Música antigua: entre dualidades

Reseña de la presentación del Ensamble Música Antigua para Nuestro Tiempo ofrecida en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, en el marco de la Temporada Nacional de Conciertos 2017 del Banco de la República.

El Ensamble Música Antigua para Nuestro Tiempo realizó una puesta en escena interesante en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango.Gabriel Rojas © Banco de la República

Recrear la música de épocas tan anteriores como el Renacimiento y la Edad Media representa un verdadero reto: trascender las dificultades técnicas, cuestionar constantemente aquello que se da por hecho y más importante aún, darle un nuevo significado. En este afán, los grupos profesionales que trabajan este repertorio suelen hacerlo con lo que se ha llamado “interpretación históricamente informada” asegurándose de respetar la fidelidad de las fuentes. Este es el caso del Ensamble Musica Antigua para Nuestro Tiempo, dirigido por el colombiano Federico Sepúlveda  que se presentó en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango.

En todo aspecto se sintió el deseo de representar fielmente el material sonoro pero, además, de ir más allá con una propuesta escénica original. Esto lo demostró el uso de la reproducción de un manuscrito situado en el escenario y de un tamaño lo suficientemente grande como para poder ser apreciado desde cualquier parte de la sala. Junto con él, dos atriles con reproducciones de manuscritos más pequeños. Aunque anunciadas en el programa como canto llano, las piezas del propio (introito, gradual, alleluia, ofertorio y comunión) incluyeron, además de la monodia, secciones de polifonía, ejemplificando algunas formas de improvisación del siglo XV –una vez más justificados en el afán de ser fieles a las prácticas de la época. Esto me lleva a pensar en una primera dualidad de la interpretación: ¿improvisación o lectura exacta del manuscrito? ¿Cuánta libertad tiene el intérprete frente a un repertorio antiguo? Por esto es tan importante la “interpretación históricamente informada” que brinda un marco teórico serio para sustentar estas decisiones. La segunda dualidad fue el hecho de unir una misa votiva por la paz con una misa llamada El hombre armado. Acerca de esto Daniela Peña nos presentó un interesante análisis en sus notas al programa.

Aunque Peña asegura que «el programa que se propone no está constituido de manera convencional ni pretende realizar una reconstrucción litúrgica». Lo cierto es que el orden litúrgico de una misa estaba respetado. Ahora bien, es cierto que no todas las obras pertenecen al mismo autor, pero la unidad en este caso estaba dada por el tema musical del L’homme armé y por la Missa pro pace. En ese contexto, la ensalada La Justa de Mateo Flecha ‘El viejo’ interpretada después del ofertorio rompió esa unidad. Aunque es una hermosa obra, larga y difícil con aspectos muy interesantes para la interpretación como el uso de onomatopeyas, la mezcla de lo sacro y lo profano, de lengua vernácula y latín e interpretada por lo demás con maestría fue a mi gusto, una obra que no tenía razón de ser en este programa.

Un aspecto interesante y novedoso del concierto fue el de la puesta en escena. No solo por la presencia de las reproducciones de los manuscritos sino por los diferentes movimientos en el escenario. Por ejemplo, la posición de los artistas dando la espalda al público leyendo todos del manuscrito grande, o de un solo manuscrito en dirección al público, incluso sentados frente a una mesa. Entendí que la idea era mostrar las diferentes formas de interpretación de la época, por ejemplo, cuando todos los cantantes se reunían alrededor de un facistol —gran atril de dos o cuatro lados empleado en las iglesias para el uso de los cantantes. Ante este hecho lo que  deploré fue el exceso de cambios escénicos que generaban distracción y desorden rompiendo la unidad que sugería el programa. Solo el hecho de leer del gran manuscrito, aunque de espaldas al público cumplía la función de mostrar esas formas de interpretación. Este elemento teatral era en si suficiente.

En el momento de hacer entrar al escenario la mesa y cuatro sillas, subió a hablar Juan Díaz de Corcuera, exalumno de la Schola Cantorum Basiliensis y especialista en interpretación histórica leyendo un texto y acompañándolo de una explicación sobre la notación, la improvisación, la escritura, las fuentes y nombrando el Festival de Música Sacra de Bogotá. Intervención interesante, pertinente, pero demasiado larga, rompiendo una vez más la continuidad del concierto.

En resumen, el concierto fue muy bueno en cuanto a lo musical se refiere, excelentes cantantes, voces balanceadas, interpretación precisa y respetuosa de la escritura. Un verdadero trabajo de investigación cuidando cada detalle: la pronunciación del latín, el orden litúrgico, la improvisación, la distribución de las voces y en algunos casos la interpretación del canto llano. Un verdadero deseo de comunicar y explicar esta música al público para quien algunas explicaciones son fundamentales, pero demasiados cambios escénicos y demasiadas palabras contribuyen a dar la sensación de que estamos ante un sujeto demasiado complejo y en vez de simplificar el tema o de acercar al público, se le aleja. Considero que en ocasiones más es menos. Un concierto de dualidades, de belleza plástica y escénica. Una mención especial para la dirección de Sepúlveda, como siempre tan humana y comunicativa.

*Maestra en música con énfasis en música antigua.

 

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