No me encontraron (Lo que te conté mientras dormías)

Últimamente he estado pensando en los baños de Argel, esos que en vez de albergar agua recibían esclavos; he imaginado a Cervantes encadenado, con orina empapada y una mano inservible en medio de aquellos baños que ya no eran baños sino prisiones.

Miguel de Cervantes Saavedra, en versión de María Camila Quiceno. María Camila Quiceno

También he estado pensando en Dostoyevsky, porque seguro que esa manía de pensar y pensar más que yo, y de filosofar hasta la locura la adquirió bajo el frío glacial de Siberia, ese que de tan frío quema, quema como el infierno de Dante, con sus muertos congelados y su río helado que corre y corre; corre como Dante, que escapó de Florencia y nunca volvió ¿Qué tendrá de hermoso el exilio, que de su vientre salen hidalgos de los de lanza en astillero, asesinos de usureras y comedias divinas?

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Quizás el sufrimiento esconde mieles que los regalos o privilegios no son capaces de otorgar. Quizás sí sean los obstáculos y las dificultades las puertas al reino de los cielos. Tal vez de ahí vengan gigantes contra quijotes, de ahí nazcan el alma compleja y los traumas de rusos tan criminales como piadosos, es posible que de la miseria se genere en paraísos terrenales, tal como la flor de loto surge del barro.

¿Entonces no existen grandes obras sin sacrificio? Sin duda García Lorca estaría de acuerdo, pues su poema más hermoso manó del sueño premonitorio más horrible ¿Hay angustia más grande que soñar cómo será tu propia muerte?

Te confieso que tengo miedo. Si la humanidad y la grandeza se consiguen a pasos de dolor, me temo que probablemente renunciaría. ¿No son suficientes mis derrotas y estas heridas que no sanan? ¿Es que no cuentan mis fracasos y mis caídas?

Yo también me quedo sin voz cuando quiero gritar, yo también hiperventilo en las noches y mis traumas tienen forma de boína y fusta. He sido pisoteada, vilipendiada y de paso he servido de bufón. He llorado hasta romperme las costillas y he ensayado mis sonrisas. He callado tanto, que las palabras han intentado escaparse de esta prisión que no es Argel sino mi pena. Yo también me aíslo, me ha sido imposible levantarme, respirar, vivir.

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Que Cervantes, Dostoyevsky y Dante se atrevan a decirme que eso no vale, cuando cada quien lleva su propio padecimiento dentro. Eso es lo que me formó, eso es lo que me sigue formando y, te confieso, tengo miedo; pero espero sea suficiente para también escuchar el “cri cri” de las margaritas de García Lorca, comprender que aún tengo caminos por delante, levantarme, respirar, vivir, gritar y sobreponerme a mis pesadillas hechas a medida.

Te dejo, que creo ver un bulto meciéndose sobre el mar. Ya no encontraron a García Lorca. ¿No lo encontraron?, no, no lo encontraron. “Pero se supo que la sexta luna huyó torrente arriba, y que el mar recordó ¡de pronto! los nombres de todos sus ahogados”, y ese recuerdo eterno es la recompensa de esta pena tan humana e inhumana.

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2020-01-14T15:37:43-05:00

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Juliana Vargas / @Jvargasleal

Cultura

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