Las miradas de Morin

El filósofo, quien a los 95 años es una de las voces más respetadas de Europa, habla de la influencia del cine en su vida y su trabajo teórico.

En la pantalla está Edgar Morin, con su gorra de maquinista, quien desde los setenta es casi un símbolo, y una bufanda roja, tal vez demasiado calurosa para esa época del año. Durante noventa minutos el sociólogo, ex-combatiente de la Resistencia comunista, autor de un Método filosófico en seis volúmenes –y al menos cincuenta libros más que abordan temas como la educación, la construcción europea, la guerra de Yugoslavia, la percepción social del deporte y de la propuesta de un tribunal para juzgar los “crímenes contra el futuro de la humanidad”–, habla de cine.
 
Cuando las luces se encienden (con las luces encendidas es menos peligroso) aparece entre los espectadores Edgar Morin. Su venida estaba anunciada; aun así la sala se pone de pie. A los casi noventa y cinco años, Morin, quien acaba de publicar un libro sobre la metamorfosis de la sociedad francesa luego de la masacre de Charlie Hebdo, sigue siendo considerado una de las voces más lúcidas de Europa.
 
Durante noventa minutos, Morin seguirá hablando de cine. Sólo ha dirigido una cinta, pero tiene ocho décadas de experiencia como espectador.
 
“Le enviamos un correo electrónico sin muchas esperanzas. Nos contestó el mismo día diciendo que estaba interesado”, cuenta Céline Gailleurd, quien junto a Olivier Bohler dirigió el documental Edgar Morin, crónica de una mirada. El dúo ya había trabajado en torno a la obra de los cineastas  Jean-Luc Godard  y André Labarthe, y soñaba con tener el tiempo de discutir con Morin sobre el cine, que debe en parte su aceptación como manifestación cultural mayor a los trabajos que el filósofo le dedicó durante los años cincuenta, cuando aún la élite intelectual lo veía a medio camino entre un arte naciente y una diversión popular.
 
La discusión planteada por Gailleurd y Bohler se extendió a lo largo de tres años y los llevó no sólo a acompañar con frecuencia al sociólogo en sus paseos por el XIVème arrondissement, sino en una de sus visitas a Berlín, la ciudad que conoció en ruinas días después de que fuera tomada por los soviéticos.
 
De esa visita nacería El año cero de Alemania, su primera obra publicada que decidió firmar con su alías de combatiente clandestino, “Morin”, en lugar de su apellido original, Nahoum.
 
“Berlín era una ciudad de fantasmas que no se parecía a la que había visto en las películas de los años treinta. Hubo un fantástico cine alemán que desapareció con la llegada de Hitler al poder”, recuerda el filósofo, quien evoca con frecuencia el peso que las cinematografías alemana y soviética tuvieron en su formación. Para Gailleurd es impresionante la memoria de Morin para citar escenas precisas de cintas que no se han proyectado en décadas.
 
“Morin nos permitió descubrir películas que no pertenecen al canon y redescubrir cineastas como Georg Wilhelm Pabst, que ahora se nos ha vuelto un favorito”, dice la directora.
 
“Yo era un niño huérfano, aislado, que se refugiaba en el cine. Por eso, a la hora del despertar de mi conciencia política, de mi consciencia en general, cintas como La tragedia de la Mina de Pabst tienen tanta importancia como las lecturas de Dostoievsky”, dice Morin. “Yo aprendí mucho del teatro y de las otras artes, pero creo que hay un período único, al comienzo de la adolescencia, en el que uno se transforma y recibe influencias que no lo abandonan en el resto de la vida”.
 
Del otro lado de la cámara, Morin tuvo una decepcionante experiencia como guionista cuando escribió por encargo la historia de un nazi que tras la guerra se oculta en Israel. “Quería mostrar su complejidad y al final dejaron solo a un tipo cínico y manipulador. No me gustó esa deshumanización y por eso renegué de la película”, comenta al respecto. A pesar de su origen judío y su combate en las filas de la Resistencia no podía admitir que un nazi fuera un personaje plano y exclusivamente malvado.
 
Cuando decidió lanzarse como director en 1961, Morin ya había largamente teorizado sobre el cine como fenómeno cultural de masas. La película que realizó junto a Jean Rouch se llamó Crónica de un verano. El principio era reunir desconocidos alrededor de una cena y ponerlos a hablar de su vida. Era algo a medio camino entre el documental y el cinema vérité, pero imaginado como un ejercicio de etnología. “Esperábamos comprobar que un grupo de personas termina por entenderse si se le da la posibilidad de discutir. No fue lo que logramos, pero quedó el registro del intento”, recuerda.
 
Morin sigue yendo a cine como en las épocas en las que, en sus palabras, “me atragantaba de películas porque fui un cinéfago mucho antes que un cinéfilo”. ¿Y la última película que vio? “Good Kill hoy cuando tuve un ratico después del almuerzo. Una reflexión necesaria sobre esos hombres que matan a distancia como si fuera un juego de video”.
 
El cine o el hombre imaginario, publicado en 1956, fue el primero de los libros que Morin dedicó al séptimo arte. Al año siguiente publicaría Les Stars, un análisis sociológico sobre la manera como los actores se convierten en ídolos de la cultura y proyecciones de los espectadores.
 
“Yo fui un adolescente precoz y, por supuesto, estaba enamorado de esas rubias nórdicas de belleza de mármol y de esas trigueñas pelinegras como Gina Manès. Ellas, por supuesto, nunca me correspondieron ni se enteraron de mi existencia, pero cuando recurría a los placeres solitarios sí que las pensaba”, dice Morin mirando al cielo y con una enorme sonrisa.
 
Es la misma que ha tenido una hora antes a la hora de responder a uno de los espectadores, que le ha dicho, con razón: “Usted es más bello en persona que en la pantalla y más ahora que en las fotos de los años sesenta”. “Es que yo en esa época era muy feo”, le ha contestado, a sus noventa y tres años,  el filósofo.
 
“El método”, de Edgar Morin
 
Con la publicación del primer tomo de El método, en 1977, Edgar Morin colocó la primera piedra de su obra mayor que, durante 25 años, lo conduciría a visitar las fundaciones mismas del pensamiento humano.
 
En el primer tomo de la obra, hoy traducida en más de 30 idiomas, Edgar Morin invita a “complejizar” nuestra inteligencia para aprehender mejor -y aprender de- la complejidad del mundo real. Por eso es necesario no disociar el problema del conocimiento de la naturaleza, y el problema de la naturaleza del conocimiento: los fenómenos no se reducen a sus elementos constituyentes ni se pueden aislar del contexto global en el cual se insertan.
 
Escribió: “Estoy persuadido de que todo conocimiento simplificante y, por lo tanto, mutilado, es mutilante y se traduce en una manipulación, represión, devastación de lo real (...). El pensamiento simplificante ha llegado a ser la barbarie de la ciencia, es la barbarie específica de nuestra civilización”.
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