“No busco que Colombia se horrorice, sino que reflexione”

El viernes fue presentado en la capital de España “Mirar de la vida profunda”, libro que reúne 25 años de fotografías de la guerra en Colombia, captadas por Jesús Abad Colorado y ahora publicadas como obra de arte y memoria.

Imagen captada por Jesús Abad Colorado hace 18 años, luego del asesinato del defensor de derechos humanos Jesús María Valle

El primer recuerdo del 27 de febrero de 2015 como fecha conmemorativa para el fotógrafo Jesús Abad Colorado no será el reconocimiento de su obra transformada en un libro, resultado de 25 años fotografiando la guerra en Colombia y presentado el viernes en la Feria de Arte Contemporáneo ARCOmadrid. “Mientras estoy en España no puedo olvidar que hoy hace diez años estaba caminando por las montañas de Apartadó, a través de la Serranía de Abibe, siguiendo el rastro de la masacre de San José de Apartadó. Tampoco que en Medellín recordamos que el mismo día hace 18 años fue asesinado un defensor de derechos humanos que fue mi amigo, Jesús María Valle Jaramillo, que señaló todas las violencias y se solidarizó con todas las víctimas. Hoy el Estado colombiano, en la Universidad de Antioquia, pidió perdón por no haberlo protegido como miembro de una sociedad que lo dejó solo, a merced de los asesinos que le vendaron la boca por hablar demasiado y lo mataron con una pistola con silenciador”.

Son las prioridades de la memoria de Jesús Abad Colorado, el profesional que mejor ha documentado la guerra en Colombia y que ahora es el centro de las miradas del mundo del arte por lo que su trabajo representa para la conciencia de una sociedad. Eso es lo que las editoras y codirectoras de Paralelo 10, María Victoria Mahecha y Gloria Cristina Samper, vieron a través de la lente del antioqueño y lo condensaron en la obra curatorial Mirar de la vida profunda, que incluye textos de la asesora de Artes Visuales del Ministerio de Cultura, Carolina Ponce de León; del periodista Álvaro Sierra y del propio reportero gráfico. Estará disponible en librerías colombianas desde abril y mientras tanto Abad le explicó a El Espectador por qué sus imágenes transitaron de los medios de comunicación hacia museos, exposiciones y colecciones privadas.

¿Cómo define “Mirar de la vida profunda”?

Son 25 años de estar contando la historia del país con imágenes desde que era estudiante de periodismo de la Universidad de Antioquia, a comienzos de 1990. Fotografié allí a los líderes políticos Bernardo Jaramillo y Carlos Pizarro un mes antes de sus asesinatos. Esas son las primeras imágenes del libro y marcan esa historia del país en la que me ha tocado documentar esos hechos que hablan de todo lo que hemos perdido en vidas y de tantos daños que se han causado como consecuencia de la guerra.

Sin embargo, el origen de la especialización de su fotografía se entiende con la semblanza y las fotos de su familia.

Se incluyó una fotografía de mis abuelos para decir que la historia de nuestro país en el tema de la violencia hay que mirarla muchos años atrás para entender las raíces. Es una imagen de mi abuelo y mi abuela antes del año 60. Ellos perdieron la vida en San Carlos, Antioquia, una región conservadora, perseguidos por ser liberales. En agosto 16 de 1960 mataron a mi abuelo y a un tío, Germán, de 19 años. Mi abuela murió de pena moral en diciembre de ese año. Así que hice una retrospectiva para explicar que como consecuencia de eso la memoria a través de mi ejercicio profesional tenía que narrarla desde la óptica de gente como mi familia, que vivió luego el desplazamiento y la huida de San Carlos, tragedia repetida tantas veces a través de muchas otras familias. No olvidemos: a diciembre de 2014 la Unidad de Víctimas registró cerca de siete millones de afectados por todas las violencias que ha sufrido el país.

También hay una imagen de su padre, Héctor de Jesús, junto a su mamá, María Josefa, y su hermana.

Es una foto a color en una pequeña parcela que tienen, porque mi padre, después de ser desplazado, trabajó en la ciudad y cuando se jubiló lo primero que hizo fue: tenía una casita de dos pisos y vendió un piso y con eso compró una cuadra de tierra porque quería volver a sembrar. Por eso posaron rodeados de los productos que cosechan en su finca (aguacate, maíz, plátano, ahuyama, cebolla, flores), no para vender sino destinados a sus hijos y nietos. Para mí es la demostración de que la vida es generosa cuando hay esperanza. Él perdió a su papá, pero la herencia que le recibí a pesar del dolor es el mensaje que les he oído a los campesinos colombianos: el respeto por las demás personas y la necesidad de vivir en solidaridad.

Al epígrafe “soy lo que otros no pudieron ser” le añadiría “vi lo que otros no quisieron ver, lo que Colombia no debe olvidar”.

Eso viene de una frase que escribieron los niños de la escuela de Bojayá. En 2003, cuando iban a regresar a estudiar después de la matanza, dejaron constancia: “Este mural representa el dolor de los niños y niñas que cuestionan la guerra, el dolor y el abandono. Soy lo que otros no pudieron ser y por eso no los olvido. Grados IV y V, escuela urbana”. Estaba acompañada de dibujos del antes, durante y después de la guerra. Creo que tenemos una responsabilidad como sociedad con esas víctimas, tanto quienes vimos como la mayoría que no quiso ver lo que realmente sucedía.

