La mirada nueva de Adriana Echavarría

Con esta muestra, la fotógrafa no tiene la intención de presentar una serie de imágenes estéticas sobre la naturaleza marítima. Su invitación es a sumergirse en un universo desconocido.

Las fotografías de ‘Mar adentro’ se lograron con elementos como la danza de la luz sobre la oscuridad. / Cortesía Galería Sextante.

Nunca lo olvidaré: uno de mis profesores más venerables y admirados, en su cátedra predilecta de poesía, hizo poner en pie a un alumno que no paraba de hablar en clase. Visiblemente molesto, el maestro le indicó que abriera el libro que estábamos estudiando y que encontrara uno de los grandes poemas de Federico García Lorca. “¡Lea!”, ordenó implacable. El joven empezó a leer, balbuceando de los nervios. “¿Qué hay ahí?”, lo interpeló el maestro al cabo de tres o cuatro versos asombrosos. El muchacho no supo qué contestar, y su expresión en blanco era más que elocuente. “Ahí hay un mundo”, replicó el profesor. “Siéntese”.

Aquel viejo maestro tenía razón: puede existir un mundo en un verso. Y también en una fotografía.

Quizás por eso, mientras admiro esta colección de fotos de Adriana Echavarría, y contemplo sus cautivantes imágenes del mar, no puedo dejar de pensar en mi propio oficio, pues siempre me ha llamado la atención que el mar sea un tema común en otras artes y otras lenguas, cuando es poco menos que abandonado por los novelistas en castellano. Y es extraño ese hecho, porque varios países de América Latina son islas del Caribe, y casi todos los demás dan a un océano y en ocasiones a dos, como es el caso de México, Nicaragua, Costa Rica, Panamá y Colombia. Además, en gran parte descendemos de una de las potencias marítimas más grandes que se han visto en la historia, que fue España. Sin embargo, es curioso que nuestra narrativa carezca de una figura equivalente a Joseph Conrad, a Herman Melville, a Ernest Hemingway o a Patrick O’Brian.

Claro: existen excepciones. Entre 1911 y 1931, el español Pío Baroja publicó su tetralogía que agrupó bajo el título El mar: cuatro novelas interesantes que hoy pocos han leído. Y últimamente hemos visto la afortunada publicación de novelas marinas escritas por maestros de la talla de Álvaro Mutis, Luis Sepúlveda y Arturo Pérez-Reverte. No obstante, ante todo esos libros parecen eso: excepciones. Incluso en la obra de García Márquez, uno de nuestros autores más famosos por su amor por el Caribe, el mar constituye una presencia constante pero es más remota que cercana; una realidad que se sabe que está ahí, como un decorado de fondo, pero que rara vez se explora en detalle. Ni a fondo. De hecho, el mar en la novela en castellano se asemeja al océano que se roban las potencias extranjeras en El otoño del patriarca: un vacío inmenso. Y es extraño, repito, porque el mar ostenta un potencial literario sin límites y ofrece un mundo lleno de posibilidades estéticas y narrativas; un teatro ideal para el desarrollo de toda suerte de aventuras e historias fascinantes. Quizás nadie entendió esto mejor que Joseph Conrad. “El mar no es un elemento —sentenció—, sino un escenario”.

Este no es el caso de la poesía. Ahí sucede lo contrario: es difícil encontrar un poeta en castellano que no haya acudido, una y otra vez, al mar como un símbolo, un tema, una metáfora o simplemente una imagen para alimentar sus versos. Espronceda, Lorca, Alberti, Neruda, Juan Ramón Jiménez, Borges y Benedetti son apenas unos cuantos nombres de una prodigiosa constelación de poetas que han escrito con maestría sobre el mar. Y ese elemento, o ese escenario, aparece a menudo en sus textos.

