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hace 2 horas

Música, esa misión divina

El sacerdote Piotr Nawrot nació en Polonia, pero desde hace varias décadas está radicado en América explorando los sonidos de las misiones jesuíticas en Paraguay y Bolivia.

El padre Piotr Nawrot siente que su labor en la liturgia y sus vocaciones de musicólogo van de la mano. / Fotos: Archivo particular

Para el padre Piotr Nawrot no hay fronteras que separen el sacerdocio de su pasión musical. La liturgia católica siempre ha empleado el arte musical dentro de su culto y tal vez esa fue una de las motivaciones principales para que optara por la vida al servicio de Dios. Mientras se preparaba para el ejercicio religioso, supo que para la Iglesia la música es el tesoro más importante, por encima de los bienes arquitectónicos o las piezas de arte visual.

El padre Nawrot nació en Poznan, Polonia, en 1955. Desde muy pequeño se inscribió en el coro de niños de su ciudad natal y allí empezó a desarrollar su faceta como cantante, en principio ubicado en el registro de contratenor, pero después, cuando la voz le cambió, especializado en los roles asignados a los tenores. Adquirió la disciplina necesaria para abordar piezas clásicas y del Barroco con total convicción. En 1974 ingresó a los Misioneros del Verbo Divino y seis años después completó sus estudios de teología y sociología en la Universidad Católica de Lublin (Polonia).

Su etapa de formación estaba completa, pero le faltaba encontrar una iniciativa genuina y especial que lo impulsara a levantarse todas las mañanas. Explorando en sus dos saberes, el culto religioso y la música, encontró algo que lograba sintonizar ambas devociones y que además le otorgaba la posibilidad de entrar en contacto con seres humanos de diversos rincones del mundo, unidos por la pasión por el arte sonoro sin tener conocimientos técnicos ni especializados.

“Durante mi período con los Misioneros del Verbo Divino y más adelante, con la ordenación al sacerdocio, recibí el primer destino, que fue trabajar en Paraguay. En ese contexto conocí las antiguas reducciones de los jesuitas y a partir de ahí las he explorado. Desde muy temprano me he dedicado a la música como parte del universo, de la arquitectura, de la pintura y de la escultura. Por eso la he estudiado a partir del siglo XVIII y con esos análisis establecí las diferencias entre países como Paraguay y Bolivia en la materia”, cuenta el padre Nawrot, quien llegó a América a comienzos de la década de 1980.

Además de los diversos estudios, el sacerdote también aprendió a tocar clarinete, órgano y piano para enfrentarse a exigentes partituras del Barroco y de la época clásica. Más adelante apareció en su camino el jazz, y gracias al género de las síncopas empezó a valorar la libertad de la improvisación en la música. Con el panorama sonoro ampliado se dio a la tarea de escribir, reflexionar y contar historias a partir de los procesos artísticos de las distintas comunidades.

El padre Piotr Nawrot también vivió y estudió en Estados Unidos. En 1985 ingresó en las universidades Georgetown y Católica de Washington para completar sus estudios de música litúrgica. Durante esa época supo, por cosas del destino, que los indígenas en Bolivia tienen guardados los manuscritos de las misiones de los jesuitas y se interesó por conocer de primera mano estas colecciones. Se topó entonces con un material muy rico que lo motivó a escribir un libro sobre comunidades indígenas como los chiquitos, ubicados en el departamento de Santa Cruz. Así que en 1988 tomó la decisión de radicarse en Bolivia y asumió esta misión como el objetivo primordial en su vida.

“En Bolivia identifiqué que la música de las misiones jesuíticas es distintiva. No es la misma de las que se escuchaban en las catedrales españolas en América en esos tiempos. La hace diferente el uso de las lenguas nativas, sobre todo entre los indios chiquitos y los indios mojos. En ese país, las conexiones musicales se han dado de manera muy fluida y lo primero que las distingue es el lenguaje. Otro elemento importante es que, aunque se tratara de compositores europeos, las obras llegaron a América a recibir arreglos a cargo de los músicos e intérpretes de las diversas comunidades indígenas, y eso las hacía diferentes”, cuenta el padre Nawrot, uno de los invitados especiales a la 94ª edición del Congreso de la Sociedad Internacional para las Artes Escénicas (ISPA), que se realiza en Colombia desde el 7 de abril y se extiende hasta el sábado 12 del mismo mes.

A lo largo de más de dos décadas dedicadas al tema, el padre pudo establecer que en las misiones todos los instrumentos fueron creados por los indígenas y pueden tener las mismas medidas de los instrumentos europeos, sólo que en lugar de emplear maderas foráneas se fabrican a partir de elementos americanos. Por eso es fácil encontrar al lado de violines, violas y contrabajos, instrumentos propios de los indígenas, como las flautas.

“Las voces indígenas son bien distintas a las que uno se puede encontrar en Europa. La música no es como la arquitectura o la pintura, que son artes terminadas, porque se va creando en el momento y en el espacio. Un artista no puede tocar dos veces de la misma forma. Esa es otra diferencia, y en las misiones jesuíticas en América sí que se pueden encontrar las conexiones entre los mundos”, relata el padre Piotr Nawrot, quien ha publicado varios trabajos editoriales sobre los elementos sonoros propios de las misiones de los jesuitas en esta parte del continente.

La música, para el padre Piotr Nawrot, ha sido su mejor misión, y lo dice con buen volumen.

 

 

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