Fantasmas sobre cinta magnética (Cuentos de sábado en la tarde)

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Son las 9:10 de la noche. Cuando prendo el carro, la penumbra es tal que sólo veo los instrumentos del tablero y lo que los faros iluminan delante. La luna quiere asomarse desde el oriente, pero no alcanza a coronar la cima del cerro que se levanta vertiginosamente sobre la casa.

La luz que emite es demasiado tímida, demasiado tenue. Apenas logra dibujar la silueta del monte en un azul profundo que contrasta con otro, casi negro. Lástima. Aquí, la luna por fin podría ser reina y señora del cielo nocturno.

Las noches fuera de la ciudad son especialmente oscuras. Se disipan las luces de los edificios, de los carros y del alumbrado público. Para mí, tanto mejor. Nunca me gustó el color cobre que emiten los bombillos de los postes de luz. Ese fulgor metálico corroe los colores de las cosas, y le pone un sombrero sepia horrible a las ciudades. Desde aquí, apenas a cuarenta minutos de Bogotá, se ve esa aura pálida y nefasta que borra las estrellas y el azul oscuro del cielo. Parece un incendio impecable. Una conflagración que no emite humo y se antoja inerte, inofensiva. Es el fuego de la modernidad que derrite a las personas y quema lentamente al mundo sin que ellas se percaten lo suficiente para importarles. Un miasma inmundo de sodio, tungsteno y gases inertes. Lo más cercano a la oscuridad en su ausencia.

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A medida que el motor del carro coge temperatura, la capa de condensación gélida que opaca los vidrios se desdibuja. Miro hacia la casa. Se oye un rumor de música guapachosa, vulgar, y los alaridos casi paganos de mis amigos. Los encontré hace dos días sudando etílico y nicotina y los dejo en igual estado. Irme es casi un alivio. Siempre me costó seguirle el ritmo a ese ciclo vacacional de hedonismo que se vive en las fincas de las afueras de Bogotá. Hoy, con una cirugía de rodilla que me tiene a merced de un par de muletas, y con el ánimo de vivir desportillado, me cuesta todavía más. Vine por el silencio y me voy por el ruido. Los vidrios recuperan su transparencia y echo a andar el carro.

Los primeros cuatro o cinco kilómetros del camino son un destapado terrible. La carretera baja del pie de la montaña como serpiente. Cuando el terreno se nivela, la trocha está metida entre dos filas de pinos. La luz tenue de la luna apenas deja ver la silueta de los árboles, y se cuela por entre los troncos. En el equipo de sonido suena una música lúgubre, lenta y espectral. Cuadra tanto con el escenario, que las notas del piano, separadas y sostenidas, parecen estar en sincronía con el movimiento de las ramas de los pinos con el viento. Detrás, un ruido blanco. El eterno crujido de los discos viejos de acetato. Esos de 78 revoluciones que tocados en un tornamesa moderno suenan como los quejidos lúgubres, dolorosamente lentos de los fantasmas que no lograron sobrevivir hasta el presente.

El estado maltrecho de la carretera me obliga a andar lento, en un slalom constante para esquivar huecos y piedras grandes. Manejo con cierta parsimonia y me permito auscultar el penumbroso paisaje. Le bajo el volumen a la música para escuchar el susurro de las ramas con el viento. Bajo la ventana un poco y entra un aroma denso a hojas caídas y tierra mojada. Las hojas de los pinos, negras por la falta de luz, crujen a la par del murmullo espectral de la música. Son las 9:35, y apenas he avanzado unos tres kilómetros.

Todo parece muy decimonónico. La penumbra. Mi parsimonia. Los ruidos de los árboles. La música, que escogí precisamente para el viaje, exacerba la melancolía nostálgica de un paisaje oscuro, silencioso y que parece estar en un letargo foráneo para el siglo XXI. ¿Qué habría por acá en 1850? ¿Qué tan lejos estaría de Bogotá? ¿Por qué siento que aquí están los fantasmas del siglo XIX? ¿Por qué me hablan a través de la música?

No tengo mucho tiempo para seguir pensando en esa esencia de antaño que me absorbió en la carretera destapada. Acabo sin saber si la percibí o me la inventé. Una parte de mí quiere devolverse. Repetir el trayecto. Apagar las luces del carro y quedarme ahí en la mitad de la nada, sin las luces de los instrumentos ni el destello blanco de los faros delanteros.

Llego a la vía principal. Muy a mi pesar, el pavimento está maltratado y bordeado por postes de luz. No puedo acelerar ni encontrar refugio en la oscuridad. El cobre infinito demarca una carretera que serpentea hasta donde ve el ojo. Hay dos carros adelante, otro atrás. Falta otro tramo importante antes de llegar al pueblo, donde el camino se diverge. Un lado hacia el centro de Cajicá, el otro hacia Chía, por la variante de tres carriles que grita progreso y siglo XXI. No quiero llegar allí. Me quiero quedar con los fantasmas.

Unos dos kilómetros adelante, el pavimento se allana. Se antoja ahora como un lazo suave de asfalto. Le quito el control de tracción al carro, y acelero un poco. Pero no cambio la música. Son las 10:05. Todo está como muerto a ambos lados de la carretera. Los árboles inmóviles detrás de las paredes de concreto que separan las propiedades de la calle. La ausencia de gente. De carros. Todo bañado por el fulgor pálido del alumbrado, que esteriliza. Que mata. Sigo sintiendo esos fantasmas decimonónicos. Acaso estén dentro del carro.

Llego finalmente a la variante de Chía. El alumbrado acá es más moderno; es blanco y hace que el panorama conserve sus colores naturales. La sepia que crean esos postes obsoletos se desaparece. Bogotá está cerca. Esa Bogotá de ahora, cosmopolita y con aspiraciones de ciudad adulta.

De aquí en adelante, el camino es insípido y en exceso familiar. La Autopista Norte. La Carrera Séptima. La 127. El edificio donde vivo. No sé por qué me siento tan extranjero en el presente. En la época que me tocó. No sé por qué me gusta más estar en destapados oscuros, rodeados de pinos y de luz de luna, sintiéndome como si estuviera en el siglo XIX. No sé por qué creo que sé cómo me sentiría en esa Bogotá extinta y ahogada de la que tanto hablo.

Son las 10:35. Parqueo el carro en el garaje del edificio, casi sin quererlo. Me bajo, sin saber muy bien si dejé a esos fantasmas en Cajicá. Si se vinieron hasta acá y se bajaron detrás o se quedaron en el carro. Si eran parte de la música. No sé.

Cuando apago el carro, la luz es tal que parece de día. Se ve todo. Más de lo que yo quisiera.

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