'Mother', a imagen y semejanza

El rostro apenas enfocado de alguien de gesto inocente y adolorido arde envuelto en llamas mientras una lágrima escurre por su mejilla. Una roca misteriosa puesta por unas manos de hombre sobre una delicada base metálica reconstruye en fast forward una casa devastada por el fuego. Cada objeto, mueble, pared y ventana, parece volver a la vida con ese simple gesto.

La película Mother, de Darren Aronofsky, es un viaje a nuestras más profundas pesadillas. Cortesía

 El rostro apenas enfocado de alguien de gesto inocente y adolorido arde envuelto en llamas mientras una lágrima escurre por su mejilla. Una roca misteriosa puesta por unas manos de hombre sobre una delicada base metálica reconstruye en fast forward una casa devastada por el fuego. Cada objeto, mueble, pared y ventana, parece volver a la vida con ese simple gesto. En una de las habitaciones de la casa, yace una mujer que despierta en una cama matrimonial para buscar a su pareja. Ese es el extraño inicio de Mother!, la última película de Darren Aronofsky, el director de joyas tan disímiles como “El cisne negro”, “El luchador”, “Réquiem por un sueño” y “Pi”. La narración de este film abre un boquete en un Olimpo imaginario en el que nuestros Dioses, guías, modelos a seguir, son creados a imagen y semejanza de nuestras más profundas pesadillas, de esos rincones de nosotros mismos que no queremos que nadie conozca: la fragilidad de nuestros afectos, nuestra envidia, debilidad, odio, milenaria inseguridad y pobreza espiritual.

La historia transcurre dentro de la casa en la que Ella (Jennifer Lawrence) y Él (Javier Bardem) conviven en una tensa y silenciosa calma, en la que Ella juega el rol de una mujer complaciente que lo mima y adula mientras reconstruye con sus propias manos cada detalle de la hermosa casa que habitan. Él, entre tanto, se encierra en su escritorio largas horas para intentar escribir. Es un poeta de renombre que sufre de bloqueo de escritor. En el interior de la relación se siente el hastío de Él y ese temor sutil de Ella a ser abandonada. Esta rutina matrimonial es rota por la llegada de un hombre enigmático que asegura haber encontrado la casa por error. Esta presencia cambia el curso de la relación entre Él y Ella, dando inicio a una avalancha de historias y personajes que mezclan “El Ángel Exterminador” de Buñuel con La Biblia y todas las guerras.

Mother! Es un relato extraño y ambicioso. No es fácil de ver y tampoco de digerir, como cualquier película de terror. Aunque este es un terror nuevo: Terror a la incompetencia de Dios. La historia, que por momentos toma tintes de absurdo, recorre los lugares más oscuros de la humanidad, de la civilización, la religión y la cultura. Según el mismo Aronofsky, es una gran alegoría de lo mal que nos llevamos con la Tierra y como especie, depredándonos desde Adán, Eva y su ruidosa prole, Caín y Abel, que llegan a matarse en uno de los cuartos de la hermosa casa del Poeta-Dios.

La historia resulta asfixiante e incómoda. Está contada, no desde la grandilocuencia de Dios Omnipotente ni de su pobre pueblo lanzado al desierto, sino desde una Tierra humanizada, de carne y hueso, implicada en una relación codependiente con un Dios arrogante y vanidoso que es capaz de acabar con su propio hogar y su cocreadora a cambio de la lisonja desesperada de su “pueblo”, sus creaciones, un montón de gente inmadura, irrespetuosa y dependiente, incapaz de respetar si quiera lo más sagrado, creyéndose con derecho a tomar lo que no es suyo sólo por existir. Este relato parece el arquetipo del amor que vivimos en todas sus dimensiones: desde la carencia, el ego inflado o pisoteado, el apego. Este film nos retrata como una humanidad que ama de manera infantil y desconsiderada. Así como el Poeta-Dios ama a la Tierra. Sin amarla del todo, apenas encaprichándose con ella.

Paradójicamente, el único gran logro del Poeta es escribir un texto magnífico en el que narra su historia con Ella. Ese único momento de genuina comunión entre ambos desaparece cruelmente en una horda de locura surreal de personajes que se reproducen como células cancerígenas emanadas de esa pareja desequilibrada, de lo masculino y lo femenino en permanente desbalance, que tiende cíclicamente a malograrse. Y a volver a empezar de manera angustiosa y desesperanzada.  

Aronofsky abre con fuerza el mundo como una fruta vuelta al revés para mostrarnos, una vez más, su versión de la podredumbre. Si Dios nos ha hecho a su imagen y semejanza, en tal espejo nos estamos viendo. Esta película nos deshace como especie, como sociedad misógina, y como seres humanos. Una vez más, este director logra violentar a través de un relato con impecable factura, provocar, hacerse amar u odiar. No hay puntos medios posibles. Mi único consejo sería no verla con los ojos ni con el cerebro, sino con las vísceras.