No todo lo quemó el fuego

Libros que se perdieron el 9 de abril.

Archivo - El Espectador.

Cuando la tercera bala impactó el cuerpo del caudillo Jorge Eliécer Gaitán, no solo perdimos a uno de los hombres más grandes  de nuestro país sino que se desató la destrucción y el desastre que ha acompañado a Colombia en los últimos 68 años. El 9 de abril a la una de la tarde se partió en dos nuestra historia, aquellos testigos del hecho que llenos de dolor tomaron la justicia por sus manos y decidieron atacar a Juan Roa Sierra, con arengas  "Mataron al doctor Gaitán, cojan al asesino", comenzaron a perseguir al perpetrador, quien fue sometido por un policía y lo escondió en una droguería. Pero no duró mucho tiempo. Llena de ira, la multitud entró y lo mató a golpes y llevaron su cuerpo por toda la séptima hasta la Plaza de Bolívar. Ese fue el comienzo de los desmanes que llevaron a la hecatombe de la zona céntrica de la capital.

En pocas horas la calle más importante de Bogotá se llenó de fuego,  los locales fueron saqueados y esta revuelta, que llenó de gritos que buscaban la renuncia del presidente  Mariano Ospina Pérez y el fin del gobierno conservador, llevaron a cientos de liberales a desahogarse con violencia extrema en contra de los muebles e inmuebles bogotanos. Hoy podemos hojear las fotografías de Sady González o de Manuel H para ver el grado de destrucción que ocurrió en la capital.  Existen miles de hojas e investigaciones que hablan de las víctimas que sufrieron este día y cómo fue cada una de sus horas de sufrimiento, pero yo quiero entregar estas palabras a una en particular: los libros.

El primer libro que sufrió en esta jornada fue escrito por un poeta bogotano que recordamos entre muchos logros por ser el único Premio Cervantes que ha tenido nuestro país. Joven encantador de 24 años, Álvaro Mutis comenzaba su carrera como poeta, entregaba sus horas diurnas a trabajos remunerados en especial como relacionista público, pero en sus horas intimas hacia poesía. Ya había comenzado a tener contacto con el mundo intelectual de nuestro país y había publicado, gracias a Eduardo Zalamea, dos poemas suyos en el suplemento dominical de El Espectador. Meses antes del 9 de abril, conoció gracias a una amiga periodista a Casimiro Eiger, intelectual polaco que había vivido en Paris y  estimuló al bogotano a pulir sus escritos. Un día le presentó a un amigo suyo llamado Carlos Patiño, de apenas veinte años, que también era poeta. Eiger pensó que estos dos jóvenes que escribían tan distinto podían hacer una obra en conjunto. El polaco los ayudó a organizar su obra y estructurar el libro y el manuscrito se terminó de imprimir el 16 febrero de 1948 en los talleres PRAG, pero solo en abril se pudieron sacar los 200 ejemplares estipulados en principio, cada uno numerado y firmado por los autores.

En una entrevista a Fernando Quiroz, Álvaro Mutis cuenta que: “el éxito de La balanza (como se llamaba el libro) no tiene precedentes en la literatura colombiana. El 8 de abril repartimos la edición en las principales librerías del centro de Bogotá, y al día siguiente no quedó un solo libro. La edición se agotó en cuestión de horas… por incineración”.

Un dato hermoso sobre esta historia ocurre casi 50 años después, el viernes 24 de octubre de 1997, el día en que Álvaro Mutis recibe el Premio príncipe de Asturias de las Letras en Oviedo, España. Muy lejos de allá, en Bogotá, en la biblioteca que le perteneció al maestro Eduardo Carranza, apareció un ejemplar de esta obra. Su hija, quien había heredado sus libros, la poeta María Mercedes Carranza, le mostró el ejemplar al expresidente Belisario Betancur, quien como homenaje a Mutis coordinó la reproducción y publicación de un facsímil en estuche de cuero de 500 ejemplares de esta obra por Navegantes Editores.

Otro libro damnificado del Bogotazo fue el del poeta y periodista antioqueño Rogelio Echavarría. Nació en 1926 y desde muy joven tuvo que luchar para salir adelante, pero siempre cerca de las letras. En la escuela ganó un concurso de poesía, y hacía una primitivo periódico con papel carbón. A los 16 años entró a trabajar en el diario El Pueblo, de Medellín, su primera escala a su otro gran amor, el periodismo, y en la capital antioqueña tuvo contacto con el mundo cultural de la ciudad. Poco tiempo después llegó a Bogotá para trabajar en El Espectador, bajo la batuta de Luis Cano. Ahí cumplió sus 22 años. Entre noticia y noticia, sacaba tiempo para escribir sus poesías.

Rogelio Echavarría recuerda en una entrevista con la poeta Piedad Bonnett esta época: “Ya en Bogotá, Abel Naranjo Villegas me publicó Edad sin tiempo, mis “canciones de adolescencia”. Apareció en febrero o marzo de 1948, y el 9 de abril se quemó toda la edición, cuando las llamas alcanzaron la librería Siglo XX, en la calle 12, única que lo tenía”.  Este libro fue publicado en la capital por ediciones Teoría. Algunos poemas fueron recuperados en su gran obra maestra, El Transeúnte, publicada por primera vez gracias al intelectual Pedro Gómez Valderrama, quien fue ministro de educación en 1964, y al poeta Aurelio Arturo, quien era el jefe de la Extensión Cultural del Ministerio. Ellos llevaron el manuscrito a la editorial de esta entidad. Pero este no fue su único encuentro que tuvo su obra con el fuego. A finales de la década de los cuarenta, el escritor Jorge Gaitán Durán le había pedido sus poemas para publicarlos en la revista Mito, de la que era fundador, pero Echavarría se arrepintió y los retiró para corregirlos. Llevó los manuscritos al lugar de trabajo, el cual fue incinerado por las hordas conservadoras el 6 de septiembre de 1952. Ese lugar era El Espectador. 

