Ficciones

Monólogo de un diablo

Nunca me asomo al espejo porque me da miedo la imagen que todos tienen de mí: un monstruo con la piel tostada por el fuego, ojos rojo bengala como la mala sangre, y unos enormes cuernos que siento que asoman cuando me visita el odio, ese veneno humano que nos impulsa al mal.

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¡Este maldito abanico no me sirve de nada! Por más que lo bamboleo y bamboleo lo que sale es aire hirviente, tan hirviente como esta paila en la que vivo.

Mi trabajo en el infierno es recorrer sus círculos para ver que todo arda bien. En mis andanzas veo almas sufrientes que se queman en el fuego de sus pecados, por asuntos como la carne, el juego o la comida, y tengo que ser honesto conmigo mismo: me parece excesiva la condena para asuntos tan humanos.

El discurso público que debo susurrar al oído de los vivos pregona que el cuerpo está hecho para llenarlo con el mundo: deseos desmedidos, vicios, cenas abundantes y vino por barriles, hasta el hartazgo de la llenura y la embriaguez. Por esos pecados pago mi pena, y aunque sé que el infierno es horrible, mi obligación es incitar a los vivos a que caigan en la trampa.

Por eso mi llamado: “Envidiosos, avaros, iracundos, jactanciosos, ególatras, lujuriosos, tragones y mentirosos del mundo, sean ustedes mismos”. La idea es seducirlos con engaños para el falso goce del inframundo en el que un abanico no sirva de nada.

¡Qué pecado tan grande el de la envidia, por ejemplo, como para ameritar círculo en el infierno!, les digo al oído como si fuera la voz de sus conciencias. ¡Cómo no sentir envidia de aquel que va de la mano con una reina de piernas largas, senos firmes y rostro hermoso!

La lujuria, el goce pleno de los sentidos, esa entrega sin medida a la perdición, a la tentación, esa invitación al disfrute de la carne, cala como nada en los deseos humanos, especialmente cuando una mujer voluptuosa se posa ante los ojos.

Este maldito abanico no sirve de nada desde que me eché a perder en las veleidades del cuerpo y me olvidé del alma que, a propósito, no sé dónde la dejé, si es que algún día la tuve. No lo recuerdo. Esto tampoco lo puede pregonar un diablo en voz alta so pena de ser castigado en una paila de altas temperaturas.

Si me hubiera perdido en la miel de tus caderas, sólo de tus caderas, y no en todas las caderas de mi lujuria, no sería el diablo que decidí ser. Opté por el camino de los excesos hasta perderme en el ardor del inframundo.

En mis recorridos hay dos lugares a los que no he querido entrar porque están los peores y yo me considero un diablo bueno, diablo de los pecados capitales, de las debilidades humanas. Nunca he ido a donde están los violentos y los corruptos. Matan y ríen, se roban la plata de la gente y no les importa que otros mueran de hambre por sus fechorías. Esos merecen el más ardiente de los castigos. Prefiero ser la cara del hombre que se para frente al abismo para errar, pero no para matar. No soy Satanás ni Belcebú; sólo soy un peón del inframundo.

Sólo ahora comprendo que todos llevamos el diablo adentro y que lo único que podemos hacer contra él es domesticarlo con amor para que no quede suelto para el ejercicio de la maldad. Yo nunca lo contuve y por eso vivo aquí, pero no debo hacer público mi pensamiento sino conmigo mismo.

El diablo convirtió mi corazón en su casa, en ese infierno de Dante que nos entrega al terror de sus noches en llamas donde no hay abanico que valga.

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