Miniaturas del encierro

En esta obra relata la experiencia de los 81 días que pasó en prisión y reabre un debate inacabable: ¿el arte debe ser político?

Uno de los dioramas presentados por Ai Weiwei en la iglesia San Antonio, en Venecia, que fue usada como galería. / AFP
Uno de los dioramas presentados por Ai Weiwei en la iglesia San Antonio, en Venecia, que fue usada como galería. / AFP

Primera escena: Ai Weiwei —chino, nacido en 1957, artista plástico— durmiendo en una cama mientras dos guardas —también chinos— lo vigilan. Segunda escena: Ai Weiwei comiendo mientras dos guardas lo vigilan. Tercera escena: Ai Weiwei caminando por su cuarto mientras dos guardas, a lado y lado, lo vigilan. Cuarta escena: Ai Weiwei restregando su espalda bajo la ducha mientras dos guardas lo vigilan. ¿Título de la obra? Sacred, el trabajo más reciente del artista chino Ai Weiwei, aunque bien podría llamarse Dioramas de una pesadilla, como la tituló The New York Times, porque son eso, en efecto: una serie de seis dioramas —miniaturas fabricadas en fibra de vidrio— que relatan los 81 días que Ai estuvo en la cárcel en 2011.

Acusado de evasión de impuestos, Ai fue capturado en abril de ese año en el aeropuerto de Pekín. Su casa fue acordonada; ocho de sus ayudantes también fueron aprehendidos. Ai debía —decía la policía— casi US$2 millones. Los detalles fueron conocidos tres meses después, cuando Ai fue liberado sin cargos por los que pagar. La policía dijo por entonces que Ai había sido dejado en libertad porque había confesado sus “crímenes” y padecía una enfermedad crónica. Dijo también que él había quemado documentos en los que dicha evasión estaba explícita. Ai guardó silencio.

Quienes conocían su carrera, le espetaron al Gobierno una aparente censura, pues sabían que Ai había develado casos de corrupción estatal. El Gobierno se basó en las pruebas legales. Y fue durante esos tres meses de cárcel en los que, en el baño o en la mesa, Ai estuvo vigilado por guardas. Dos años después, en libertad y sin pasaporte, Ai, junto con un escultor, creó los dioramas y los envió a Venecia, donde son exhibidos desde el domingo pasado, en paralelo a la tradicional Bienal de Arte. Que los enviara parece un hecho común y corriente, pero no en China: nadie sabe —él mismo no lo relevó— cómo los envió sin ser visto por las autoridades.

Los dioramas de Ai tienen una técnica precisa, concentrada en el detalle. Pero más allá de cualquier magia técnica, sobresale el concepto, su historia. Su trabajo es, en esencia, una crítica a la política. Y ésa es la pregunta que ronda su trabajo y el de parte de los artistas actuales, formulada por él mismo en The New York Times: “¿El arte político puede ser, al mismo tiempo, buen arte?”.

La primera respuesta viene del mismo Ai: “La gente no suele conectar el arte con el estrago cotidiano, y prefiere usar la estética, o lo que llamamos estética, para separar las emociones humanas del mundo real”. Así que el arte es el horizonte en el que se siente una cierta pasividad opuesta al caótico “mundo real”. Una respuesta similar tendría Mario Vargas Llosa, que en su Cartas a un joven novelista escribe, refiriéndose a la literatura: “Estoy convencido de que quien se abandona a la elucubración de vidas distintas a aquella que vive en la realidad, manifiesta de esta indirecta manera su rechazo y crítica de la vida tal cual es, del mundo real, y su deseo de sustituirlo por aquellos que fabrica con su imaginación y deseos”.

Entonces, toda creación artificiosa, que tenga fines estéticos, es también un medio para rechazar el entorno y criticarlo. Casi podría decirse que todo acto artístico es, en sí mismo, político. Esta sentencia es evidente en el trabajo de la colombiana Doris Salcedo o también en el del británico Banksy. En las obras gráficas de este último, es más visible: el deportista que salta las vallas de un presunto campo de concentración o el rebelde que lanza un ramo de flores son representaciones directas y sugerentes de sucesos sociales. Pero ¿todo arte está obligado a ser político?

“Escribir es cierto modo de querer la libertad —escribe Jean-Paul Sartre en ¿Qué es la literatura?—. Si usted ha comenzado, de grado o no, queda usted comprometido”. La misma afirmación podría trasladarse a las demás artes: tan pronto entra en una de ellas, el aprendiz queda ligado a un objetivo: la libertad democrática de su audiencia, de sí mismo. Albert Camus, escritor y contemporáneo de Sartre, parece estar de acuerdo con él: “Justificación del arte —escribe en sus Cuadernos en 1944—: la verdadera obra de arte estimula la sinceridad, refuerza la complicidad de los hombres, etc.”.

Pero Sartre es más definitivo que su colega: “Hablar es actuar: toda cosa que se nombra ya no es completamente la misma”. La armonía entre ambas posiciones se quiebra cuando Camus, con miras menos ideológicas, escribió también un principio por seguir: “Contra la literatura comprometida —dice—. El hombre no es solamente lo social. Por lo menos, le pertenece su muerte. Estamos hechos para vivir en relación con los demás. Pero uno sólo muere de veras por sí mismo”. Más allá de esto, la pregunta de Ai retumba: ¿es posible hacer buen arte político que siga siendo arte?

El problema no es que la obra hable sobre la política, sino que esté politizada; que sea más un panfleto que una aventura del lenguaje; que le interese más el libelo y el lema partidista que su sustancia universal. Julio Cortázar tiene en El libro de Manuel un relato politizado hasta la médula. El austríaco Thomas Bernhard, en cambio, superó esas limitaciones y creó un estilo que perturbó a muchos. El interrogante va, entonces, hacia otro lugar: ¿cómo es posible combinarlas con la justa dosis de rebeldía y belleza estética?

Ai Weiwei intenta responder.

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@acayaqui

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