Narrar el sur de Bacatá

Las cosas –esos compañeros silenciosos de la vida diaria–, según Borges, durarán más que nosotros, no sabrán que nos hemos ido. De una certeza partió Giovanni Clavijo Castillo para escribir la novela breve Oficina de objetos perdidos, publicada por Planeta Lector. Clavijo, además de narrar la iniciación sentimental y las pequeñas travesías de un par de hermanos, quiso dejar un registro del sur bogotano, de esas calles en las que se tejió y se teje la existencia de millones de personas.

Cortesía de Joanna Díaz

En su libro se teje una poética de los objetos: cada uno está enlazado con una vivencia o un momento importante para los personajes. ¿Cuál fue el desencadenante de esta manera de contar? ¿Cómo y cuándo supo que a través de los objetos se puede contar una vida?

El texto surgió, quizás, de la necesidad de explicar algo (cómo se va rompiendo, agrietando una relación), de entender algo (¿cómo reiniciar, cómo seguir?), de fijar algo (recuerdos, lugares, personas que ya no están). Un algo que también tiene que ver con el cómo llegamos a la edad adulta (con qué equipaje), qué cosas se van quedando por el camino, qué proyectos ya no son posibles, qué oportunidades se perdieron o no se supieron aprovechar. Al inicio no era claro cómo contar todo esto, revisaba y revisaba álbumes fotográficos, cartas, telegramas, recortes de prensa, etc. Me di cuenta que cada fragmento, cada capítulo, siempre estaba unido a un objeto, a algo que incluso todavía estaba a mi alrededor.

Los dos hermanos –Sergio y Camilo– cultivan dos manifestaciones del arte: el dibujo y la música, respectivamente. ¿Cómo estas ambas han contribuido a su formación literaria? ¿Qué tanto las dos alimentan su escritura?

El dibujo, el diseño, la literatura, las historietas, el cine, la fotografía, la música y la pintura, siempre están ahí alimentándote. Muchas veces todo inicia con un riff de guitarra, con una caminata por el barrio Restrepo o después de ver algún libro de pintura o de fotografía. Nace una imagen, escribes sobre esa imagen o sobre esa música que se te mete adentro.  Algo va tomando forma.

El libro también da cuenta de espacios de Bogotá. ¿Ha condicionado su manera de asumir la vida y de escribir el hecho de vivir en una ciudad como esta?

Más que Bogotá, el sur bogotano, siempre está presente en mis textos. Sus barrios, su arquitectura, sus sonidos. Crecí en esos barrios, toda mi educación sentimental está allí.

Luego de estudiar diseño gráfico, hizo usted la maestría en Escrituras creativas. ¿Qué le aportó este posgrado a su literatura? ¿Se puede enseñar a escribir?

La maestría te aporta lectores (profesores, compañeros), te hace un lector más atento. Es un espacio de construcción permanente, de acompañamiento, un lugar para creer que es posible.

¿Se puede enseñar a escribir? Se puede aprender técnica, trucos descrestantes, a ser mejor observador, más detallista. Sí, aunque sea una pregunta difícil de contestar, creo que sí se puede enseñar a escribir. Y es necesario que existan espacios para aprender el oficio. Luego todo es constancia y una mirada propia.

¿En qué proyectos literarios trabaja ahora? ¿Tiene alguno entre manos?

En este momento estoy trabajando una historia, posiblemente una novela corta, que retoma algunos de los temas que me interesan: las historias familiares, el sur bogotano y la música.