No estabas loco, Lukas...

Con una antología de los comentarios políticos de Lucas Caballero Calderón, el sello Debate conmemora el centenario del nacimiento del humorista bogotano.

Lucas Caballero Calderón, Klim. / Cortesía de Random House Mondador

“El tal Klim en El Tiempo te está copiando, pero no te preocupes: tú eres muchísimo mejor”, le dijo Gabriel Cano, por entonces uno de los directivos de El Espectador, a Lucas Caballero Calderón cuando descubrió que escribía en ambos diarios con pseudónimos distintos. Caballero decidió quedarse en el diario de los Santos —cuenta Juan Esteban Constaín en la introducción de Klim ciento por ciento— porque le pagaban mejor y publicaba más. Permaneció en él hasta el 30 de marzo de 1977, cuando le dijeron que debía bajar las tintas y reducir sus críticas contra el gobierno de Alfonso López Michelsen. Volvió a El Espectador y siguió allí hasta su muerte, en 1981.

Cualquier asomo a su biografía diría que Lucas Caballero Calderón, hermano del escritor de los mismos apellidos pero de nombre Eduardo, nació el 6 de agosto de 1913 en Bogotá, fue alumno del Gimnasio Moderno, fue expulsado de allí y enviado al colegio La Salle, pero por una pila de libros de Vargas Vila en su maleta, Flor de fango el primero, considerados una herejía por la Iglesia, también fue expulsado. A esa niñez le dedicaría palabras después. Como la ciudad se había quedado pequeña y como sus gélidos habitantes no soportarían a semejante individuo, Caballero Calderón largó para Europa. Desde allí escribió una serie de cartas que servirían para su primer libro, Epistolario de un joven pobre, y a su vuelta Gabriel Cano le propuso escribir una columna en El Espectador. Allí firmaría como Lukas; allí principiaría su periplo por los comentarios políticos, directos, plenos de humor y sátira, que fueron reunidos en Klim ciento por ciento.

Entre 1936 (cuando se publicó su primera columna en este diario) y 1981, Caballero escribió. Así podría resumirse, en una palabra, en un hecho, su vida. Fue conocido por andar siempre en pijama y pantuflas en su casa, fumando, recluido y sosegado. “Lo suyo era escribir —dice Constaín—, al punto de que de él podría decirse que vivió con el sudor de su pluma, que vivió de escribir toda la vida (...). Y sus análisis eran cada vez mejores y más agudos y más divertidos, diseccionando la realidad con la precisión de un entomólogo”. Aquí les presentamos muestras de su escritura y sus opiniones reunidas en esta antología.

‘Jorge Eliécer Gaitán’
La niñez y la juventud del doctor Gaitán fueron duras, como las de todas las personas que pertenecen económicamente a las clases menos favorecidas. Pero su grande ambición, tan aguda como sus colmillos antes de ser descogotados, lo disparó a los primeros planos de la atención nacional. El Forfeliécer fue el prototipo del chifoca en sus años mozos. Medias negras de color indefinido hasta más arriba de las rodillas, cachucha ladeada sobre la oreja derecha, cuello de celuloide con corbata escocesa y mirada conquistadora y fanfarrona. Era el tipo clásico del estudiante que invita a coquiar a sus compañeros de clase en el recreo.

‘¿Tiene usted un hijo problemático?’
¿Tiene usted un hijo problemático? ¿Un hijo,
 cómo le dijéramos, que empezó bachillerato en el Gimnasio Moderno y tuvo que terminarlo en el Colegio de Botero, después de haber fracasado en tercero de secundaria en La Salle? (...) Si es así, no se preocupe usted, su hijo puede tener aún un amplio porvenir en la vida si se dedica a la politología como los doctores Hanssen y Cepeda Ulloa. El politólogo no necesita capacitación previa de ninguna naturaleza, y será tanto más acatado e idóneo, cuanto más se equivoque. Lo único que se le exige es que cite a dos o tres autores extranjeros especializados en ciencias políticas (eso, por lo menos, es lo que aseguran ellos) y tenga una redacción confusa, masacotuda y enigmática. Como para que al terminar de leerlo la gente se pregunte: “Bueno, pues, y al fin de cuentas, ¿qué quiso decir este carajo?”.

‘Así como vamos, vamos bien...’
Leyendo los diarios de estos últimos días hay que reconocer que todo puede decirse del Mandato Claro (de Alfonso López Michelsen). Menos que no suministre temas muy sustanciosos y variados de conversación. Nunca antes habían estado tan animadas las visitas. (...) En realidad no se puede seguir hablando aquí de mexicanerías cuando el Congreso, para levantarle la inmunidad a una colega en desgracia, se esperó gallardamente a que ésta se hubiera fugado. No se sabe si ella ya está asilada en una embajada o establecida en el Canadá, cazando personalmente las pieles para sus propios abrigos. Muy bien pensado. A Julio Enrique Escallón no le sentó nada bien el clima por no haber llevado de la Contraloría ropa adecuada. Se sabe, eso sí, que antes de fugarse, la distinguida parlamentaria fue oída en confesión por monseñor Tote, digo, Tato.

‘Yo no’
Cuando alguien habla encomiásticamente del ahorro, en mi presencia, y dice que ésta es la única manera de asegurarse una vejez tranquila y confortable, una vez galvanizada de comodidades, a mí se me aprieta el corazón (...). Porque yo he observado que cuando un individuo que llevó una vida deliberadamente ascética, para satisfacer una voraz ambición capitalista, logra su objetivo, lo que él conjeturó como una apacible percepción de rentas se trueca en un peregrinaje atormentado por la necesidad de sortear la valetudinaria periodicidad de los ataques de gota, o las seniles acechanzas de las úlceras estomacales.


‘A mis editores de Medellín’
A partir de los quince años, cualquier muchacho se da cuenta de que mucho más laborioso que tener un hijo es tener un libro. Lo importante en los dos casos es que tanto el hijo como el libro sean propios. Ha llegado a conocimiento mío que un grupo de caballeros de Medellín está en la empresa de editar un libro con algunas de las crónicas que yo he publicado (...). El caso es que, en materia de derechos de los autores, hay un sinnúmero de disposiciones antipáticas que mis gentiles y espontáneos editores de Medellín parecen desconocer casi tan terriblemente como yo el peto, la natilla y el aguardiente de Guarne. Nunca es tarde para aprender, sin embargo, y así como yo nunca he desesperado de conocer esas tres cosas, tampoco pierdo las esperanzas de que ellos algún día se enteren de esta otra: que sin la venia del autor no resulta posible editar ningún libro.

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@acayaqui

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