Nietzsche y María Zambrano: un diálogo en torno a los sueños

Los sueños, que han inspirado a poetas, escritores y filósofos desde la antigüedad, fueron, también, un punto de encuentro entre la filósofa española María Zambrano y Friedrich Nietzsche. 

La filósofa española María Zambrano en el Ponte Vechio, de Florencia. Cortesía

La España de comienzos del siglo XX, la misma que según Miguel de Unamuno vivía el “marasmo”, y la misma que Ortega y Gasset -con su erudición filosófica y el ingenio de su pluma- quería elevar “a la altura de los tiempos”, es el escenario de este encuentro. En efecto, desde que Joan Maragall introdujo algunos textos de Nietzsche en Cataluña, hacia 1893, se produjo una fructífera controversia en torno al pensador alemán: desde quienes vieron en Nietzsche una nueva aurora y un nuevo futuro para superar el atraso de España frente a la modernidad europea, hasta quienes, como el mismo Unamuno, veían en el solitario de Sils María una amenaza para la España profunda, tradicional, “intrahistórica”.  

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María Zambrano, discípula de Ortega – que ya en 1908 había publicado un artículo titulado “El sobrehombre”, en el que reconocía que para los ibéricos “Nietzsche nos fue necesario”- vio en la obra del filósofo alemán insumos para la construcción de una nueva época, de un hombre íntegro. En su primer libro Horizonte del liberalismo (1930), había escrito que el nuevo tiempo requería una “afirmación de la vida, desconfianza en la razón, valor moral de todo lo que es aumento de vida, superación constante, aprovechamiento del dolor en beneficio de los valores positivos, heroísmo del individuo como encarnador de los valores vitales… Nietzsche en fin, o algo de él”. Y si bien ella no asumió en bloque el pensamiento del filósofo, entre otras cosas, porque Zambrano no llegó a aceptar la “muerte de Dios” y las consecuencias que la misma traía para la modernidad, los sueños fueron ese punto de contacto que enlazó estos dos espíritus de temple tan diferente.   

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 Hay dos ideas de Nietzsche que vamos a encontrar también en María Zambrano. La primera de ellas, aparece en Humano, demasiado humano (1878), aforismos 12 y 13. En el primero nos dice: “las representaciones oníricas […] nos recuerda a su vez estados de la humanidad primitiva en que la alucinación era extraordinariamente frecuente y a veces hacía presa simultáneamente en comunidades enteras, en pueblos enteros. De modo que al dormir y en el sueño recapitulamos la humanidad anterior”. Por su parte, en el aforismo 13, afirma: “En el sueño sigue operando en nosotros esa arcaica porción de humanidad, pues constituye los cimientos sobre los que se desarrolló y en cada hombre todavía se desarrolla la razón superior: el sueño nos devuelve de nuevo a remotos estadios de la cultura humana y pone a nuestra disposición un medio para entenderla mejor”.   

La idea central de Nietzsche es que los sueños nos permiten conocernos mejor como especie, como cultura (“Sueño y cultura” se titula el aforismo 12). Si el ser humano ha recorrido en su antropogénesis un largo camino; si ha transitado, como diría Arthur O. Lovejoy, “la gran cadena del ser”; si en sí guarda la memoria de sus orígenes, etc., los sueños son un instrumento para explicitar esos contenidos culturales. Los sueños son un medio de conocimiento que, incluso, nos muestran “cómo vino la razón al mundo”, y cómo se ha desarrollado el pensamiento lógico, más precisamente, como dice en Aurora (aforismo 123), cómo la razón se genera por azar, es decir, “de un modo irracional”. Esta idea de Nietzsche en torno a los sueños va aparecer en Bergson, en Freud, en Jung y, como veremos, en María Zambrano. 

La segunda idea de Nietzsche en torno a los sueños que quiero resaltar, y que conecta con la obra de Zambrano, aparece en Aurora (1881). Allí, en el aforismo 128, titulado “El sueño y la responsabilidad”, sostiene: “[…] nada os pertenece más que lo que soñáis! ¡Nada es más obra vuestra que vuestros sueños! En esa comedia vosotros desempeñáis todos los papeles: sois la trama, la forma, la duración, el actor y el espectador”. El aforismo es también una crítica al libre albedrio, que como se sabe, fue una idea constante en la obra de Nietzsche. Lo cierto es que no podemos responder por nuestros sueños, si bien pretendemos ser los autores de los mismos. Lo mismo pasa con la libertad: creemos conocer las causas de nuestras acciones, pero ésta no es más que una ficción nuestra, ficciones de humanos que no soportan la falta de control sobre sí mismos y sobre las cosas. 

Ahora, lo que me interesa resaltar del aforismo es aquello de que en los sueños nosotros mismos somos: la “trama, la forma, la duración, el actor y el espectador”, pues esta idea fue brillantemente desarrollada por María Zambrano en sus libros Los sueños y el tiempo y El sueño creador, ambos incluidos hoy en el volumen III de sus Obras completas (2011). 

En María Zambrano, el tema de los sueños está relacionado directamente con la memoria y, desde luego, con el dormir (“esa derrota cotidiana” que vivimos en manos de la gravedad). Y en ese dormir el ser humano es “un trozo de materia donde la vida está encerrada”. Con el sueño (“todo sueño es un viaje”), entonces, la conciencia se abisma y desciende a la atemporalidad, en los ínferos y los infiernos del ser; y en esos sueños, como decía Freud, no opera la lógica, ni el tiempo, ni el espacio extenso con sus leyes tal como lo conocemos. 

