Natalia y Juliana Vélez: "Aquella niña azul y otros cuentos"

Este libro ha sido escrito a dos manos con imaginación e inteligencia, con pasión, y con la ineludible dosis de razón. Ahora bien, para todos hay siempre un comienzo como testimonian estos cuentos breves de Juliana y Natalia Vélez Loaiza.

Portada del libro "Aquella niña azul y otros cuentos", editado por Sílaba. Cortesía

¿En dónde y en qué momento se inicia en usted el interés por la literatura y por qué, qué dice de ella o qué le hace decir?
 

Natalia Vélez: La literatura se vuelve un testigo sigiloso, una compañera y cómplice acérrima desde mi vivencia temprana, alrededor de los siete u ocho años; para mi hermana igualmente, la reflexión literaria sucedió por esa época, incluso antes. Estamos hablando de iniciados los años 90. Indiscutiblemente, mis primeros esbozos de cuento o poesía estaban cargados de ese delirio de independencia de los 90s, de imágenes realistas pero menos tradicionales en la expresión escrita, muy pertinentes también con la era tecnológica que se gestaba en el imaginario colombiano y que ya empezaba a vivir en su contexto socio histórico tanta violencia, un tendente descenso y un gran desencanto. Preservaban también algo del último vaho del pop art con su fluorescencia y su sátira… siempre ha habido al menos una pizca de cítrico en mi escritura. Ahora bien, en mi experiencia la escritura inicia con el llamado interior (por cliché o aburrido que parezca). Nace, primero con él descubrimiento de la literatura, de una curiosidad acerca de la expresión oral, que variaba tanto de persona a persona a mi alrededor. Por ejemplo, específicamente recuerdo este contraste entre “lo que decía y el cómo lo decía” de mi madre (una mujer muy diplomática) y esa oralidad que reflejaba el discurso de mis nanas, todas matronas negras de la costa pacífica; aquella zona del país cargada por demás, de espejismos y mística, lugar de una gran fantasía realista, sin duda. Un atractivo por las frases que me iban tirando los adultos, sentencias o frases intelectuales que citaban y también los dichos populares. Fundada entonces mi posición en esta idea del lenguaje posibilitador de los diferentes modos de expresar temáticas o situaciones semejantes, empecé por leer a los autores denominados célebres, algunos tradicionales otros grandes y otros monstruos de la literatura que terminaron por embriagarme y permitirme ver el acceso a la posibilidad de imitarlos, de aprender a manipular el lenguaje, herramienta tan íntima, aprovechándome de los signos comunes y discriminando los representantes únicos, tan únicos como cada historia, cada idiosincrasia. De los puntualmente primeros, los leídos entre los 8 y 13 años, recuerdo a Octavio Paz, Gabriel García Márquez, Germán Espinosa, Mario Vargas Llosa, Reinaldo Arenas, Pablo Neruda, J.M.G. Le Clézio, Antoine de Saint Exupéry, Isabel Allende, Julio Cortazar, Jorge Luis Borges, Germán Castro Caycedo, Virginia Woolf, incluso Larry Niven con su increíble novela de ciencia ficción “Mundo Anillo”. Esta última me la pasó mi hermana cuando la hubo terminado, ella tuvo mucho que ver en la escogencia de mis lecturas, que luego por su academia se volveríaan altamente filosóficas, cosa que le agradezco. Esto con relación a la literatura y al leer literatura. En cuanto al cometido de escribir y de tratar de escribir literatura específicamente, mi historia tiene un giro particular pues el pasaje al acto como tal estuvo atravesado por la enfermedad que fue la que me llevó a la necesidad; necesidad de escribir.

Desde los dos años sufrí de ataques de asma casi intolerables que me dejaron en varias ocasiones pendiendo entre el umbral de la vida y la muerte. De tan pequeña no entendía muy bien qué pasaba, porque por ejemplo, de pronto amanecía en el hospital y pasaba semanas ahí recluida. Luego, más adelante y con mayor discernimiento y lucidez, la situación se volvía exasperante y odiosa; días enteros conectada a un tanque de oxígeno o dentro de una especie de carpa esterilizada sin poder moverme; solo observando y estudiando con ojos de ciervo atento y asustadizo cada partícula y movimiento del cuarto, a las enfermeras que iban y venían; yo, solamente asintiendo con la cabeza; recuerdo que el techo me lo conocía de memoria… y fue justo ahí, por ese entonces que abandoné la observación y el mero recuerdo de los detalles para dedicarme a la descripción y plasmar la experiencia. Se reveló ante mí la descripción a modo de inventario, duradero en el tiempo. Una exposición de esos elementos que observaba, única por cada segundo, cada hora, cada cambio de luz que proyectaban las persianas. Precisamente esto es lo que incita en mí la literatura: la expresión de una cierta visión única, de un fragmento de tiempo que yace dentro de la identificación de un espacio interior; Esta, puede resultar absurda si no se entiende como experiencia primitiva, original e íntima. 