¿En qué momento entendió que su responsabilidad era detrás de una cámara?

Por mi historia familiar entré a la universidad pensando que le podía aportar algo al país. Lo entendí desde segundo semestre, ante el asesinato selectivo de profesores y estudiantes en 1987, durante esa guerra sucia para eliminar a una generación defensora de la justicia y los derechos humanos. Yo estaba en clase de fotografía y supe que a través de imágenes era la forma como iba a contar la historia. Al final del libro aparecen los nombres de las víctimas de cada uno de los hechos de los que fui testigo, porque darles lugar, rostro, nombre y apellido es entender la dimensión de la muerte no sólo de pensadores y campesinos, sino de militares, policías, guerrilleros, paramilitares que siguen enterrados en las montañas.

Otro aspecto distintivo de su obra es el punto de vista. Bien lo define el periodista Álvaro Sierra como “la memoria ambulante de las víctimas”, porque es caminando junto a ellas que usted construye el testimonio gráfico de un cuarto de siglo de conflicto.

Teniendo en cuenta mis orígenes, mi trabajo no podía ser desde afuera, a través de una ventana, sino un ejercicio narrativo que muestra que cuando la gente huye no estamos hablando sólo de seres humanos, también de una casa, de un sembrado, de unos animales, de una cultura desterrada producto del asesinato, la amenaza. Eso no debía quedar invisibilizado, como tampoco el dolor de un hombre y de una mujer, de su familia luego marginada y señalada en la ciudad. Esa perspectiva es la sumatoria de muchas miradas y aprendizajes.

Pero hay un énfasis en su mirada distinto del de otros fotógrafos que han sido testigos del conflicto sin ir más allá del registro ni ser solidarios. En los lugares de conflicto usted se queda mientras los demás se van satisfechos, a la espera de imágenes más profundas, y luego vuelve, uno, cinco, diez años después, y sigue volviendo a esos lugares en busca de las cicatrices de la memoria.Esa posibilidad de volver es una enseñanza para cualquier profesional: cuando va a un lugar a contar la historia, los campesinos son generosos, sensibles, comparten su vida, sus penas, su casa, su alimento, su cielo, y lo único que se quedan esperando siempre es que ese ser que los oyó, al que le contaron su historia, le abrieron las puertas de su hogar y de su corazón, por lo menos regrese o los llame. Es un lazo de amistad que no todo mundo entiende. El humanismo debe ser la marca del equipo que uno carga.

Ese mirar profundo está en cada página del libro. Un ejemplo es la foto del matrimonio después de que la guerrilla arrasó Granada, Antioquia, con esas sombras largas del atardecer mientras la pareja entra a la iglesia.

Es quedarse a entender cómo la vida continúa a pesar de la barbarie. Beatriz García y Óscar Giraldo se casaron mientras todavía recogían los muertos en el pueblo, los periodistas se habían ido y apareció la lección: nuestro oficio no es hacer la imagen del dolor, de las lágrimas, de los sepelios, sino también las imágenes de la vida. Por eso hay que esperar y volver para ver la cosecha de los que se quedaron o regresaron y conocer a sus hijos. Si algo no deja deshacerse a nuestro país, es la tenacidad y la capacidad de resistencia de las comunidades afectadas por la guerra. Eso se entiende luego a través de las composiciones musicales, la poesía, el canto, la danza, que cuentan de alguna forma lo que sucedió y lo transforman en alegría con base en actos de valor y dignidad.

“El arte es el contrapeso de la barbarie”, dice la artista Doris Salcedo, y la obra de Jesús Abad Colorado hizo tránsito de los medios de comunicación a los museos, las ferias de arte, las colecciones. ¿Es una paradoja?

Es un ejercicio de memoria, de narrativa visual; lo único que yo hago es el producto de la experiencia moldeada por el intercambio de mis experiencias con profesionales de otras disciplinas que han ido ampliando el espectro de mi cámara hasta posicionarla en estos lugares. No porque hubiera pretendido llegar al mundo del arte, sino porque esas fotografías a veces tienen que remover conciencias de muchos sectores de una sociedad para que hagan una reflexión sobre lo que ha ocurrido en el país. Yo no busco que la gente se horrorice, busco que la gente reflexione y los espacios museográficos cumplen el papel de interrogar a las naciones sobre su memoria. Una cosa es una foto en un periódico todos los días y otra es mostrar, como en este libro, un camino recorrido dejando constancia de desventuras que nos deberían llevar a llorar mucho y a decir conscientemente: basta ya. No quisiera ver nunca más esos rostros de dolor, y para que no se repita hay que recordar, no olvidar, pedir justicia contra la impunidad, pensar en lo que somos y en las generaciones que están creciendo.

¿Cree posible hacer fotos de un país en posconflicto?

Sueño cada día con caminar ese nuevo país y veo en San Carlos, Antioquia, el pueblo de mi familia desterrada, el ejemplo de que sí se puede recuperar la convivencia. Por eso fue Premio Nacional de Paz en 2011. Es un camino difícil, pero yo siempre apuesto por la vida, no por la guerra ni por los poderes que se mueven detrás.

 

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