La Trilogía del 9 de abril

Miguel Torres: La memoria del Bogotazo hecha literatura

Miguel Torres es uno de los autores invitados a la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Presentará su trilogía en un conversatorio con otros autores que tendrá como temática rescatar las distintas voces que han narrado El Bogotazo a través de la literatura en 71 años.

En una edición especial, El Espectador dio cuenta de los sucesos del 9 de abril del 48 y del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Archivo

Mucho se ha dicho y escrito acerca del 9 de abril de 1948; se ha comentado hasta el cansancio la razón o posibles razones por las que se dio muerte al caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán; se han expuesto teorías conspirativas al respecto, se han hecho suposiciones, se han dicho nombres; se han redactado tesinas, filmado películas y documentales, se han escrito cuentos, novelas y poemas; se han cantado canciones, se han hecho obras de teatro, se ha hecho y se ha deshecho. Pero ¿ha sido suficiente?

En el año 2006, Miguel Torres publicaba la primera de sus novelas sobre el terrible suceso que fue El Bogotazo. El libro se presentaba como el inicio de una trilogía en la que el autor pretendía explorar algunas de las preguntas que durante mucho tiempo nos hemos hecho los colombianos acerca de lo que realmente sucedió en esta época tan particular de nuestra historia. Han pasado 12 años desde que el escritor bogotano se planteó esta tarea, y es ahora, en pleno 2019, cuando se reunirán en el mismo lugar las tres novelas que ha escrito sobre el tema.

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Planeta publicará este año los títulos “El crimen del siglo”, “El incendio de abril” y “La invención del pasado”, en un pack que contendrá los tres libros reeditados y que circulará por primera vez en la trigésimo segunda edición de la Feria Internacional del Libro de Bogotá. La obra de Miguel Torres es una de las más atractivas de la literatura colombiana contemporánea. Las temáticas que ha decidido abordar y la forma cómo lo ha hecho, dan cuenta de las inquietudes del autor por entenderse a sí mismo y entender un poco el país en el que ha nacido.

“Cuando uno escribe un libro tiene un propósito, es decir, aparte de la pasión de escribir, se hace un interrogante: ¿sobre qué voy a escribir en un país con tantos problemas sociales, con tanta injusticia, con tanta inequidad e impunidad, con tantas víctimas, con tantos muertos, con tanta sangre? El pasado en Colombia es algo oculto, transformado, distorsionado por el poder: entre menos la gente sepa qué ha pasado, mucho mejor, porque más se la puede manipular y manejar. Uno como escritor puede arrojar un poquito de luz sobre eso, así sea a través de una ficción, contando un acontecimiento como el 9 de abril”, menciona el autor en una vieja entrevista. “Novelísticamente, me atraía muchísimo más un personaje como Roa que uno como Gaitán”, comenta para El Espectador, en una nota escrita por María Paula Lizarazo. “Gaitán era una figura pública indiscutible, pero la figura misteriosa, huidiza, extraña, desconocida de ese hombre que dicen que lo mató era muy fascinante como personaje (…) Murió antes que Gaitán. Con pequeños datos me lancé a hacer la novela sobre el antihéroe”.

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Lo cierto es que su idea salió muy bien, tal vez mejor de lo que esperaba. El crimen del siglo fue publicada por vez primera bajo el sello Seix Barral y luego de unos años, en 2013, la editorial Alfaguara presentó una segunda edición, permitiendo así que el libro llegara a más lectores e incluso fuera adaptada al teatro. En marzo de 2018, el Teatro Colón presentó la obra en el marco de la conmemoración de los 70 años de aquel terrible episodio. 

La historia de este primer libro está centrada en la vida de Juan Roa Sierra. El autor nos presenta una narración en tiempo pasado, con algunas miradas en presente, que exploran los detalles poco conocidos acerca de este enigmático personaje. Se le describe como un sujeto de lo más insignificante, de contextura delgada, casi esquelética, siempre pálido y con cara de enfermo; solitario, ensimismado, aislado de su familia y de sus amigos; con la mala suerte guardada en el bolsillo, sin un centavo, viviendo a cuestas de los cuidados de su madre y la caridad de sus conocidos; fanático de creencias sin sentido, supersticioso, miedoso y mentiroso; perezoso, terco y con una irrefutable habilidad para meterse en líos y estar siempre en el lugar equivocado.

