leyes en su vida.

Hay momentos en que Horacio de vez en cuando cierra los ojos y se da cuenta de que el mundo entre ellos insta a leer Spinoza. “Su vida no es desorden más que para mí, enterrado en perjuicios que desprecio y respeto al mismo tiempo. Yo, condenado a ser absuelto irremediablemente por la Maga que me juzga sin saberlo. Ah, déjame entrar, déjame ver algún día como ven tus ojos… Vuélvase a casa y lea Spinoza. La Maga no sabe quién es Spinoza. La Maga lee interminables novelas y las olvida enseguida. Nunca sospechará que me condena a leer a Spinoza. Juez inaudito, juez por sus manos, por su carrera en plena calle, juez por sólo mirarme y dejarme desnudo, juez por tonta e infeliz y desconcertada y roma y menos que nada. Por todo eso que sé desde mi amargo saber, con mi podrido rasero de universitario y hombre esclarecido, por todo eso, juez”.

Entonces la Maga es rebelión, contrapoder del mundo moderno. Un espejo que revela cómo cae el poder de la certeza, la verdad científica, la exactitud, la razón moderna que conjura al humano a ser centro y dueño del universo. Sitúa nuevas posibilidades de hacer lazo social en la contemporaneidad, conduce el deseo humano hacia la solidaridad, la ayuda mutua, la comprensión hacia el otro como diferente, configura nuevas formas de relación con el otro. Ella tiene otras palabras para Horacio, la poesía como lenguaje, la literatura como posibilidad de vida, el amor de Rocamadour.

Y entonces el mundo de la Maga y Rocamadour nos propone la exaltación del desorden, la vida con infinitos colores, el laberinto de lo innombrable que conmueve y transforma lo que cada quien cree ser, la virtud de la torpeza, la tristeza y alegría en un mismo tiempo, el abrazo del perdón.

Pero habrá en el mundo muchos Horacios Oliveira caminando con ojos y palabras torpes, sentados en las universidades defendiendo la transformación de las condiciones objetivas de la realidad, ocultos en los placeres de un viernes, cobardes incapaces de perdón, huirán hacia los prejuicios cómodos y los señalamientos, recurrirán a la aprobación total de sus amistades aburguesadas, ciegos de toda injusticia, refugiados en una vida cómoda. Para ellos, para muchos, el mundo de la Maga y Rocamadour será una entelequia, hasta que dejen de ser incapaces de dar el salto y el mundo tendrá miles de posibilidades para ser transformado.

“Como no sabías disimular me di cuenta en seguida de que para verte como yo quería era necesario empezar por cerrar los ojos… Era idiota sublevarse contra el mundo Maga y el mundo Rocamadour, cuando todo me decía que apenas recobrara la independencia dejaría de sentirme libre… Hay ríos metafísicos, ella los nada como esa golondrina está nadando en el aire, girando alucinada en torno al campanario, dejándose caer para levantarse mejor con el impuso. Yo describo y defino y deseo esos ríos, ella los nada. Yo los busco, los encuentro, los miro desde el puente, ella los nada. Y no lo sabe, igualita a la golondrina. No necesita saber como yo, puede vivir en el desorden sin que ninguna conciencia de orden la retenga. Ese desorden que es un orden misterioso, esa bohemia del cuerpo y el alma que le abre de par en par las verdaderas puertas. Su vida no es desorden más que para mí, enterrado en perjuicios que desprecio y respeto al mismo tiempo”.
 

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