Juliana Vélez: En mi caso, pienso que el interés por la literatura empieza con la experiencia más elemental de a la vez expresar y de callarme cosas. Esta experiencia de la dualidad y de la importancia de la diferencia, de lo explícito y lo tácito, de lo evidente y lo sugerido, se hace evidente desde muy temprano en mi vida por mi condición gemelar. Es decir que siendo una cría de unos 5 o 6 años descubro que, por idéntico que parezca el mundo que compartimos, por idéntico que sea el aspecto entre dos seres o dos fenómenos, cada par de ojos, por así decirlo, tiene una percepción única de éste, lo que a la vez genera contradicciones y matices en el mundo mismo que posibilitan una contemplación completamente otra en cada caso y más aún posibilitan la configuración de una infinidad de historias como mundos experimentables. 

Además, el universo caleño de los años 90s con su obsena violencia y su estética del narco- tráfico recrudecido, sus toques de queda que hacían de los jóvenes, "rebeldes forajidos" que defendían sus aprendizajes fuera de las instituciones como el colegio o la familia nutriéndose de la vida de sus barrios, conmovidos o transformados por la ola de bombas y secuestros, de tierras arrebatadas, saqueadas, provocó en mí la obsesión por reconstruir estas vivencias con un tono personal, a veces irónico y a veces nostálgico.

Pero como decía al principio, mi hermana fue siempre una fuente de sorpresa y motivación en mi carrera literaria. Con ella podía poner a prueba a nivel humano y sensible lo que es entenderse más allá del lenguaje y con lenguajes creados a partir de nuestra mismo interés por las diversas maneras de expresarse.

También a nivel de la escritura, porque fue definitivamente con ella que descubrí la fuerza e impacto que podía tener la fantasía como género en la literatura, género que ella se apropió y que se le daba muy fácilmente, que desarrollo a lo largo de su trayectoria de manera a la vez sutil, refinada y pujante para hablar de las experiencias cotidianas que compartíamos. Yo estuve siempre mucho más cercana a una literatura filosófica o histórica como la literatura de Jorge Luis Borges o alejo Carpentier. Luego encontré entre solapas de las múltiples librerías y bibliotecas en las que pasaba mis días, a autores europeos y latinoamericanos como Rilke, Voltaire, Dostoyevski, Gide, Sartre, Zola, Balzac, Molière, Proust, Baudelaire, Fuentes, Paz, Rafael Alberti, Miguel de Unamuno...

De cualquier forma, es definitivamente el cuento el género que me atrapa y en el que coincido con mi hermana con el que empezamos a crear verdaderamente juntas y que aprecio en demasía además por esta experiencia fraternal y expresiva. Autores del romanticismo alemán como Tieck, Holderling, y luego Edgar Alan Poe, Conrad, Mutis, Cortázar, Abelardo Castillo, Tolstoy, Beckett, García Lorca, marguerite Duras, Marguerite Yourcenar... -la lista es casi interminable -revelaron ese fascinante invisible que el mundo cotidiano esconde y esa infinidad de lenguajes como las melodías más improbables, lenguajes de los que aprendí que cuando se tiene la pulsión intima de escribir, es porque existe la necesidad de reflexionar, decir o revelar algo a si mismo tal y como cuando se canta.

¿Considera la literatura como el relato de una historia de su vida, un medio para exorcizar sus fantasmas o para revelárselos y asirlos?