El siguiente damnificado por el Bogotazo fue el chocoano Arnoldo Palacios, uno de los grandes escritores de nuestro país. Nació en 1924 y recordaba que en su infancia había buscado su futuro mirando el mar, pero para llegar a él debió hacer su primer paso en el sentido contrario, hacia las montañas. De esa forma llegó a Bogotá. Se bajó del Tren de la sabana para estudiar, y gracias a una beca del Ministerio de Educación pudo terminar su bachillerato. Luego estudió derecho en la  Universidad Libre, la cual abandonó agarrándose de la literatura. Iba al café Fortaleza (el futuro Automático) a escuchar a los escritores colombianos en la capital. En esas mesas vio a León de Geiff, y escribió su gran novela Las estrellas negras, cuando tenía 23 años, y le llegó el Bogotazo. Esos primeros días de abril de 1948 estaba pasándola a limpio. Decidió salir de su casa a recorrer, como era costumbre, el Parque Nacional, espacio donde leía y estaba cómodo a pesar de los problemas físicos que le había dejado la polio, y estallaron las revueltas. Palacios se salvaguardó en la casa de la gran poeta Matilde Espinosa, quien le dio abrigo, pero al final de otro día llegó a su cuarto y descubrió que muchas de sus cosas habían sufrido por el levantamiento, incluyendo su manuscrito, que había sido destruido. Gracias a su prodigiosa memoria  pudo reconstruirlo en tres semanas, y darnos a los lectores esa maravillosa obra, que se publicó meses más tarde. 

Otra historia que está relacionada con ese viernes 9 de abril tiene que ver con nuestro nobel, Gabriel García Márquez, quien en ese momento tenía 21 años y estaba en Bogotá estudiando derecho, carrera que estaba cursando para complacer a su padre. El escritor costeño recuerda en sus memorias, Vivir para contarla, que la noticia de Gaitán lo toma almorzando en su pensión, a menos de tres cuadras del suceso: “Wilfrido Mathieu se me plantó espantado frente a la mesa. -Se jodió este país -me dijo-. Acaban de matar a Gaitán frente a El Gato Negro”. Salió corriendo al lugar de los hechos pero ya se había llevado el cuerpo del caudillo. Ahí averiguando qué pasaba, vio cómo estallaron los desmanes, regresó a la pensión donde trató de refugiarse pero la casa comenzó a incendiarse, al ver todo el caos metió en una maleta sus pertenencias para buscar un mejor refugio, pero al otro día se dio cuenta de que había cosas que no había metido en la valija: “quedaron borradores de dos o tres cuentos impublicables, el diccionario del abuelo, que nunca recuperé, y el libro de Diógenes Laercio que recibí como premio de primer bachiller”, cosas que nunca recuperó.

No solo los escritores de nuestro país se perjudicaron el 9 de abril. Uno de los grandes maestros de la generación del 27 español sufrió la misma suerte. Su nombre era Pedro Salinas,  el gran poeta y ensayista ibérico que huyendo de su país, que había sido dominado por el franquismo, duró quince años en exilio en el continente americano.  En esos ires y venires terminó en Bogotá, dictando clase en la universidad Nacional, donde sus amigos le pidieron que publicara algunos ensayos que había guardado en sus viajes. Ahí, en 1948, llegó a la luz El defensor.  

Este conjunto de textos son recopilados en la editorial de la Universidad Nacional y publicados ese año. Es importante resaltar que este libro tiene historias muy difusas pero hermosas, gracias a dos escritores. El primero es Juan Marichal, quien hace el prólogo del libro, recuperado por la editorial Alianza, quien dice que el libro, pocos días después de ser publicado, fue puesto en un sótano y cayó en el olvido y la destrucción por la humedad y el fuego en el Bogotazo, dejando muy pocos ejemplares recuperables. Esta leyenda la fundamenta un valioso interlocutor, quien estuvo en Bogotá en 1951, y es otro de los grandes representantes de la generación del 27: Jorge Guillén, que tuvo una estrecha relación con el escritor colombiano Fernando Charry Lara y miembros de la revista Mito, donde hizo algunos aportes a su contenido.

Él  le preguntaba a Oreste Macrí en una carta de noviembre de 1961: “¿Tiene usted El defensor de Salinas? He logrado salvar algunos ejemplares”.  La verdad de este momento es que el libro sí fue publicado por primera vez en nuestro país, la segunda pregunta es cuándo. Fue antes o después del 9 de abril. Es un libro difícil de conseguir, y tiene un precio invaluable. Algunos aseguran que se perdió en una bodega húmeda, y como dice el parlamento editorial del libro, fue impreso en junio en 1948, pero es común que estas fechas no se adapten a la realidad sino a una aproximación dada por el impresor. Lo único seguro es que la verdad la saben aquellos que ya murieron, pero los amantes de la literatura reconocemos lo bello de la anécdota. Aquellos que gozamos la suerte de conocer un ejemplar real de esta curiosidad única, damos fe de su valía y seguimos repicando el mito que lo rodea y la importancia de ser parido en nuestras tierras.

 

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