Murió un pionero del rap

Tyrone González Oramas, más conocido como Canserbero, nació en Caracas y para el rap latinoamericano era uno de los grandes.

Canserbero (1988-2015). / Tomada de la página del artista en Flickr

Sabemos que se suicidó, luego de apuñalar y asesinar al bajista de la banda de reggae Zion TPL, Carlos Molnar, pero más allá de la sangre y los hechos, Canserbero fue la voz de una generación —junto a Lary Rada y Ramsés Meneses, entre otros— que no se quedó callada ante lo que ocurre día tras día en Venezuela. Uno de los pocos que levantaron la voz en medio de humanos somnolientos en perpetuo silencio. Sus letras comenzaron como un juego de niño herido por los barrios de Maracay, donde encontró a otros pequeños que compartían su afición, y con un grito unísono conformaron, sin saberlo, el rap conciencia, subgénero del rap que rechaza a todas voces la violencia. Canserbero dejó de ser niño y se convirtió en pionero.

Les mostró a los artistas de la escena urbana en Latinoamérica que había otra forma de diseminar rimas, ideas, sueños, entregándole a internet de manera gratuita sus trabajos musicales. Para ese entonces, Canserbero, esa otra persona que vivía dentro de Tyrone, se había aferrado a sus letras para no irse nunca más. Su madurez artística lo llevó a inclinarse a corrientes mucho más oscuras, como el hard rock y el hip-hop de los 90. El artista se debatía entre discusiones psicológicas de la vida y la muerte. Todo eso lo expulsó en sus trabajos discográficos Vida (2010) y Muerte (2012). A mucha gente no le gustó. No había necesidad, Canserbero ya era inmortal.

“Me gusta leer, salgo muy poco últimamente, trato de estar con los panas y se puede decir que soy aburrido”, dijo en una de sus últimas entrevistas, y, a manera de súplica, en su canción De Venezuela (2014) nos exige: “No se asusten si no me reconocen, si mi gesto es diferente o si mi voz varía. No estoy poseído, ni estoy loco, ni oigo voces. Júzguenme por mi discurso que no desvaría”.

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