Con Mozart en Bogotá

Las jornadas dedicadas al compositor austríaco revelaron que la ciudad siente su música de manera cercana. El crítico musical de “El País” recuerda su experiencia.

El concierto de la orquesta Juan N. Corpas, dirigida por María Camila Barbosa y conformada por músicos entre los 14 y 21 años. /Cortesía - Teatro Mayor

En Salzburgo no había forma de encontrar a Mozart la pasada Semana Santa. Ni una sola obra suya se había programado en el Festival de Pascua, esa cita emblemática creada en su ciudad natal por Herbert von Karajan. ¿Qué estaba pasando? Pues sencillamente que Mozart, como es habitual en estas fechas, se había tomado unas pequeñas vacaciones, y al reclamo de que en Colombia se había anunciado que “Bogotá es Mozart” se había ido para allá a ver qué era aquello. Y se encontró con 63 conciertos a él dedicados, nada menos que en 15 espacios diferentes, con 56 de ellos luciendo la palabra “agotado” en la venta de localidades. No sé si va a empezar a pensar en solicitar una doble nacionalidad, pero sí al menos en que esto es tan mágico como la flauta que dio título a una de sus óperas. En Salzburgo, mientras tanto, algunos nostálgicos le echaban de menos, pero los organizadores del Osterfestspiele lanzaban las campanas al vuelo haciendo balance de una edición gloriosa en la que habían incrementado sus ingresos 14,4% respecto a la edición anterior, vendiendo nada menos que 18.900 entradas, con un porcentaje de ocupación del 94,2%, algo que no se producía desde 2002. Qué cosas. Ya han anunciado al detalle la próxima edición y tampoco hay programada ninguna obra de Mozart. Allá ellos.

Los organizadores del Festival Internacional de Bogotá también están eufóricos, y no es para menos. Han manejado cifras de asistencia global por encima de los 50.000 espectadores, superando lo que habían conseguido hace dos años con Beethoven. Pero por encima de esos espectaculares números se han consolidado en una filosofía que contempla valores sociales, creación de nuevos públicos, asistentes de todas las edades, proyección democrática gracias a su política de precios populares y amplitud geográfica en un radio de 30 kilómetros. Convivencia entre estilos interpretativos de Europa y América. La diferencia de Bogotá con Salzburgo es abrumadora. Son dos manifestaciones en las antípodas. No es cuestión de inclinarse por una u otra, sino por una y otra. Cada una tiene su personalidad. En los dos casos, arrolladora.

Lo primero que sorprende del Festival de Bogotá es su dimensión humana. No hay protocolos innecesarios, la música se percibe con naturalidad. En esta edición, Mozart es uno más. Todos somos Mozart, artistas y espectadores. O, como se anuncia en la imaginativa publicidad, “Mozart nos une” o “Mozart despierta en Bogotá”. Qué bonito, qué estimulante, de verdad. Diecisiete conciertos son gratuitos, el resto tiene unos precios moderados, accesibles a una mayoría de la población. Así no es extraño que el gran protagonista del Festival sea el público, que responde con un comportamiento ejemplar en cuanto a concentración y entusiasmo. Es un público espontáneo que reacciona con espíritu festivo a las diferentes propuestas, que escucha con gran respeto y curiosidad, que unifica placer y conocimiento.

El contenido de la programación ha sido equilibrado y coherente, tanto en la selección de las obras como en la combinación de estilos interpretativos. El espectador se ha enriquecido sin dogmatismos, con un mosaico de sugerencias que han despertado una sensación de unidad en la diversidad. Desde la sonoridad ligera y elegante de la Camerata de Salzburgo al empuje vitalista del cuarteto Simón Bolívar; desde el virtuosismo de intérpretes como el pianista Lars Vogt, la violinista Isabelle Faust o el oboísta Lucas Macías Navarro, hasta la ilusión juvenil de la orquesta de cámara de la Fundación Universitaria Juan N. Corpas, con músicos entre 14 y 21 años; desde la sutileza del pianista austríaco Till Fellner a la fuerza arrolladora de La Mambanegra y Puerto Candelaria, con los ritmos propios de Cali y Medellín.

¿Un momento para el recuerdo? Uf, qué difícil. Pero por su impacto emocional, me inclino por el concierto de la orquesta Juan N. Corpas, dirigida por María Camila Barbosa, una bogotana de 20 añitos, en el auditorio del barrio de La Victoria, con un público rebosante de niños que siguió las obras de Mozart, Britten o el colombiano Jorge Pinzón con un silencio sepulcral, y reaccionó al final con un entusiasmo indescriptible. ¿Un milagro? Pues sí y no. En todo caso, una muestra privilegiada del espíritu abierto y desenfadado de un festival ejemplar. Ah, en un rincón de la sala, de riguroso incógnito, nos pareció ver a Mozart. Estaba verdaderamente exultante.

 

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