EL TEMPO DEL CINE
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Nicola Piovani: Un pianista de la posguerra

Más de 160 películas y 80 obras de teatro abarcan la trayectoria del compositor italiano Nicola Piovani, reconocido por haber ganado el Premio Óscar a Mejor Banda Sonora en 1998 por La vida es bella.

La vida es bella, película dirigida y escrita por el italiano Roberto Benigni, se estrenó en 1997.Cortesía

Seis días después del nacimiento de Piovani Italia buscaba la metamorfosis necesaria para dejar atrás el fascismo instaurado en las raíces y costumbres de la nación en cabeza de Benito Mussolini. Un 2 de junio de 1946 nació la República Italiana a causa del referéndum que pretendía determinar el cuerpo y funcionamiento del Estado.

Piovani nació en la época del resurgimiento, de las nuevas oportunidades. Creció entre los discursos que abogaban por un país que recuperara su grandeza a través de las artes que por años los habían constituido como uno de los territorios más fructíferos y fértiles en la pintura y las letras.

Nicola Piovani estudió en la universidad La Sapienza de Roma, fundada por el papa Bonigacio VII en 1303.  Detrás de los muros del color de las hojas secas se esconden 11 facultades, 21 museos, 59 bibliotecas y más de un centenar de departamentos. Merodeando por sus pasillos y su historia, Piovani se cruzó con dos referentes del cine italiano que revolucionaron la narrativa del séptimo arte: Federico Fellini y Bernardo Bertolucci. Con el primero logró una amistad entrañable que años después también los unió para enlazar lenguajes, sonidos y pasiones en la pantalla grande.

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La década de los 60’s avanzaba con la furia de las pequeñas revoluciones sociales que se propagaban en el mundo a través de la música, el cine, las letras y los movimientos que se apropiaban de su tiempo, su libertad y su convicción de transformar lo que por décadas había sido establecido. Piovani estudiaba una licenciatura en piano en el Conservatorio Giussepe Verdi en el centro de Milán, aquel sitio emblemático que comparte la historia de la ciudad con la iglesia de Santa Maria della Passione y la Catedral de Milán.

En 1967 Nicola Piovani recibió su diploma y al año siguiente realizó sus primeras composiciones para noticiarios universitarios. Su acercamiento a las protestas estudiantiles y a las jornadas que exigían cambios en las estructuras sociales y políticas lo acercaron a los arpegios y las arengas al ritmo de guitarra que emanaban de Fabrizio de André, cantautor y poeta italiano que narraba en sus canciones y versos a los marginados, a los que eran considerados rebeldes por exigir condiciones justas y básicas que cumplieran sus derechos y evitaran cualquier escenario de vulnerabilidad y represión.

"No por dinero, no por amor o para el cielo" (1971) e "Historia de un empleado" (1973) fueron dos obras musicales que el poeta y el compositor lograron presentar a la sociedad italiana como un triunfo de los relatos populares en el arte, de la visibilidad de aquellos personajes que pasan incógnitos y desapercibidos en una sociedad que vive en función del afán que demanda la rutina y que olvida el horizonte y sentido de trascender en los días ordinarios y parsimoniosos.

"En esa escuela italiana en la que yo me formé, el compositor estaba encargado de escribir una partitura completa y que hace a la dramaturgia cinematográfica. Era así desde las películas más importantes hasta las más pequeñas”, afirmó el compositor italiano en una entrevista para el medio La Nación de Argentina.

Bernard Hermann, compositor de la banda sonora de Ciudadano Kane, El cuarto mandamiento, La guerra de los mundos, Psicosis, entre otras; y Ennio Morricone, el hombre de 90 años y 500 bandas sonoras, son referentes que Piovani situó en las melodías que fluían de su piano y que eran trasladadas a las cintas del séptimo arte.

Casi que 20 años después de haberse cruzado por primera vez con Federico Fellini, aquella leyenda que logró posicionar el cine neorrealista de la posguerra en los hitos y emblemas del séptimo arte a nivel mundial, el compositor italiano participó en dos producciones de su amigo y cómplice: Intervista (1987) y Ginger y Fred (1986).

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Este primer escalón invitó a un nuevo tiempo. Los encierros, las madrugadas, las odiseas entre partituras e insistencias entre sonidos innovadores y provocadores de fuertes pasiones empezaban a copar los instantes cumbres y exultantes del cine italiano. Su virtud en el piano, figurado en una extensión de su cuerpo y de sus ideas inagotables, lo encumbraron en ese extraño y sigiloso sector que se encarga de elevar la tensión y las emociones de las películas con un tono adecuado, justo y preciso de los movimientos, los misterios, las angustias, las tristezas y las efímeras alegrías.

Roberto Benigni surgía en la década de 1980 y desde entonces no dejó de narrar la condición humana fragmentada desde un lado poético, que apela a los sentimientos más fraternales y a los comportamientos fidedignos de escasos individuos que se resisten a lo macabro y a lo cruel. Así, con la aparición de La vida es bella, Piovani lograba dibujar una melodía bucólica y a la vez nostálgica. Buon Giorno Principessa o La Vita  è bella marca un tempo armonioso, pausado y melancólico, que causa en el espectador una inusitada conmoción y que cala en la memoria con sonidos que retumban en esas historias paralelas que ficciones o verdaderas narran el contraste doloroso y bello de la Segunda Guerra Mundial.

El reconocimiento del Premio Óscar a Mejor Banda Sonora en 1998 lo catapultó a un estrellato que por momentos no supo manejar. No obstante, con el pasar de los años y con su intención de trasladar sus composiciones a las tablas, Piovani comprendió que sus virtudes en el arte debían reafirmarse con trabajo y no con premios, pues la capacidad del compositor para lograr aglomerar en sus melodías sonidos anacrónicos y poéticos eran las razones específicas de sus pequeñas conquistas y sus múltiples victorias en la música que se erige como otra narración en el cine y que cumple una función invisible, pero trascendental en el entendimiento y comprensión de la trama y las emociones expresadas por los personajes.

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Andrés Osorio Guillott

Cultura

Nicola Piovani: Un pianista de la posguerra

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