Mo Yan, hambre, humor y angustia

Un repaso por los temas vitales en la literatura del premio Nobel chino de 2012.

Mo Yan, Premio Nobel de Literatura 2012./ EFE

Los temas y rasgos de Mo Yan, premio Nobel de literatura china 2012, son inagotables. Como muchos otros autores del país asiático, ha escrito acerca de los cambios que experimentó China entre la primera década de 1900 hasta 1980. Transformaciones, vistas sobre todo, desde un ambiente rural.

Sin embargo, muchos escritores pertenecientes a su generación han hablado de lo mismo. ¿Qué es lo que entonces hace tan diferente a Mo Yan, como para que le haya sido concedido el premio Nobel?

Por la variedad de sus temas es difícil resumir pero creo que un tópico importante de sus obras es el hambre. Suplicio sufrido por muchos chinos durante las invasiones y luego las políticas destinadas a intentar hacer del país una gran potencia.

“Padecer mucho tiempo hambre me hizo ser consciente de lo importante que es la comida para el ser humano. El éxito, los ideales, la carrera laboral o el amor no valen nada con el estómago vacío. Por la comida, perdí la dignidad. Por la comida, fui humillado como un insignificante perro callejero. Por la comida, comencé de verdad a escribir relatos”, dice el autor en su prefacio titulado Hambre y soledad: mis musas. Afirmación muy realista que en sus obras se convierte en exuberantes descripciones de carne de burro, sopas de nido de golondrina y otros ingredientes.

Nadie hay como Mo Yan para contagiar al lector del placer que proporciona a sus personajes una buena comida tras haber sufrido muchos padecimientos; como sucede en las Baladas del ajo, cuando los presos reciben algún plato especial. En “Grandes pechos, amplias caderas” el hambre es descrita a través del niño que recibe leche de los pechos de su mamá, heroína capaz de criar sola a casi diez niños y a sus nietas.

De igual forma, no hay nadie como este escritor para convertir esa sensación en algo grotesco. El hambre engrandece a sus personajes más miserables, o por el contrario, vuelve escorias sociales a los grandes funcionarios. La república del vino, en la que el detective Ding Gou debe ir a una provincia para investigar el canibalismo de niños, recuerda El Diario de un loco de Lu Xun, cuyo narrador sospecha de los moralistas que lo rodean: para él son caníbales.

Ding Gou sabe que no debe aceptar los banquetes y mucho menos una copa de vino porque obstaculizará su trabajo. La comida y la bebida son complejas, se vuelven una duda moral, un desafío del que luego no podrá uno arrepentirse. Son, además, una excusa para contar la vida de la gente, hablar de su psicología e incluso de su papel social; cómo un vino importante los hace ver grandes hombres o por el contrario, los convierte en criminales. El tipo de alimento marca la apariencia física o los sentimientos de quienes protagonizan sus historias. Todo aderezado con un humor negro que recuerda a Lu Xun. Hay personajes que causan simpatía aunque llegan a ser perturbadores: Ding Shi Kou, un hombre que se queda desempleado y decide poner unas cabinas sexuales en el casco de un bus viejo (Shifu, harías cualquier cosa por divertirte); o el enano de una taberna con platos tan curiosos como pene de burro (La república del vino).

El humor aparece a veces en los momentos más duros; Gao Yang no sabe si reír al ver a su compañero a punto de huir de la policía en Las Baladas del ajo. En niña abandonada, el narrador, para completar su día de mala suerte, recibe la mordedura de un perro y la enfrenta con optimismo: “Lo más probable es que el mordisco consiguiera despertarme gracias al dolor. El peligro real no lo encarna un perro con colmillos afilados, sino la sonrisa dulce de, por ejemplo, la Mona Lisa. No habría caído en esto si no me hubiera obligado a pensar sobre este tema; una vez que la idea se apoderó de mí, me sorprendió esta revelación. ¡Gracias perro de hocico puntiagudo y cara empapada!”.

En medio de su humor y los apuntes de realismo mágico con pájaros-hadas, niños que comen hierro y fantasmas de burro; considero que un elemento impactante del premio Nobel es su manera de evocar los estados de angustia; sobre todo en los personajes femeninos; el martirio de sus pies, los abortos de las niñas, su casamiento con hombres a los que no amaban, sus fugas, la experiencia de ser madre o el trauma generado por las políticas de natalidad.

En Las baladas del Ajo, Jinju, un personaje femenino entrañable, tiene un diálogo con el bebé que lleva en su vientre para pedirle que no nazca porque el mundo de los campesinos no es tan hermoso. En Sorgo rojo, los perros se comen y desgarran los cadáveres de los caídos chinos y japoneses. En Grandes Pechos, amplias caderas, la leche de Madre pierde su sabor en cuanto sucede una tragedia. Y en Rana, la tía Wan Xin se siente atacada por un montón de ranas; ella siente que son las almas de los niños que no ha dejado nacer. Imágenes duras que nos recuerdan que el pájaro-hada se ha convertido en uno, solo debido a su sufrimiento.

En suma, diría que Mo Yan tiene las escenas surrealistas de un García Márquez, el humor de Lu Xun y los pasajes angustiosos de un Kafka; sus temas son muchos, pero el hambre y la comida siempre aparecen como telón de fondo. Aunque quizá, cualquier comparación se queda corta. Lo mejor es invitar al lector a adentrarse en su universo.

 

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