Navidad por siempre

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Todas las tardes, desde que era Navidad, Paquito se asomaba a la ventana para ver los pocos niños que jugaban en la calle. Eran pocos, es cierto, pero parecían felices. Se veían muy pálidos y delgados, como él, es cierto, pero le parecía que eran felices, jugando en la calle.

Pero él no podía salir. Su madre, que abandonaba muy temprano la casa para buscar algo de comer, le había dicho bajo amenaza que no podía dejar solo a su hermanito y advertido que la calle estaba llena de peligros. En esto último su madre tenía razón. Desde hacía cuatro años, cuando nació su hermanito, la violencia se había empecinado con el barrio, y las bandas disparaban a cualquier hora. A sus nueve años, no lograba entender por qué la gente, sobre todo los jóvenes, como su tío, se mataban en la calle y él tenía que permanecer encerrado.

Esa tarde de Navidad se sentía especialmente triste. Afuera los niños parecían felices; pero él se sentía muy triste, como si un dolor profundo y desconocido se hubiera apoderado de su cuerpo y de su corazón de escazos nueve años.

Instintivamente miró su bicicleta, la que le había regalado el tío Eduardo, por la época en que podía subir al barrio. Desde que la violencia atormentaba el barrio, era imposible salir solo a la calle…Y ahí estaba su bicicleta, la que le regaló el tío Eduardo, precisamente en un diciembre.

Acarició la bicicleta, casi nueva por la falta de uso; ya eran cuatro navidades sin ver al tío, por culpa de los que se disputaban el barrio. Sintió que su hermanito dormía. Eran las cuatro de la tarde y no había escuchado ni un sólo disparo. Su corazón de infante latió presuroso y algo de color acudió a sus mejillas, antes marchitas por el hambre y el encierro.

Entonces, con decisión insospechada, enderezó la bicicleta, quitó el aldabón de la puerta y salió a la calle. El aire de las cuatro de la tarde le pareció más puro, más libre y más tonificante que el caliente y pesado de adentro. Montó en su bicicleta con algo de prisa.

-¡Paco!

-¡Hola, Paco!  

Escuchó que lo saludaron los niños con mucho de asombro.

Primero dio un pedalazo tímido; rodó veinte metros, despacio, torpe, como si en verdad no supiera montar. A poco su cuerpo largucho hizo yunta con la máquina. Y empezó a rodar confiadamente. El viento azotaba su cara; su cabello lacio flameaba en flequillos y su corazoncito pareció ensancharse. Paquito se sintió un niño afortunado, único, libre.

-¡Cuidado, Paco!

Alcanzó a escuchar la advertencia, pero el vértigo de su corazón feliz y la caricia rotunda del viento sobre el rostro, no le permitieron identificar la voz.

Con una habilidad desconocida Paco bajó raudo la estrecha calle, hasta descubrir que ella era una autopista única y feliz. Instintivamente pedaleó con fuerza, sin encontrar resistencia en la cadena, hasta que un golpe seco, brutal, lo lanzó a un costado de la calle.

No entendía lo que pasaba; tan sólo vio que su bicicleta estaba destrozada y muchos curiosos trataban de llegar hasta su cuerpo.

Un dolor agudo le obligó a cerrar los ojos.

Lentamente empezó a levantarse. Ya no sentía dolor. Su cuerpo continuaba tendido en el piso en una decidida actitud de abandono. Miró su cuerpo con algo de tristeza y entre la niebla de la conciencia infantil recordó que era Navidad y que atrás sus amiguitos parecían felices, jugando en la estrecha calle.

Como en una imagen de intensa plenitud, comprensible misteriosamente para él en ese instante, se elevó por entre ráfagas de luz y olvido, en brazos de una deliciosa levedad que lo llevó hasta un lugar  de plenitud, donde no había ventanucos, ni aldabones, ni puertas, ni calles estrechas y sí muchos niños felices.

Entonces supo que había llegado a un sintiempo de alegría; que había llegado a una anhelada Navidad por siempre. 

*Columnista y autor de textos literarios y didácticos, residenciado en Medellín.

Villegas y sus nuevas librerías

Villegas editores ha creado una caja de cristal mágica en donde habita una cuidada selección de libros. En esta nueva librería, inagurada en el centro comercial Gran Estación, al occidente de Bogotá, el lector encontrará un espacio contemporáneo con más de 300 títulos del este  fondo editorial, así como una sección infantil y juvenil donde además sus propios títulos, el público encontrará una selección de libros de otras casas editoriales y una atractiva variedad de juguetería importada.

Esta tienda hace parte de la nueva apuesta que hace la editorial por abrir unos puntos de ventas más atractivos y cercanos al público. Además de la tienda capitalina, el sello editorial abrió otra megatienda en el centro comercial Centenario de Cali.

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