Y tampoco es el caso de otros medios de expresión, como la fotografía. En ese arte, inclusive, ocurre el problema al revés. Un novelista en castellano se tiene que enfrentar a una difícil situación creativa: ¿cómo hablar de un mundo tan complejo como el mar sin una tradición previa en la lengua, con tan pocos referentes en el idioma? Un fotógrafo, en cambio, se tiene que formular la pregunta opuesta: si hay tal cantidad de imágenes marinas tomadas por los maestros de la cámara, ¿qué puedo decir yo que sea diferente? Existen numerosos libros de fotografías y cada semana se publican revistas con imágenes preciosas de los océanos, y es raro que National Geographic, uno de los mejores medios impresos, no tenga al menos un artículo al mes que trate sobre el mar, con fotografías tan espectaculares como las de un David Doubilet o un Brian Skerry. En ese contexto y con semejante competencia, se pregunta un fotógrafo, ¿qué puedo decir yo con mi cámara que sea nuevo?

La respuesta de Adriana Echavarría es la siguiente muestra de fotografías nocturnas del mar.

No es la primera vez que Echavarría incursiona en esta temática, ni sería exagerado decir que la artista parece obsesionada con el mar desde hace años. Pero a la vez es claro que aquí el tema, como sucede siempre en el arte, es apenas un pretexto para el lenguaje, y en este caso particular, para la imagen. Su intención no sólo consiste en detener “el momento decisivo”, como anotó el maestro fotógrafo Henri Cartier-Bresson, sino crear una imagen llamativa, una instantánea cuya luz, textura, corporeidad y movimiento parecen apuntar a una realidad más profunda. En ocasiones anteriores, las fotografías de Echavarría recuerdan las pinturas del famoso artista norteamericano Mark Rothko, con una franja de aguas serenas en el ocaso, el mar casi quieto y del color de la plata; encima una brumosa línea oscura del horizonte, y encima de ambas la vastedad del cielo del color de la arena en el desierto. En otras, las aguas del mar se asemejan al plomo, el horizonte como un brochazo trazado con un carboncillo, y el cielo nocturno, con relumbres de luz de luna, domina el resto de la tela. Perdón: de la hoja. Pero es fácil equivocarse, porque a menudo lo más impactante de estas imágenes es lo poco que parecen fotografías, y lo mucho que parecen lienzos de un artista consagrado.

En todo caso, la mayor paradoja es que a pesar de tenerlo cerca, el mar es todavía un mundo desconocido. Hasta ahora hemos explorado apenas el uno por ciento del fondo marino y sabemos mucho más de los astros y de los planetas de nuestro sistema solar que de nuestros océanos. Por lo tanto, el mar es un espacio, por definición, misterioso. Y Echavarría no pretende descifrar el misterio, que sería una manera de envilecerlo, sino más bien ella procura retener fragmentos del mismo y exponerlo en toda su majestad y belleza. Por eso estas fotografías son tan audaces. Y a la vez tan enigmáticas. Y por eso cada una es de una hermosura seductora, un imagen que sorprende y hasta desconcierta, y que a la vez alude a las cualidades más sobresalientes de esa masa de agua viva que es el mar: la soledad, la fuerza terrible, el peligro, la serenidad, la nobleza, la tempestad, el dolor y la introspección. Sumergirse en el océano siempre me ha parecido una metáfora perfecta del descenso en la propia conciencia, y esto es, justamente, lo que sugieren estas imágenes: son un espejo que iluminan el alma del artista. Sin duda por eso esta muestra se titula Mar adentro.

De manera que el objetivo de Echavarría , claramente, no es presentar una serie de bonitas fotos de la naturaleza, como vemos en tantos medios y publicaciones. Su objetivo es crear una obra de arte. Y sólo alguien versado en las dificultades técnicas de la fotografía, una profesional con un claro dominio del oficio, es capaz de captar estas imágenes tan delicadas y sugestivas. Por eso el resultado final no es sólo admirable, sino a la vez deslumbrante. Y más cuando se advierte que estas fotografías se han logrado con apenas un puñado de elementos: la danza de la luz sobre la oscuridad de las aguas, la textura oscilante de la superficie que avanza hacia la orilla, la belleza del instante, el movimiento del oleaje, la quietud del cielo, las manchas de nubes como fantasmas apenas notables en la luz del ocaso, las líneas y las sombras. Detalles que parecen detenidos en un instante frágil y mágico. Imperecedero. Y en ese momento entendemos que Adriana no nos ofrece una muestra de fotografías. Nos ofrece un mundo.

 

‘Mar adentro’, de Adriana Echavarría. Galería Sextante, carrera 14 Nº 75-29 (Bogotá).

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