Tenía una fijación peculiar con las figuras de poder y creía que su misión en el mundo era llegar a reencarnar las grandes proezas de hombres como el general Francisco de Paula Santander; de ahí su atracción por Jorge Eliécer Gaitán, que empezó como idolatría y terminó convirtiéndose en repulsión. Encerrado en su habitación, Roa Sierra era el arquitecto de las más descabelladas invenciones, fantasías sin sentido que lo hacían sentirse omnipotente entre los hombres. Sus creencias ligadas a las prácticas del rosacrucismo le hacían pensar que ocupaba un lugar especial dentro de la sociedad, y que su fortuna no correspondía con lo que estaba destinado para él.

“Ese que está sentado en aquella banca del parque Ricaurte, atribulado, cariacontecido, vestido de gris a rayas blancas, corbata roja, sombrero gris oscuro y zapatos carmelitas rejuvenecidos a punta de betún antes de salir de su casa, que tiene la pierna izquierda cruzada sobre la derecha, el sol a las espaldas, el ceño fruncido y la mirada fija en la puerta de la iglesia, es Juan Roa Sierra, desempleado, soltero, a su pesar, aún enamorado de la bella mujer que lo bajó hace meses de su cama. Tiene veintiséis años cumplidos y no alcanzará a cumplir los veintisiete, no por causa de algún accidente o de una enfermedad, desgracias que llegan, precisamente, sin pedirle permiso a la vida, sino por forzar su destino al encuentro de la muerte”. La narración se centra exclusivamente en él, describiendo sus temores, sus problemas, sus anhelos y rencores. El misterio y la incongruencia que rodean su figura, dan cuenta de un personaje atípico, fastidioso, detestable e incómodo, cuyas ideas no son más que extravagancias y razonamientos basados en el miedo y la rabia contenida.

Cuatro partes subdivididas en capítulos, casi todos de la misma extensión, que a lo largo de un número aproximado de 400 páginas relatan los últimos días de quien fuera el asesino del caudillo liberal, son la antesala de esta trilogía de Miguel Torres. El lector sentirá que la historia detrás de la historia puede llegar a ser tan importante como la que se documenta y se nos presenta como verdadera. Los espacios vacíos suelen ser infinitos y, si lo pensamos bien, solo tenemos acceso a una pequeña parte que compone un todo mucho más grande.

El acierto no es menor en el segundo libro de la trilogía, El incendio de abril, publicado por primera vez en 2012 por la editorial Alfaguara. El libro está dividido en tres partes en las que el autor acude a una serie de distintas voces para describir lo sucedido tras el asesinato de Gaitán, en pleno centro de Bogotá. Una madre que ha perdido a su hijo en medio de la hecatombe, un borracho que recorre las calles dando tumbos entre los cadáveres, un policía que no sabe si saldrá vivo del cuartel, un oficial de la guardia presidencial que pese a sus creencias se atreve a abrir fuego contra los ciudadanos enloquecidos, un operario de tranvía, una empleada de joyería, un cura, una vecina del caudillo, un conocido de Roa Sierra, un zapatero, un relojero, una esposa consternada por la desaparición de su marido que se atreve a salir a las calles incendiadas y poner su vida en peligro para ir en su búsqueda, y un hombre de la clase alta que se esconde en una casa en venta por temor a que la muchedumbre lo esté buscando para asesinarlo, son algunas de las historias que se narran al interior de este libro en el que el lector sentirá el agobio de quienes protagonizan y nos cuentan la peor versión de nosotros mismos.

En la primera parte, El día y la noche, diferentes personajes exponen su versión de los hechos. Son relatos que no superan las diez páginas de extensión, muchas veces no llegan ni a las cinco, y que bombardean al lector con diferentes escenas ubicadas en un mismo espacio, momentos al interior de otro más grande que se desarrolla casi que de forma paralela. De repente, el personaje del primer relato puede encontrarse con el del sexto o el octavo, y así sucesivamente. Asistimos, pues, a un concierto de voces y sollozos, lamentos y querellas, que da cuenta del asombro de quienes protagonizan un evento apocalíptico. En la segunda parte, La noche, la atención del lector se centra en la historia de una mujer que nos describe la desaparición de su esposo y su débil intento por encontrarlo. Una narración conmovedora que revela la ilusión de esta mujer por ver de nuevo al hombre que acompaña sus días, un pintor que recientemente se había dedicado a retratar al caudillo liberal y que, en cuanto culminó con la tarea salió a hacerle entrega del cuadro a Gaitán, pero no contaba con que ese día sería asesinado y él quedaría atrapado en medio del escándalo.

