Mi María Mercedes

Nacida el 24 de julio de 1945, María Mercedes Carranza fue uno de los referentes culturales del país por su trabajo literario y periodístico. Una mirada a su obra y a su imagen.

La poeta María Mercedes Carranza (1945 - 2003).  / Archivo - El Espectador
La poeta María Mercedes Carranza (1945 - 2003). / Archivo - El Espectador

Nadie conoce a nadie. Aun los más cercanos, los amigos, la familia o la pareja, son imposibles de desentrañar. Para no hablar del “tipejo que está en el espejo”, al que se refiere Sabina. Por lo tanto, no tengo la pretensión de hablar de María Mercedes Carranza. No sé quién fue “en realidad” y no me interesa. Pero conozco su obra y la usaré para inventar una autora.

Mi María Mercedes es la poetisa del último siglo en Colombia. Y si me apuran, preciso que es la más grande de nuestra historia. Esta escritora admirable se dio el lapo de despojar de lirismo a una poesía verbosa y confrontarla con lo esencial.

Si es cierto que alguien

dijo hágase

la Palabra y usted se hizo

mentirosa, puta, terca, ya es hora

de que se quite su maquillaje

y empiece a nombrar.

El poema se llama Métale cabeza y termina con la ronda infantil donde los pollitos dicen píopíopío, cuando tienen hambre y cuando tienen frío. Un canto a lo necesario, a lo apenas justo, a lo imprescindible. Un rechazo al artificio que brilla pero no da esplendor, un desparpajo desafiante que le ganó el respeto de un medio donde las mujeres parecían destinadas a hacer versos dulces sobre rosas, atardeceres y amores perdidos. Ella se atrevió a ser distinta y habló de Colombia.

Ciudad a medio hacer, siempre a punto de parecerse a algo,

como una muchacha que empieza a menstruar,

precaria, sin belleza alguna

¿Tristeza? Desde luego, pero le sobraban razones. El espectáculo de esta patria en obra negra duele. Sabernos inconclusos, un manojo de intenciones ciegas sin un proyecto que les dé aliento, es como tragarse dos libras de vidrio molido. Y entonces, viene la rabia.

País usado por un dios borracho

que delira eternamente

con una puerta que jamás existió.

Entre la depresión y la furia transitó mi María Mercedes. Siempre irritada. Sus mejores versos son los de una voz que no se resigna y protesta. Una mujer que le canta a la insuficiencia del amor.

Caminaba mirando al cielo

y me fui de narices

Ahora echo sangre por todas partes:

las rodillas, el aire, los recuerdos.

Mi falda se desgarró.

Perdí los aretes, la razón.

La política —la acción social liderada por alguien que asume un destino redentor— tampoco es salida. Fan de Galán, imagino que mi María Mercedes recibió la noticia de su asesinato con la misma desolación y la misma cólera que sentí yo cuando les llegó el turno a Fayad, a Jaramillo y a Jaime Garzón. La lista es larga, pero la orfandad es la misma.

Cae el cuerpo, cae la sangre, caen los sueños.

Cuando ni las palabras, ni el país, ni la política, ni el amor merecen confianza, el único consuelo que queda para no abrirse las venas es el sentido del humor. A esta carta irracional de la payasería le ha apostado Colombia desde que la conozco. El sol de la risa nos da energía para seguir dando tumbos por ahí, jugando a que existimos como sociedad, cuando solo somos un remedo y lo único que nos mantiene unidos es la crueldad de la burla. Aquí de todo hacemos chiste porque la alternativa es el luto y no nos resignamos a la melancolía. Antes de perdernos en la muerte o entregarnos al fracaso, preferimos encogernos de hombros, soltar la carcajada y desaparecer en el vértigo de la fiesta. Pero mi María Mercedes no era liviana, ni de alegría fácil. Otros dirán que era una pesada, o una tristona, o que en vez de imitar a Nicanor Parra decidió asumir el riesgo de ser ella. El hecho es que despreció la risa. Era demasiado cachaca, no la cogió suave, se la tomó en serio y el miedo se la ganó.

Nada me calma ni sosiega

ni esta palabra inútil, ni esta pasión de amor,

ni el espejo donde veo ya mi rostro muerto.

Oídme bien, lo digo a gritos: tengo miedo.

Entonces, el cuadro está completo. La vida aspira a tener unidad y en un caso tan desesperado la conclusión era inevitable: como a todos los que perdieron la alegría, a mi María Mercedes la acechaba un enemigo.

Pero el enemigo sabe con quién trata

y sutil y terco esperará agazapado

a que apague la televisión

y sea noche y silencio y yo

en mi cama dé vueltas sola y desolada.

Así se fue. En esas andaba cuando se le fue la luz. Pero antes, mucho antes, mi María Mercedes había escrito unos versos para Dylan Thomas, que le aplican bien.

Se dice: “no quiero salvarme”

y sus palabras tienen la insolencia

del que decide que todo está perdido.

Como guiado por una certeza deslumbrante

camina sin eludir el abismo;

de nada sirven ya los engaños

para sobrevivir una o dos mañanas más.

Estas palabras, las palabras duras y sabias de mi María Mercedes, serían el epitafio que pondría en su tumba.

 

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