Nabokov según Sartre

El desarraigo del señor Nabokov, como el de Hermann Carlovich, es total. No les preocupa sociedad alguna, ni siquiera para rebelarse contra ella, porque no pertenecen a sociedad alguna.

Vladimir Nabokov, quien tuvo varios desencuentros intelectuales con Jean Paul Sartre y escribió un libro sobre él, titulado Opiniones contundentes. Cortesía

Un día, en Praga, Hermann Carlovich se encuentra cara cara con un vagabundo “que se le parece como un hermano”. Desde ese momento le obsede el recuerdo de ese parecido extraordinario y la tentación creciente de utilizarlo; parece consderar como un deber no dejar ese prodigio en el estado de monstruosidad natural y sentir la necesidad de apropiárselo de alguna manera; sufre, en cierto modo, el vértigo de la obra de arte maestra. Adivináis que terminará matando a su sosías y haciéndose pasar por el muerto. Diréis que se trata de oro crimen perfecto. Sí, pero éste es de una especie particular, porque el parecido en el que se funda es tal vez una ilusión. En fin de cuentas, una vez realizado el asesinato, Hermann Carlovich no está seguro de no haberse engañado. Se trata quizá de una “equivocación”, de uno de esos parentescos fantasmas que advertimos en los días de cansancio, en los rostros de los transeúntes. Así el crimen se destruye a sí mismo, igual que la novela. 

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Me parece que este encarnizamiento en criticarse y destruirse caracteriza bastante la manera del señor Nabokov. Este autor tiene mucho talento, pero es un hijo de ancianos. Yo no incrimino al decir esto sino a sus padres espirituales, y singularmente a Dostoievsky: el protagonista de esta extraña novela-aborto se parece, más que a su sosía Félix, a los personajes de El adolescente, El eterno marido, Memorias escritas en un subterráneo, a esos maníacos inteligentes y rígidos, siempre dignos y siempre humillados, que forcejean en el infierno del razonamiento, se burlan de todo y se esfuerzan sin cesar por justificarse y cuyas confesiones orgullosas y falsificadas dejan ver entre sus mallas demasiado flojas un desorden irremediable. Sólo que Dostoievsky creía en sus personajes y el señor Nabokov no cree en los suyos, ni por lo demás en el arte novelesco. No oculta que recurre a los procedimientos de Dostoievsky, pero, al mismo tiempo, los ridiculiza, los presenta en el curso mismo del relato como estarcidos anticuados e indispensables: “¿Sucedió esto así verdaderamente?... Hay en nuestra conversación algo un poco excesivamente literario, que sabe a esas conversaciones angustiosas en las tabernas ficticias en las que se encuentra a gusto Dostoievsky; un poco más y oiríamos ese cuchicheo sibilante de la humildad fingida, esa respiración jadeante, esas repeticiones de adverbios mágicos… y luego vendría también el resto, todo el aparato místico caro al autor famoso de esas novelas policiales rusas” (1). En la novela, como en cualquier oro lugar, hay que distinguir un tiempo en que se fabrican herramientas y un tiempo en que se reflexiona sobre las herramientas fabricadas. El señor Nabokov es un autor del segundo período; se coloca deliberadamente en el plano de la reflexión; nunca escribe sin verse escribir, como otros se oyen hablar, y lo que le interesa casi únicamente son las sutiles decepciones de su conciencia reflexiva: “Yo observaba –dice- que no pensaba en modo alguno en lo que pensaba que pensaba; trataba de aprehender el instante en que mi conciencia levaba el ancla, pero me embrolla a mí mismo” (2). Este pasaje que describe finamente el paso de la vigilia al sueño, da cuenta con bastante claridad de lo que le preocupa ante todo al protagonista y al autor de La Méprise. De ello resulta una obra curiosa, novela de la autocrítica y autocrítica de la novela. Se recordará Les faux-monnayeurs. Pero en Gide el crítico era también un experimentador: ensayaba procedimientos nuevos para comprobar sus resultados. Nabokov (¿es timidez o escepticismo?) se guarda muy bien de inventar una técnica nueva. Se burla de los artificios de la novela clásica, pero al final no utiliza otros, a riego de cercenar bruscamente una descripción o un diálogo diciéndonos más o menso “Me detengo para no caer en los estarcidos”. Bueno, ¿pero cuál es el resultado? Ante todo una impresión de malestar. Se piensa al cerrar el libro: he aquí mucho ruido para nada. Además, si el señor Nabokov es tan superior a las novelas que escribe, ¿por qué las escribe? Se juraría que es por masoquismo, para tener el placer de sorprenderse en delito flagrante de truco. En fin, admito que el señor Nabokov haga bien escamotear las grandes escenas novelescas, ¿pero qué nos da en su lugar? Charlas preparatorias –y, cuando estamos debidamente preparados, nada sucede?-, cuadritos excelentes, retratos encantadores, ensayos literarios. ¿Dónde está la novela? Se ha disuelto en su propio veneno; es lo que yo llamo literatura sabia. El protagonista de su Méprise nos confiesa: “Desde fines de 1914 hasta mediados de 1919 leí exactamente mil dieciocho libros”. Temo que el señor Nabokov, como su personaje, haya leído demasiado.

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Pero veo otro parecido más entre el autor y su personaje: ambos son víctimas de la guerra y de la emigración. Es cierto que Dostoievsky no carece actualmente de descendientes jadeantes y cínicos, más inteligentes que sus antepasados. Pienso sobre todo en el escritor soviético Olecha. Sólo el individualismo disimulado de Olecha le impide formar parte de la sociedad soviética. Tiene raíces. Pero al presente existe una curiosa literatura de emigrados rusos o de otros países que están desarraigados. El desarraigo del señor Nabokov, como el de Hermann Carlovich, es total. No les preocupa sociedad alguna, ni siquiera para rebelarse contra ella, porque no pertenecen a sociedad alguna. Carlovich se ve obligado, por consiguiente, a cometer crímenes perfectos y el señor Nabokov a tratar en idioma inglés temas gratuitos. 

***

Traducción de Luis Echávarri  

El hombre y las cosas. Buenos Aires. Editorial Losada. 1968. Págs. 44-46. 

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