En la tercera y última parte, La noche y el día, un hombre de familia acomodada, bien relacionado con la oligarquía colombiana, se entera del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y se esconde en una casa en venta por temor a que la muchedumbre lo busque para asesinarlo. Junto a él, otros vecinos del sector deciden refugiarse en aquel sitio y en medio de la incertidumbre, debaten sobre política y los rumbos que tomará el país a partir de entonces. Esta es una narración intensa que mantiene a los lectores atentos de inicio a fin, queriendo descubrir qué es lo que ocurrirá finalmente, ¿serán asesinadas estas personas a manos de los revoltosos, o sobrevivirán al espantoso suceso?

El cierre de la trilogía se da con el libro La invención del pasado, publicado en 2016 por el sello Tusquets. Aquí, los Barbusse se empeñan en impedir que las ruinas que se han tomado la ciudad, años después del 9 de abril, se instalen también en sus vidas. A punta del amor poderoso que solo existe entre la familia, este grupo de afortunados traman las rutinas felices de todos los días, mientras las sombras de las violencias van y vienen y a veces parecen darle tregua a la tranquila intimidad de la casa familiar, aunque sus habitantes sepan que nunca dejarán de acecharlos. Me robo la frase de la contraportada del libro, pues no podría decirlo distinto: Con la ambición de iluminar los años posteriores del país, Miguel Torres consigue en esta estremecedora novela intimista recrear un escenario derruido, en contraste con una familia que hace lo que puede para crecer en medio de las persecuciones políticas, los asesinatos, la lentitud de la justicia y la frustración de un país acorralado por el fracaso.

La historia es narrada por Henry Barbusse, el niño al que Ana Barbusse encuentra desamparado en un callejón aquella noche del 9 de abril, y a través de él conocemos las vidas de su madre, de Martina y Juan Pablo, de la abuela de ellos y los amigos que con los años van apareciendo. En El incendio de abril, Ana sale en busca de su esposo, pero en lugar de encontrarlo a él termina por hallar a este pequeño niño que decide tomar como suyo para criarlo y amarlo por el resto de sus días. Este hijo no nato de Ana se convierte en pintor, como Francisco, el esposo desaparecido, y pasa sus días retratando los rostros del dolor, de aquella violencia que pulula en el aire y les hace la vida imposible. 

El espacio no es otro que Bogotá, pero más exactamente, nos ubicamos al interior de una casa grande del centro de la ciudad, en la que habita el fantasma del pasado y cada tanto se reinventa. Se trata de un resguardo al que acudirán los personajes para salvarse de sí mismos, una especie de bucle que los mantiene intactos, aparentemente protegidos, ante el paso del tiempo y el azote de las injusticias en un país que parece no aprender de sus errores. El lector se internará en estas páginas con curiosidad absoluta y con el correr de las mismas, será testigo de esta historia conmovedora que le permitirá entender que, a prueba de todo, la vida se impone y es siempre más fuerte que la muerte.

Mucho se ha dicho sobre el 9 de abril de 1948, pero ¿ha sido suficiente? Esta trilogía de Miguel Torres es, sin duda alguna, una publicación pertinente para este 2019, cuando se conmemoran 71 años de El Bogotazo, y el país necesita más que nunca recordar en dónde ha estado para no volver a andar por los mismos caminos enlodados. Esta, en palabras de Guido Tamayo, es la reivindicación de una memoria que se contrapone a la amañada de nuestra historia oficial. Una memoria que narra los entresijos amargos de nuestro fracaso como nación desde el asesinato impune de Jorge Eliecer Gaitán hasta la debacle del Palacio de Justicia. Una memoria que nos ayuda a entender porque no hemos podido ser felices a pesar de haberlo deseado intensamente.

 

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