Moravia en medio de Medellín

Un relato que, entre la Fiesta del libro de Medellín, cuenta cómo el incendio en Moravia acabó con cosas más importantes que casas.

Niños de Morvavia. / Cortesía

Un niño salió de una de las casas, bueno, de lo que quedaba de ella y apenas vio la cámara nos gritó tómeme una foto, mientras tanto, a unos metros de distancia – en la Fiesta del Libro – un universitario tomaba una edición especial de Cien Años de Soledad, leía el prólogo y los comentarios en la contraportada y se desanimaba al ver su precio; un grupo de colegiales posaba para una selfie y unos cuantos niños se acomodaban alrededor de una tarima, esperando a que el maestro Jotavillaza les narrase un cuento.

Una señora le contaba a una universitaria cómo se fueron propagando las llamas, el tiempo que llevaban viviendo en Moravia y la razón por la que algunos habían decidido instalarse bajo El Puente de la Madre Laura tras perderlo todo gracias a la quema, por su parte, un asesor de un call center atendía una llamada de un cliente disgustado porque el domicilio no llegó en el tiempo prometido, un celador discutía con un estudiante porque no le enseñaba su carné para poder ingresar a la institución y una secretaria pensaba en renunciar o no a su empleo, al enterarse de los malos manejos que su jefe daba a los dineros de la sociedad para la cual trabaja.

Uno de los policías encargados de que no invadieran los lotes abandonados, ignoraba el olor a cenizas que aún existía. Estaba sentado en medio adobe y la concentración en su celular era el anhelo de cualquier padre con un hijo que tiene déficit de atención; el Metro de Medellín pasaba cada 10 minutos (no era hora pico) y unos jóvenes terminaban de distribuir los equipos para jugar un partido de fútbol.

Un adolescente observaba la ciudad desde la parte más alta del nuevo mirador, mirador que dejó el incendio, ya que destruyó todas las casas que obstruían la vista; en la sala de velación de Villanueva ingresaba un nuevo muerto y un bus de Circular Coonatra no le paraba a una mujer que le puso la mano porque iba tarde e intentaba alcanzar al compañero que había pasado hace unos segundos por el mismo sector.

Después de posar para la foto, el niño volvió a su labor; en compañía de dos amigos más intentaban levantar unas tejas de cinc para poder sacar unos largueros de madera que estaban atorados entre el techo caído y los escombros que dejó el incendio. El universitario tomaba otro libro y hacía cálculos para poder comprarlo. Los estudiantes discutían sobre si subir o no la foto a las redes sociales porque no todos quedaron como querían y ya los niños y algunos adultos disfrutaban de la historia que contaba uno de los cuenteros de más trayectoria de la ciudad.

Quizá el niño – en compañía de sus amigos – aún esté intentando desatorar los largueros, la señora le esté contando cómo se dio el incendio a otro curioso, el policía siga concentrado en su teléfono, el adolescente siga disfrutando de la nueva vista, mientras que usted termina de leer esto.

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