Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín

Mi nombre, una canción ya cantada

Adopta a un Autor es una estrategia de la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín que, desde el año 2013, invita a instituciones educativas públicas y privadas, y a las bibliotecas de la ciudad, a acoger a escritores locales, nacionales e internacionales que participan del evento.

La poeta Marta Quiñonez. Archivo particular

Los ‘adoptantes’ se preparan leyendo las obras del autor y organizan con esmero su recibimiento. 371 escritores han sido adoptados durante los cinco años de este programa. Una crónica de cómo fue recibida la poeta Marta Quiñónez. 

***

El violín estaba sin encordar, el día de la presentación ya llegaba y Víctor no sabía que responder. “¿Por qué no tocas en el evento?”, le había preguntado su profesora de español. Él pensó por un rato largo qué canción podía interpretar y recordó que Lucas, un compañero, llevaba tiempo insistiéndole que tocaran juntos Tabaco y chanel, Víctor en el violín y él en la guitarra. “Sí, voy a tocar”, respondió al fin. Entre varios profesores recogieron la plata para el encordado. Solo quedaba ensayar. Víctor, Lucas y Julián, otro amigo que se les unió, esperaban ansiosos el momento de presentarse ante la poeta Marta Quiñónez.

“Soy Marta, mi nombre es grito de guerra y amor”, dice uno de sus versos. Tal vez también es un nombre algo confuso de escribir. Con flores dibujadas y márgenes de colores, los estudiantes de la I.E. Javiera Londoño Sevilla decoraron las cartas que le iban a entregar a la escritora. En ellas el nombre de la poetisa tenía todas las combinaciones posibles: Martha, Marta, Quiñónez y Quiñones. “Yo siempre les recordaba que era sin ‘h’ y con ‘z’”, decía una profesora entre risas.

Eran las tres de la tarde, el sol era filoso, como de mediodía. Los estudiantes no se atrevían a poner un pie en el patio. Todos estaban apiñados en los corredores, con los cuellos estirados para tener una mejor visión de Marta cuando entrara por la puerta.

La calle de honor que le habían preparado comenzaba en la entrada del colegio y giraba por la esquina de un pasillo, por lo que los estudiantes que no tenían visión de la puerta caían inocentes ante las falsas alarmas de los primeros, que empezaban a dar vivas y hurras cuando entraba el profesor de educación física, el de sociales… Cuando entró Marta Quiñónez comenzaron de nuevo las ovaciones, pero los que estaban doblando la esquina, ya desconfiados, no sabían si comenzar a aplaudir o desaprobar las bromas de sus compañeros.

Descubrieron que esa vez sí era real cuando vieron aparecer a la mujer de sonrisa amplia y blanquísima que contrastaba con su piel oscura y gafas de sol negras. “Manténganse firmes”, les había advertido una profesora, pero ningún protocolo quedó en pie cuando, en medio de la alegría, los estudiantes se arremolinaron sobre Marta para entregarle cartas, flores y abrazos.

“Ahí me disculpan las gafas, es que tengo problemas con tanto sol. Me ahogo dentro de mi propia luz”, dijo Marta quien, cuando se las quitaba, dejaba ver unos ojos pícaros que inventaban morisquetas para hacer sonreír a los niños.

Víctor, Lucas y Julián esperaban ansiosos su turno. Profesoras y estudiantes leyeron algunos versos de los libros de Marta. Seguía la parte musical. Acomodaron el atril con el pentagrama y comenzaron a sonar unas notas tímidas que fueron ganando fuerza. Marta, sentada, se mecía de un lado al otro, con los hombros encogidos y las manos sobre el pecho como si estuviera bailando un sentido vallenato en su natal Apartadó. Las guitarras y el violín llenaron el patio principal. El aire hervía. La emoción hervía.

Para hacer del encuentro algo más íntimo, el evento se trasladó al auditorio con algunos grupos de estudiantes. Al entrar, Marta se llevó las manos a la cara y se enjugó los ojos, aunque no había rastro de lágrimas. “Si tu soledad/ no se hubiera empozado/ a golpes en mis entrañas./ Si tu vida no fuera/ una repetición en la vida mía”, se leía el fragmento de Madre, un poema suyo, en el pendón que habían mandado a hacer las profesoras. Apiladas a lado y lado del auditorio, sobre coloridas mesas, estaban las versiones de los libros de poemas de Marta que los estudiantes habían hecho con foamy, papeles de colores, cintas y mirella.

“Gracias por hacerte nuestra amiga con la disculpa sublime del libro, de la palabra, de la mirada sincera”, dijo José Hernández, el bibliotecario, en un emotivo discurso. Luego de varias interpretaciones musicales y lecturas por parte de estudiantes, era turno de que Marta resolviera las dudas que había suscitado su obra.

Marta encontró cada respuesta en un poema suyo y, de un tirón, declamó versos de memoria. Sorprendió al auditorio.

—¿Uno es poeta o se hace?

—“No hay más árbol genealógico en mí que mis brazos, mis pies, mi tronco. La raíz son mis palabras hechas de esta misma pesadumbre. ¿Qué historias tengo en verdad para contar? A veces creo que muchas, en algunos instantes creo que pocas. Resignación me dice la vida, y la vida mía es todo lo que tengo…”

—De sus libros, ¿cuál es su favorito?

—Yo creo que los libros son como los hijos: la mamá dice que los quiere a todos, pero mentiras, a unos más, a otros menos —los niños se ríen. Yo soy muy buena madre, quiero a todos mis hijos. “No es el milagro de las palabras lo que hace brotar la fuente subterránea; son las sendas, la hierba, los encuentros que nunca nos arroparon en invierno. Las palabras van apareciendo en fila india. Guiándose, buscan acomodo entre renglón y renglón…”

Antes de terminar, revivió poemas sobre Apartadó, su madre, su vida, su mejor amigo de infancia, la paz, la guerra, las palabras. A las 5:30 sonó el timbre que indicaba que era el fin de las clases. Los estudiantes se deslizaron hacia la salida, salvo varios que se quedaron pidiendo autógrafos, conversando sobre sus aspiraciones y leyendo sus propias producciones a la poeta.

Cuando solo quedaba la compañía del eco, Marta metió en su morral todos los ramos que recibió, dejando salir las flores entre los cierres. —Se te va a regar el agua —le dijo alguien cuando guardó un ramo con florero incluido. —Ah, yo lo guardo paradito. Y se le escuchó cantar mientras se iba por los pasillos desiertos: por eso salgo siempre a caminar, en busca de una flor para mascar.

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