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hace 1 hora

No estaba muerto, andaba en España

En su más reciente novela, el escritor francés se convierte en personaje de un brutal asesinato. Hace algunas semanas, Francia entró en shock cuando el ganador del Premio Goncourt 2010 no cumplió su agenda editorial en Holanda.

Es un ataque furioso a la figura del autor, al arte contemporáneo, al mundo capitalista, al progreso cientificista, a Francia, a las relaciones de pareja, a las relaciones familiares. Es eso y mucho más. El mapa y el territorio, de Michel Houellebecq es quizás el epítome de su narrativa: en ella, el autor de Ampliación del campo de batalla, Plataforma y Las partículas elementales termina por convertirse, él mismo, en el sujeto de un crimen horrendo mediante el cual su cuerpo es cercenado y su cabeza exhibida como un trofeo.

El mapa y el territorio es la historia de dos hombres a quienes reúne la vida sin que ellos puedan darse cuenta. Jed Martin es un hombre poco apegado a la existencia, quien descubre su vocación por inventariar los objetos del mundo a través de la fotografía. Martin ha crecido huérfano de madre pues ella, una cosmopolita judía, se suicidó cuando él tenía tan sólo ocho años. Así, a Martin no le ha quedado más remedio que crecer al lado de su padre, un empresario de la arquitectura que se dedica a hacer construcciones por encargo. La relación de Jed con su padre será una de las subtramas centrales de una novela que muy pronto nos advierte su condición de tener un fuerte anclaje en el trasunto de la vida cultural del siglo XXI: Martin, al salir de la escuela de Bellas Artes en París, decide dedicarse a hacer intervenciones sobre mapas regionales de Francia. Muy pronto conoce a una enigmática rusa, de nombre Olga, encargada de las relaciones públicas de Michelin, una de las principales compañías de neumáticos del mundo, y ella le abre las puertas al mercado del arte. Primero como asociado de la compañía —que utiliza su nombre para hacerse un lugar como mecenas del arte— y, luego, como artista independiente. Martin no es un hombre apegado a nada y por ello decide cambiar, cada vez que se le ocurre, los motivos de sus creaciones. En uno de esos cambios, aparecerá la figura de Michel Houellebecq.

Martin decide comenzar a pintar una serie inspirada en la idea de los grandes oficios de nuestro tiempo. Por ello, desfilan por allí oficios comunes, en situaciones particularmente claves: Steve Jobs y Bill Gates, sellando un pacto sobre tecnología; su padre, el día en que decide licenciarse de la empresa; un cocinero y, claro, la figura de Michel Houellebecq, escritor. El último cuadro que Martin quiere hacer de la serie, Jeff Koons y Demian Hirst repartiéndose el mercado del arte, queda inconcluso. La trama se convierte en una autoficción mediante la cual Houellebecq se convierte en personaje de una particular relación, como si dos conciencias se encontraran para desvelar la oscuridad del mundo. El escritor se muestra como un misántropo, algo bebedor, que vive alejado del mundo y cuyos intereses son pocos. Martin le pide un texto para su catálogo y a cambio le ofrece un retrato que, en el mercado, puede ascender al millón de euros. Todo esto ocurre en 2036.

Dividida en un prólogo, tres partes y un epílogo, la novela nos pasea, con esa manera de narrar algo aséptica pero irónica, por el mundo del capitalismo y su probable desaparición ante la evidente inflación del valor de los objetos y del arte. En medio de esa trama de dos hombres peleando por entender el mundo, se perpetra el crimen que dará ocasión al epílogo, una suerte de investigación policíaca, cuyo final es una especie de tratado sociológico del devenir de la humanidad, un asunto que parece repetirse en las novelas del francés.

Houellebecq desaparece

El 14 de septiembre varios medios franceses anunciaron que Michel Houellebecq había desaparecido. Como si se tratara de una de sus ficciones, el mundo de la información reaccionó de una manera tan desmedida que se llegó a decir que el autor había sido secuestrado por Al Qaeda. Nadie sabía de su paradero. Tenía un compromiso en Holanda para lanzar El mapa y el territorio en ese país. Y no se presentó. Así, la ficción de su novela, donde era asesinado, pronto se convirtió en una especie de rumor por verificar. ¿Era posible que la novela fuera una especie de testamento? ¿Sería un performance sofisticado de un mundo acostumbrado a ver tiburones flotando en formol u hombres cercenándose un dedo frente a las cámaras de televisión como happenings artísticos?

El 16 de septiembre Houellebecq emitió un comunicado desde España, donde vive por temporadas, pidiendo disculpas a sus lectores holandeses por el olvido de la agenda. Nada más. Ahí acabó una de las historias más apasionantes de la semana de la Rentrée, que es la estación de lanzamientos literarios en Europa. Un golpe más, creo yo, de ese hombre nacido en 1956 en la isla Reunión, que, según él, sufrió un abandono temprano y fue criado por su abuela, una comunista a ultranza, de quien tomó su apellido. En 1980 se graduó como ingeniero agrónomo y sufrió recaídas emocionales, debido a un prematuro divorcio de la prima de su mejor amigo, con quien tuvo un hijo, todo lo cual lo hizo entrar a varios centros psiquiátricos. Gracias al editor Michel Bulteau comenzó a publicar sus poemas en la Nouvelle Revue Française, en 1985.

Houellebecq ha dicho en repetidas ocasiones que hubiera preferido dedicarse a escribir poesía, pero que llegó un momento en el cual pensó que debía trabajar. He ahí parte de su juego: el francés sabe de la preeminencia comercial de la novela y se le juega en cada una de ellas. Así lo hizo en 1994, al publicar Ampliación del campo de batalla, una brutal historia, lo que Houellebecq no niega: “Es un libro violento, una insolencia real que tuvo un cierto impacto y creo que perdí algo de esa insolencia (lo lamento) al volverme un poco humilde y más armonioso, pero es por cierto un libro insolente”.

Toda esta información proviene de internet. Como provienen de Wikipedia decenas de fragmentos de El mapa y el territorio, motivo por el cual el francés fue víctima de un escarnio público el año pasado, impugnado por varios periodistas que no concebían cómo se le había otorgado el premio más importante de las letras francesas, fundado hace cien años por los hermanos Goncourt, y que no entrega sino una pequeña suma de dinero, pero que asegura ventas, a un tipo capaz de tomar descripciones de pueblos, o cualquiera de las constantes digresiones de sus novelas, de la red. Él poco se interesó en el asunto. Al contrario, en la edición española de su libro agradece a Wikipedia, de donde dice tomar prestados varios temas.

Houellebecq ha jugado a hacer su papel en una sociedad que, desde hacía mucho tiempo, no tenía estrellas literarias internacionales. Él mismo lo ha dicho: “Me volví muy fácilmente el mejor escritor francés, pero el nivel de arranque era muy bajo. Si hubiera estado en la época de Balzac nadie se habría fijado en mí, pero de golpe me volví famoso. Me volví célebre y casi, casi me consideran un intelectual. Pero insisto: porque el nivel de partida era bajo”.

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