Monólogos

Monólogo triste-feliz del minotauro

Es probable que para un minotauro no haya lugar distinto a un laberinto. Si los dioses lo hubieran previsto, me habrían construido un laberinto en el más allá.

Archivo particular

“Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas”Jorge Luis Borges, “La casa de Asterión”

Para todos los muertos hay residencia: un círculo, una estrella, un escalón, una nube, el fango o una llama. Pero para mí, que también he muerto, ninguna casa me estaba reservada. Cada nueve años, liberé de las calamidades de la vida a siete hombres y a siete mujeres y todos viven hoy en su casa propia. Pero yo, que con inmensa bondad los arranqué del mundo, estoy condenado al nomadismo.

Los dioses se equivocaron cuando hicieron el más allá de los hombres muertos y el más allá de los toros muertos. Jamás imaginaron que mi madre reina y un toro blanco me concibieran.

Quizá sea mejor así, aunque no lo sé plenamente. Es probable que para un minotauro no haya lugar distinto a un laberinto. Si los dioses lo hubieran previsto, me habrían construido un laberinto en el más allá. En ese caso, estaría esperando un libertador de entre los muertos. Pero no existe la muerte después de la muerte. Por lo menos eso creo. Y si existiera, detrás de cada muerte me esperaría un laberinto.

Estoy felizmente condenado por un error divino, como lo estuve infelizmente en la tierra por un error humano. Minos perdonó a Pasifae y a mí jamás me perdonó. Y pensar que no recuerdo culpa alguna.

Cuando era niño, habité en una torre oscura, asediado siempre por el mismo sueño: una torre oscura y yo. No podía soñar nada distinto.

En un día cualquiera me trasladaron a una casa nueva. Me regalaron una bola de fuego en el cielo y en las noches un cielo de estrellas y una luna. A veces me obsequiaban gotas de agua y en ocasiones tormentas. Fui feliz los primeros días porque en mis sueños, además de la repetida torre oscura de mi infancia, aparecía el laberinto.

Un día tuve una monstruosa aparición. De algún corredor salieron volando dos pájaros con cara de hombre. Aquella noche soñé que mi bola de fuego derretía las alas de uno de los pájaros como si fueran de cera. Desde entonces, a mis sueños de torre oscura, laberinto, bola de fuego y estrellas, se sumaron dos pájaros.

Fui libertador de muchos hombres apabullados y solitarios antes de que llegara Teseo. Me quitó la vida, la terrible carga, atravesando con su espada mi humanidad de toro, mi toreidad de hombre.

Ese día golpeé la puerta del Hades y una voz me dijo que allí sólo admitían humanos. Descendí hasta el Tártaro y me dijeron que allí sólo ingresaban bestias. Subí al Olimpo y un Dios con ojos de mar me miró con tristeza y me cerró la puerta. Jamás comprendí el porqué de esa mirada. Viajé hasta los confines del mundo y me dijeron que allí sólo habitaban los hijos del semen divino y la carne de la tierra. Maldije a los dioses por no haber pensado en mí más allá.

El tiempo, ese remedio infalible que cura las heridas, me ayudó a comprender que esas puertas cerradas son lo mejor que me ha pasado en la muerte porque no me perpetuaron el laberinto. Hoy sueño con todo lo que hay en el mundo: mi espíritu vaga entre los vivos y cuando quiere los abandona. A veces, sólo a veces, el sueño me trae la torre oscura o mi antigua casa de esquinas iguales.

(Publicado en “En todas partes hay mariposas negras” Taller de edición Rocca, 2014)

* Subdirector de Noticias de Caracol Televisión.

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