La muerte y el olvido

El poeta sevillano, uno de los más importantes de la España del siglo XX, falleció en Ciudad de México 50 años atrás.

Luis Cernuda Bidón hizo parte de la llamada Generación del 27. / ABCdesevilla.es (23/04/2013)

Sabido es que Luis Cernuda, de quien conmemoramos en estos días el cincuentenario de su fallecimiento, rotuló su poesía bajo el título general La realidad y el deseo. Después de haberme metido entre pecho y espalda la relectura completa de su obra poética, una de las más granadas y personales de la llamada Generación (española) del 27, se me hace que también hubiera podido titularla como yo mi artículo: “La muerte y el olvido”.

Pensemos por ejemplo en este poema que es una declaración de amor sin contemplaciones ni con el amado ni con él mismo, y que se titula Te quiero: “Te quiero. // Te lo he dicho con el viento / jugueteando tal un animalillo en la arena / o iracundo como órgano tempestuoso; // te lo he dicho con el sol, / que dora desnudos cuerpos juveniles / y sonríe en todas las cosas inocentes; // te lo he dicho con las nubes, / frentes melancólicas que sostienen el cielo, / tristezas fugitivas; // te lo he dicho con las plantas, / leves caricias transparentes / que se cubren de rubor repentino; // te lo he dicho con el agua, / vida luminosa que vela un fondo de sombra; / te lo he dicho con el miedo, // te lo he dicho con la alegría, / con el hastío, con las terribles palabras. / Pero así no me basta; / más allá de la vida / quiero decírtelo con la muerte, / más allá del amor / quiero decírtelo con el olvido”.

Y en el libro emblemático, Donde habite el olvido, el poema No es el amor quien muere: “No es el amor quien muere, / somos nosotros mismos. // Inocencia primera / abolida en deseo, / olvido de sí mismo en otro olvido, / ramas entrelazadas, / ¿por qué vivir si desaparecéis un día? // Sólo vive quien mira / siempre ante sí los ojos de su aurora, / sólo vive quien besa / aquel cuerpo de ángel que el amor levantara. // Fantasmas de la pena, / a lo lejos, los otros, / los que ese amor perdieron, / como un recuerdo en sueños, / recorriendo las tumbas / otro vacío estrechan. // Por allá van y gimen, / muertos en pie, vidas tras de la piedra, / golpeando la impotencia, / arañando la sombra / con inútil ternura. // No, no es el amor quien muere”.

Del libro Vivir sin estar viviendo, sólo una breve cita: “Si morir fuera esto, / un recordar tranquilo de la vida, / un contemplar sereno de las cosas, / cuán dichosa la muerte”. Y del libro Con las horas contadas, también una sola cita, aún más breve que la otra, y dice nada menos que esto: “El destierro y la muerte / para mí están adonde / no estés tú”.

Pero, eso sí, quiero abandonar por un momento el melancólico paisaje de la muerte para citar uno de los pocos poemas llenos de buen humor que tiene Cernuda, y es un soneto compuesto como lejana réplica al famoso de Lope de Vega, aquél de “Un soneto me manda hacer Violante / que en mi vida me he visto en tal aprieto; / catorce versos dicen que es soneto; / burla burlando van los tres delante”, es decir, ese soneto que se autoconstruye y es una perla que brilla en su comedia La niña de plata. Pues bien, el de Cernuda se titula Divertimento, es un diálogo del poeta con el soneto mismo, y dice así:

“‘Asísteme en tu honor, oh tú, soneto’. / ‘Aquí estoy. ¿Qué me quieres?’. ‘Escribirte’. / ‘Ello propuesto así, debo decirte / que no me gusta tu primer cuarteto’. / ‘No pido tu opinión, sí tu secreto’ / ‘Mi secreto es a voces: advertirte / le cumple a estrofa nueva el asistirte. / Ya me basta de lejos tu respeto’. / ‘Entonces...’. ‘Era entonces. Ahora cesa. / Rima y razón, color y olor tal rosa, / tuve un día con Góngora y Quevedo’. / ‘Mas Mallarmé...’. ‘Retórica francesa. / En plagio nazco hoy, muero en remedo. / No me escribas, poeta, y calla en prosa’”.

El libro Desolación de la quimera es el undécimo y último del corpus lírico que Cernuda rotuló como La realidad y el deseo, en el cual confluye y se concentra la obra de su vida. En él hay muchas referencias a la muerte, no en vano el poeta ya ha cumplido los sesenta años, y en los años 60 con sesenta años se era mucho más viejo de lo que se es ahora, y la esperanza de vida no era tan alta como lo es hoy.

Así, en el poema que le dedica a Mozart, podemos leer: “Cuando vivió, (...) Mozart entretenía, como siempre ocurre. (...) Cuando murió, supieron todos: / Cómo admiran las gentes al genio una vez muerto. // En cualquier urbe oscura, donde amortaja el humo / al sueño de un vivir urdido en la costumbre / y el trabajo no da libertad ni esperanza, / aún queda la sala del concierto”.

Y si no fuera porque figura en este sentido poema dedicado a Mozart, se diría que es un irónico guiño pensando en Casablanca: “Siempre nos quedará París”.

Amén de La realidad y el deseo, nos quedan de Cernuda varios poemas inéditos, entre ellos una entrañable Elegía. A Federico (García Lorca), que se inicia así: “Cuánta muerte, Federico, cuánta muerte”. Y además, este ars poetica inigualablemente personal: “La poesía para mí es estar junto a quien amo. Bien sé que esto es una limitación. Pero limitación por limitación esa es después de todo la más aceptable”.

Finalmente, cierro el repaso a su obra lírica en verso con este que sobrecoge el ánimo al leerlo, porque sabemos que habla de sí mismo: “Sujeto quedo aún más que otros / al viento del olvido que, cuando sopla, mata”. Pero en verdad es algo que desdice lo que afirmó años antes en el poema Noche del hombre y su demonio, del libro Como quien espera el alba, allí donde dejó escrito: “Y mi voz no escuchada, o apenas escuchada, / ha de sonar aún cuando yo muera”.

Pues bien, hace poco más de un mes, el 22 de septiembre, en esa misma Ciudad de México donde falleció Cernuda, murió también otro altísimo poeta, Álvaro Mutis, y él, en uno de sus preciosos textos en prosa, titulado La compañía de Proust, nos confesó lo siguiente:

“Con el paso de los años asistimos a una liquidación inexorable de amistades y entusiasmos, a un necesario decantamiento de lecturas e incursiones por la música y la pintura. Es como si el solitario silencio de nuestra vejez sólo pudiera ser frecuentado por voces que aludan exclusivamente a lo que Proust llamaba ‘la vida, la única vida, la vida verdaderamente vivida’. Con referencia a las lecturas sé decir que a mi lado sólo quedan ya, para siempre, la presencia de Proust, el delgado y hondo lamento de Cernuda, la melancólica derrota de Conrad y la dorada vetustez de los hechos de Bizancio. Del resto, del ávido buscar lo nuevo, la voz inesperada, la revelación que cambiaría nuestra vida, sólo queda ya un vasto hastío inapelable”.

“El delgado y hondo lamento de Cernuda”. ¡Qué bien visto, qué bien dicho! Tanto que no puedo imaginar un epitafio mejor para este grande del que conmemoramos el 50º aniversario de su muerte: “Y mi voz no escuchada, o apenas escuchada, / ha de sonar aún cuando yo muera”. Claro que sí, don Luis. Aquí estamos para certificarlo.

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