“Naturaleza y memoria”

Hasta el 9 de mayo se presenta esta exposición de dieciséis obras, con un curioso manejo de la seda y varias técnicas.

“Pluma azul grabada”. Seda, papel y grabado, sobre seda y lino.

Verónica González trabaja sobre seda y lino con grabado, orfebrería y otras técnicas que va mezclando. Naturaleza y memoria, su última exposición en Bogotá, es femenina en el sentido tradicional del término y tiene de trasfondo la naturaleza. “Cuido mucho la forma de las plumas, de las flores, de los pájaros. Siempre he vivido cerca de la naturaleza, la adoro y compone recuerdos que van saliendo y expresándose en las piezas”, dice.

Las obras incorporan bronce y piezas de orfebrería hechas a mano dispuestas sobre telas de brocado o japonesas. En el caso de las japonesas, linos y sedas alargados y colgantes albergan óvalos que sugieren piedras que encierran escenas. Las piedras reales hacen parte de una colección personal que González ha armado de a poco: fósiles, piedras, bichos, madera fosilizada, conchas marinas.

Las formas cocidas que evocan las hojas de un roble están hechas en seda junto a un papel traslúcido, para darles textura. Y los papeles los prepara ella misma; los arruga, los tiñe con té y otros pigmentos, los estira, los vuelve a teñir. Hay mucho juego, a pesar de que lo inesperado del resultado sea invisible. “En la obra de la artista el desplazamiento de los trazos matéricos y la filigrana del detalle suspendido por las huellas de los hilos de coser dispuestos en inclinaciones diversas y yuxtapuestas sobre el plano resignifican los límites de la estructura exacta, precisa, matemática y rigurosa de un paisaje diferente como resultado de una ecuación matemática entre hombre y mundo”, escribe Lucrecia Piedrahíta, curadora, en la publicación sobre la exposición.

González dibuja con costuras, no con pincel, no con lápiz. Así marca las formas y las líneas que otrora delinearon la silueta humana. “Mi obra ha evolucionado desde partículas minúsculas, desde el interior del cuerpo, pasando por el cuerpo, hasta desembocar fuera del cuerpo. Estos últimos años he tratado el exterior y el interior: ahora quiero deambular por el paisaje. Este vagar paisajístico también incluye el reino animal”.

Filigrana de plumas, una circunferencia cocida a mano sobre seda y lino, produce la sensación de estar ante los anillos del tronco de un árbol viejo, ante una naturaleza ordenada por manos humanas, ante las plumas caídas de un pájaro o ante una pieza antigua, puesta en un lugar recogido e íntimo. Es, pues, una obra sobre el recuerdo; sobre el acto de recordar. Las piezas remiten a telas y formas de tiempos pasados, y así el espectador puede situar mentalmente, o imaginar, el lugar de esos objetos antiguos en ese espacio de otras épocas y tal vez de otros lugares.

Todas las obras son únicas a pesar de ser grabado, que utiliza, más bien, como medio de dibujo. Es un trabajo manual y dispendioso. Un año y medio fue el tiempo que le tomó hacer las 16 piezas de la muestra.

En Filigrana, a secas, hay menos naturaleza y más literatura: plumas de tinta, para escribir, y un entramado de grabado sobre lino que evoca tapizados o papeles de colgadura antiguos, aquellos que cubrían las paredes de habitaciones dedicadas exclusivamente a la escritura, y más específicamente a la escritura femenina, que ocurría en el encierro, casi a escondidas, como cuenta Jane Austen en una de sus cartas. Ese espacio que antes era un encierro, en ese entonces fue también un refugio imperturbable, un espacio propio, “una habitación propia”, como titularía Virginia Woolf su ensayo sobre la mujer, la escritura y el espacio donde la escritura es posible: “Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si desea escribir ficción”.

La obra de González trae a la mente esa intimidad de la escritura relacionada a un imaginario de lo femenino. “Cuando mis hijos estaban pequeños sabían que en mis horas de trabajo no podían molestarme; si llegaban a la casa después del colegio y mi puerta estaba cerrada, se iban y procuraban no poner el radio a todo volumen”, dijo la escritora Nadine Gordimer, muchos años después de Austen, en una entrevista con The Paris Review. “Tengo un cuarto pequeño para trabajar, que tiene una puerta con acceso directo al jardín —un gran lujo—, así puedo salir y entrar sin que nadie me moleste o sepa dónde estoy”.

La muestra de González es sutil, precisa, abstracta y concreta a la vez. “Paisajes confinados en círculos que se desplazan de la figuración a la abstracción”, dice la curadora.

González vive desde hace cuatro años en Bogotá. Estudió artes plásticas en la Universidad Católica de Chile y se especializó allí mismo en grabado.

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