Mirando llover (Archivo Magazín)

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Presentamos una crónica sobre las distintas percepciones que hay del campo: sus paisajes, sensaciones y condiciones, que para los turistas pueden ser placenteras, pero para los campesinos son perjudiciales. El texto fue publicado en El Magazín dominical del 6 de noviembre de 1983.

De niño, cuando durante las vacaciones largas de fin de año la familia solía pasar casi dos meses en el campo, en alguna finca arrendada en la Sabana, y yo me creía sinceramente un campesino. Me gustaba tirarme boca arriba en los potreros para dormitar con los ojos cerrados, iluminados a trasluz por el sol, o abiertos para contemplar el lento vuelo de las nubes y de los gallinazos en un cielo rabiosamente azul. Por variar y para estimular el sueño del mediodía, también me gustaba acostarme boca abajo, anestesiado por el aroma de la yerba húmeda de rocío y el perfume mentolado de la yerbabuena y el poleo. En las lentas y lluviosas tardes del colegio, cuando a través de la ventana opaca del salón de clase veía llover, pensaba en un campo abierto, dorado por el sol, con vacas rumiando echadas al pie de la sombra redonda de un sauce o de un aliso, y ovejas recién esquiladas paciendo en las cunetas de los caminos vecinales. Por cierto que por ellos no pasaba nunca nadie. Me creía honradamente campesino por amar el viento cargado de fragancias vegetales, y los ocasos que cantaban en la garganta de los sapos y las noches salpicadas de estrellas que parpadeaban en lo alto como si me quisieran decir algo pero al fin y al cabo nunca me decían nada.

Imagen de la edición #34 de El Magazín dominical de El Espectador 

Envidiaba a los campesinos para quienes el tiempo discurre tan despacio detrás de la yunta de bueyes y en la mano el timón del arado de chuzo. Creía, en fin, y para no alargar esto demasiado, que el campo eran el sol, el aire puro, la soledad compartida con los animales y la libertad de hacer o no hacer nada, como se nos antoje.  Pero en realidad yo no era un hombre con la mentalidad de un campesino, sino un ciudadano solar, antiguo, primitivo como los que al comienzo de los tiempos, en todo el mundo, lo mismo a las orillas del Mediterráneo en las riberas del Pacífico, adoraban al dios Sol, padre de los incas en el Perú y de los faraones en Egipto.

Vine a comprender esto cuando muchos años después, ya en el atardecer de mi vida, vi al mayordomo de una finca que tengo el las sabanas boyacenses, sentado en el suelo en el corredor de su casa, con la cabeza entre las manos y los codos sobre las rodillas, embelesado, extasiado mirando llover.  El cielo plomizo, pesado, opaco, se desplomaba, se derretía sobre el campo. A mí me cocaba como si fuera un exabrupto, que lloviera en el campo. Para el, en cambio, el campo eran la lluvia, las madrugadas envueltas en niebla húmeda, el agua que empapaba los sembrados y volaba en un surtidor de gotas cuando las vacas o los perros se sacudían el pellejo para tratar de secarlo. Había que ver el rostro arrugado, angustiado de aquel campesino de veras cuando al final del largo verano, sin nubes y sin nieblas, levantaba los ojos y exclamaba con desesperación: ¡Todavía no llueve y se van a perder las cosechas! Anoche heló y se marchitaron las matas de maíz. Las vacas ya no tienen yerba qué comer, y otra vez la alcaldía está racionando el riego. Para mí, tiempo lindo era cuando resplandecía el sol desde el amanecer hasta el crepúsculo, mientras que para él lindo tiempo era cuando llovía a cántaros y las canales del patio repicaban toda la noche batidas por el agua. Nuestros campos, pues, eran profundamente distintos. El que yo soñaba en la ciudad gris y lluviosa brillaba allá lejos, detrás de las montañas, como un espejismo en el desierto; mientras que el suyo, el de mi amigo el mayordomo, estaba cerrado con una cortina de lluvia, en vuelto en un manto de niebla, ajeno y tan extraño al mío.

Y me quedé largo rato asomado a mi ventana, en el campo o en la ciudad, mirando llover.

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