Música para Capote

En 1980, Truman Capote escribió una de sus obras más importantes: Música para camaleones, donde demuestra que es un maestro de la hibridación entre la ficción y la realidad.

Truman Capote, uno de los escritores más polémicos de Estados Unidos en los años 60, autor de A sangre fría y Música para camaleones. Cortesía Infobae

Quienes lo conocieron dicen que era gracioso, simpático y que, de sus múltiples vicios (alcohol, cocaína, Valium, hacerse amigo de criminales, etc.), escuchar a la gente era el que mejor le favorecía. Podía ser pedante y soberbio, “nunca ha existido nadie como yo, ni nunca existirá. Dios sabe que es cierto”, le dijo a su biógrafo semanas antes de morir (1984). A mí se me hace que su voz chillona y gangosa y su baja estatura atenuaban un poco la cosa. (Y ojo que no estoy queriendo disminuir la magnitud de los pequeños (y conste que fue Capote quien dijo que los Kennedy lo tenían chiquito), es solo que escuchar sus vociferaciones de grandeza eran como ver a un rabioso frespuder; ofensivo, sí, pero daban ganas de tomarlo en brazos).

Capote se creía más que un genio, lo decía sin pudor y los lectores le aplaudían. Típico en los brillantes, solo que a diferencia de otros que murieron en la inopia, el tiempo reconoció su talento. Lo cual implicó fama, dinero, locura; cosas que quería. Pero fue todo un camaleón: podía ser festivo y a la vez el más deprimente; podía ser amigo de celebridades y también de los criminales más temidos; podía tejer relatos en los que sobresalía la historia y no el narrador de la misma, así como otras donde sobresalía él y no la historia; podía ser sincero, decía ser lector consumado de Agatha Christie, y celoso, no soportaba el machismo de Hemingway y la idea de que Norman Mailer hubiera escrito “La canción del verdugo” en pocos meses. “Yo tardé siete años en construir “A sangre fría”. Norman me plagió”. (Y si me preguntan diría que había algo de resentimiento; la novela de Miller me parece esplendorosa).

Perteneció a la high class hollywoodiense, pero cuando la revista Esquire sacó a la luz pública los apartes de “Plegarias atendidas”, novela que no terminó y en la que retrataba la decadencia de ese mundillo de apariencias y víboras, fue expulsado. Para ese entonces ya había escrito el libro que lo pondría como el gran representante de la non fitcion, y que lo hizo millonario. Pero fue en 1980 cuando el Truman más maduro y certero escribiría una de sus obras más importantes: Música para camaleones.

En este Capote demuestra que es un maestro de la hibridación entre la ficción y la realidad. En 14 relatos, o 13 para ser precisos porque el último es una oda al narcisismo magistralmente compuesta, el hijo de New Orleans recordó que un genio en decadencia no deja de ser un genio (venía en caída antes de libro), y que cuando se le venía en gana podía construir historias irradiantes por su simpleza.

De todas ellas, valdría la pena resaltar Una luz en una ventana, porque en pocas páginas el narrador logra transmitir al lector el peso más obsesivo de la soledad de una persona que vive en un bosque; Deslumbramiento, porque nos evoca a esos impulsos de la niñez y ese afán por desembarazar los sentimientos; Ataúdes tallados a mano, porque destaca sus cualidades más potentes: observación, paciencia, intuición, detalle, estilo, y su pasión por casos no resueltos; Un día de trabajo, porque es un retrato de una outsider sin moralejas ni fábulas y una contraparte a Una hermosa criatura, en la cual refleja una faceta para aquel entonces no muy conocida de una celebridad que le importaba mucho lo que pensaran de ella: Marilyn Monroe; y para no ampliar mucho el texto, Vueltas nocturnas o cómo practican la sexualidad los gemelos siameses,  la cereza de ese potentísimo libro, en la que Capote habla con Capote en un acto de narcisismo (lo dije arriba) pero también de sinceridad. El Truman más satírico, cáustico y altivo emerge de manera nítida y placentera para el lector. De este último texto saldría su más abusada y replicada boutade: “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”.

Dime de qué presumes y de diré de qué careces, podría pensar alguien. A mí más que genio me parece un esculpidor. Un individuo que supo cómo hacer de las palabras un arma y, sobre todo, un instrumento para cumplir sus propósitos: fortuna y fama. 

Pero él lo sabía: “Cuando Dios te da un don, también te da un látigo, y el látigo es únicamente para autoflagelarse”. Y es que se presume que ese regalo de la literatura norteamericana murió por sobredosis.

 

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