María Zambrano realiza una fenomenología de los sueños (descripción de la forma sueño). E, invita a aceptarlos, a reconocerlos, por eso, como en Nietzsche, dice: se debe “incluir los sueños y el soñar en el conocimiento de la vida humana”. En los sueños es la persona misma la que se revela, y “este ser persona se da en la vida, en un cuerpo y en una psique; en un tiempo histórico, en una tradición, en una herencia. En una herencia que arrastra consigo algo de todas las fases de la historia. Y en este sentido, el ‘subconsciente colectivo’, descubierto por Jung, no puede por menos que ser aceptado. La expresión subconsciente histórico o de la historia sería quizás más apropiada”. 

La idea de Nietzsche según la cual con los sueños conocemos nuestro estadio “primitivo” está aquí presente. El hombre tiene una historia cósmica y cultural, y la vida, en su transcurso, ha atravesado el tiempo. Pero en ese transcurso algo se ha quedado sepultado, oculto, reprimido. Una parte de nuestra humanidad se nos ha hecho opaca. De ahí que los sueños “son, ante todo, la revelación de una ocultación espontánea -automática- o realizada por el hombre”. En el sueño el hombre viaja y explora los confines de la vida, de su vida, y esta acción “no es sólo rememorar, sino explorar […] un avanzarse a ver”. Es en esas exploraciones donde se revela como persona, donde se conoce como especie, rememora o hace memoria de un tiempo pasado y de sus orígenes…como si pudiese alcanzar la nada de la cual emergió algún día...   

La segunda idea de Nietzsche anotada arriba, es clara en El sueño creador. En este libro Zambrano dice que en los sueños se nos ofrece una realidad “fenoménica de nosotros mismos, porque en ellos se muestra nuestra vida como puro fenómeno al que asistimos” y “todo sucede como si desde el primer instante el sueño estuviese ya hecho, fuese una historia que hubiese ya ocurrido y a la cual no podemos añadir nada ni quitar nada”. Aquí lo que hay es, a mi juicio, una vuelta a la sugerencia de Nietzsche. En efecto, los sueños se presentan como una película que se proyecta ante el espectador, el sujeto (nosotros mismos), sin que este pueda hacer nada; en ellos somos simples receptáculos. El soñador está sometido al sueño, a su merced y frente a él pasa ese “lenguaje de imágenes” (Freud) que aflora, que llega y golpea. El sueño es, pues, como una película frente a la cual estamos inermes. Por eso Zambrano resalta esa pasividad del sujeto en el sueño, esa inmovilidad y pérdida del poder del Yo: es “como si un vegetal adquiriese el poder de asistir a parte de su propia vida”.  En efecto, en los sueños, cuando son profundos y hay una absoluta sumisión, el ser humano es como un vegetal, sólo que en este caso percibe, ve la película que se le impone. 

En los sueños somos los productores no conscientes -si bien en algunos de ellos hay altos grados de participación del Yo- de novelas (por eso Zambrano habla de la “psique novelera”);  en ellos somos, a la vez, los espectadores y los actores impotentes que ejecutamos una trama. Esa trama no es más que “historias sin autor” o pantomimas muchas veces construidas con “elementos sin duda traídos de la realidad”, o de la “aparición de un grupo de vivencias sumergidas”; puede ocurrir, igualmente, que “a medida que el Yo está sometido, bajo el nivel del tiempo, la historia, las historias crecen y proliferan, se engendran unas a otras”. Eso explica el que muchas veces podemos soñar una multitud abigarrada y confusa de cosas, cosas que dejan también huella en la vigilia. 

 Por otro lado, el fondo de ese drama es “el tiempo”, un tiempo como “fotografiado”, más precisamente, la atemporalidad, la duración; un tiempo que en todo caso es diferente al tiempo medido de la vigilia (pasado, presente, futuro), como ya lo sabía Henry Bergson. Todo esto nos lleva a la misma conclusión de Nietzsche: si bien los sueños son nuestros, no podemos ser responsables por ellos, por lo que en ellos acontece. Y no somos responsables porque en ellos no somos libres, pues como dice la filósofa española: “el sueño es un viaje mágico en el cual el viajero anda a la vez preso y errante, cautivo”. O, lo que es lo mismo, sujetado, esclavo. 

Ahora, tanto en Nietzsche como en María Zambrano el tema de los sueños tiene muchas aristas. Por ejemplo, Nietzsche habló de la función cerebral de la memoria como la más afectada por los sueños; y María Zambrano se ocupó del tiempo y de distintos grados de consciencia presente en algunos de ellos y, como Borges, también habló de la pesadilla. Con todo, ella profundizó más en el tema, pues le dedicó dos libros al mismo. Este tópico, pues, hace parte de las influencias que la pensadora española recibió de él, así como su atención a las dimensiones profundas del hombre, dimensiones que el racionalismo de la sociedad técnico-científica había ocultado y que las filosofías de la vida trataron de rescatar ya desde finales del siglo XIX y en las primeras décadas del siglo XX. De ahí que no se puede comprender su vitalismo sin Nietzsche y sin Ortega y Gasset; al igual que su interés por las formas íntimas de la vida y las entrañas del hombre. 

Finalmente, no está demás decir que en María Zambrano -así como en muchos escritores tal como lo recogió Borges en El libro de sueños-, estos apasionantes temas oníricos inspiraron líneas dignas de recordar en la historia de la literatura. Ella, que fue la primera mujer que ganó el Premio Cervantes, en 1988; esa “sabia errante” (estuvo exiliada por 45 años) como la he llamado en mi libro La filosofía y las entrañas (2011), pudo escribir en su libro autobiográfico Delirio y destino: “quizás el universo nos sueña como su cumplimiento y estamos ya soñados, pre-soñados en flor y en el árbol que se yergue, en la misma materia extensa, soñada también, ella que aspira a la realidad y sirve para alcanzarla”.  

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