N. V.: El relatar de la historia de mi vida, o a decir verdad, el relatar de la historia de cualquier vida es un navegar atravesando pasajes absurdos y contradictorios que difícilmente puede llamarse un relato, una narración o una crónica objetivos, pero he ahí lo verdaderamente interesante. Esto claro, dado el hecho de que nada de lo que vivenciamos en un momento preciso, está exento de la perspicacia de nuestra esencia como seres humanos, y mucho menos de nuestro inconsciente. En otras palabras, dicho relato, no está a salvo de ser alterado gravemente por las emociones y sentimientos que experimentamos en un momento exacto. La literatura puede abordar la historia de una vida objetivamente por supuesto, a modo de documental, pero no creo que sea su mejor uso. Sinceramente, pienso que la característica más seductora de la literatura misma, es la de poder proponer diferentes historias, diferentes universos simbólicos y diversas aprehensiones de dichos universos acerca de la misma vida y a partir del mismo relato, por ejemplo. Luego, está la cuestión de la memoria... La evocación posterior de cualquier hecho está tan modificado por las trampas de la memoria, por la capacidad plástica del cerebro para rellenar los baches y por la fantasía, por ese deseo ardiente que reposa al interior de cada una de nuestras expectativas, que me inclinaría más por la propuesta de que la literatura pueda ser un medio -maleable- para revelar, exorcizar y sacrificar nuestros más feroces fantasmas, sí. La memoria de nuestra vida, de “nuestra historia”, está construida por hechos que “recordamos” pero que no podemos afirmar muchas veces que así como los recordamos los hemos vivido; Son, si se quiere, recolecciones y sucesos que quizás, más que experimentar materialmente, deseamos hubiesen pasado.

La literatura, en este sentido, como medio de fuga y reconocimiento de los fantasmas y fantasías interiores, es para la vía sublimatoria por excelencia pues mediatiza las relaciones del sujeto escritor con su pulsión, cuya satisfacción debe hacer desvíos estratégicos, impuestos por lo que decíamos anteriormente, la memoria y la experiencia interna. Una vez establecida esta vía sublimatoria de pulsiones complejas o reto del acto creativo, las angustias, los fantasmas y los otros objetos pueden ser conservados o rechazados, destruidos, idealizados o reparados.

J.V.: Sobre todo como la manera por excelencia de revelarme a mi misma lo que vivo en cada momento de mi vida, en cada situación de encanto y desencanto y en cada reflexión o impulso que uno se dice que entiende y que luego lo toma a uno por sorpresa por la intensidad o el despropósito. Personalmente creo que la literatura, como acción de construir, palabra a palabra, frase a frase en su sentido fenomenológico y racional, descubre miradas que nos abren horizontes de comprensión frente al mundo que nos rodea. Ella es particularmente un testigo puesto a la aventura de la vida y a la vez una forma de vivir. Porque es este testigo, que pienso es lo que se presenta en su pregunta como fantasma, el que ve en cada esquina, en cada objeto que atrae nuestra mirada, en cada gesto, la emergencia de todo un entramado de apariciones que crean una historia. En definitiva, podría decir que sí, que la historia de mi vida se ha servido de la literatura pero mi literatura narra algo más allá que mi vida, ella revela en un primer momento para mí misma y en un segundo para el lector, la experiencia tácita de la creación literaria, es decir de la creación en la organización de una infinidad de imágenes dentro de un sentido único y propio que sin embargo, se abre a la vez a muchos sentidos en su interpretación y del poder que implica la elección de ciertas imágenes y situaciones para lo que se busca decir.

¿Desde su formación académica (formación profesional) como concibe y estructura su escritura, donde es su escritura y dónde no lo es y en qué medida está intervenida por esa formación o no?

N.V.: Estoy convencida de que tanto la danza clásica y el arte como la psicología y el psicoanálisis, han influido grandiosamente mi manera de ver las cosas, de adquirir una dialéctica precisa y por ende también una manera específica de plasmar a través de la escritura. La estructura como tal es un tema muy complejo de esclarecer para mi, una entusiasta experimentación, por así decirlo, es lo que ha ido conformando una cierta estructura dentro de mi propuesta literaria. Podría decir que me he valido de las ciencias sociales, sobre todo en los últimos años para establecer temas con giros interesantes y un vocabulario justo. Igualmente, he extraído, en particular del psicoanálisis, el valor de una cierta síntesis de esa pulsión interna que mencionaba antes, en procesos sublimatorios, que persiste en la apertura al juicio de atribución y las posibilidades de identificarse con un objeto perdido que se quiere encontrar a través de la creación. Pienso que en la transposición simbólica de aquellas huellas que el sujeto-escritor- no ha podido reprimir correctamente, de aquel drama edípico que se juega durante el proceso creativo explicado desde el psicoanálisis, los fantasmas de nuestra infancia y los que han aparecido luego, se desplazan. Por ejemplo, la repetición compulsiva de algunos elementos inconscientes, presentes de manera constante en mis cuentos y escritos, pertenecen al ordenamiento de mis registros y experiencias, a mi estilo y a la manera como se estructuran mis ideas. Las figuras de niños sabios, de animales salvajes, de símbolos que se forman en los paisajes, de señales ocultas en los cuentos, son algunos elementos que recorren una memoria en mí, claramente primigenia y primitiva. De manera complementaria, los fluires de conciencia, el diálogo interno, que se deja entrever en la descripción de sensaciones y sentimientos dentro de un vértigo casi cinematográfico, son otros elementos sensibles menos intelectuales inmersos en mi creación, de carácter indispensables y bastante evidentes.

 

J.V.: Mi formación filosófica influencia particularmente el espíritu de mis escritos. Gracias a las largas y minuciosas disertaciones, los puntiagudos ensayos, las acérrimas críticas literarias hasta los comentarios de autor. Con todo el enciclopedismo que estos trabajos demandan, mi escritura fue tomando un tono reflexivo y en ocasiones bastante meticuloso en el desarrollo de un sentido profundo de cada imagen y del propósito de cada personaje para la historia. Además, tener claridad respecto de los grandes temas filosóficos en especial los que conciernen a mi rama que es la fenomenología y la estética cinematográfica - temas como la percepción, la luz, el punto de fuga, el espacio y el tiempo-  fueron afianzando los temas de mayor interés para mi y finalmente afinando y matizando la voz de mis historias y la manera en que estás buscaban ser contadas. Por otro lado y a pesar de mi formación académica, para mí es claro que ante el acto de escribir, primero viene algo así como un impulso, la llamada "inspiración", esa innegable fijación ante un tema concreto que se revela en la forma de un sueño, de una sensación, de un personaje... luego la reflexión concienzuda y casi siempre altamente filosófica de estos elementos termina por completar el proyecto.


¿Qué es lo que la hace, la lleva y la posee para escribir, en qué sentido y perspectiva lo hace y lo realiza?

N.V.: Siempre se trata de un necesitar decir, un llamado a la emancipación, análogo a la liberación un gran monstruo; Los monstruos normalmente dan miedo, más si se les dejan sueltos, pero siempre hay algo que me hace decir: “bueno y ¿porque no?”, algo que se siente necesario y fascinante en poder llegar a tener la oportunidad de mirarle de cerca, de frente o de costado, en poder sentir el misterio y la incertidumbre en el estómago que se retuerce de jouissance, porque esta por sentado que abrirle la puerta de su cárcel va a desmantelar a la luz, el hecho de su existencia en primer lugarJugar el juego, decidir soltarlo, esperarlo, ver que nacerá del encuentro. Esto es lo que me hace escribir: la misma sensación de liberar a un prisionero temerario o la de proferir la palabra prohibida, enunciar lo que nadie de otro modo podría conocer, el secreto de la propiocepción, el disponer de la flor del mal, ese empoderarse de dicha sensación; la que de igual manera me hace relacionar las historias que me invento a las metáforas que, en este sentido, pueden surgir fácilmente desde las experiencias infantiles.

Sucede más o menos así: me encuentro con algo que llama mi atención, precisamente porque me recuerda algo que ya he vivido, algo que vive dentro de mí misma; puede ser visual, auditivo o simplemente sensible y entonces me surge un presagio, como un síntoma y de él, una idea. Frecuentemente, esta idea está conectada a algún tipo de secuencia o línea narrativa que se va gestando a medida que la pienso (mi mente funciona a manera de escenario en una obra de teatro). Siempre, mi interés y más grande desafío recae en el poder expresar esta idea, esta liberación, con claridad y sentido sin apagar su carácter ni sus propiedades; dejarla que se evapore en una frase, haga ebullición o se condense si se tiene que condensar; siempre vinculando dicha experiencia a esa especie de revelación, esa liberación que me urge compartir, me urge expresar. 

J.V.: Lo que me empuja a escribir en cada caso, es la necesidad del encuentro con el invisible (invisible que puede a la vez entenderse como ese "hors champ", ese ángulo que descubre el engaño, esa sombra que da peso a las cosas). Luego, Poco a poco la búsqueda se convierte en un sentimiento insufrible que me habita como un vacío profundo. Vacío porque me encuentro con cosas o ideas que en apariencia son unas en la realidad de todos los días, pero que tienen la potencialidad de volverse completamente otras o múltiples y es ahí donde la historia comienza. Para mí la experiencia de escribir es la experiencia de hacer participar al mundo de mi propia organicidad, entonces las cosas, como las ollas en una cocina son víctimas de la rabia de una mujer histérica que las pule sin piedad, las alcantarillas, testigos omniscientes de crímenes y oscuros secretos, los animales, el reflejo del inconsciente humano y etc. Esto es lo que llena el vacío, este coquetear con el invisible hasta que empieza a hacerse visible y entonces real a partir de la irrealidad misma.

 

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