La noche de la usina, el relato perfecto de la revancha

La antropóloga Rubi Duarte examina cuidadosamente la obra con la que el escritor argentino Eduardo Sacheri ganó el Premio Alfaguara de Novela 2016. Es la historia de un conjunto de vecinos que, ante la crisis vivida en Argentina a comienzos del siglo XXI, se asocian para evitar la desgracia, aunque paradójicamente será entonces, el inicio de un drama.

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AFPEduardo Sacheri
Al leer el título o ver la portada del nuevo libro de Eduardo Sacheri, el lector no se alcanza a imaginar la sorprendente historia que le aguarda. Título y portada son componentes perfectos, pistas que ayudan de a poco a entretejer la maravillosa trama que le mereció al autor el Premio Alfaguara de Novela 2016. 
 
“La noche de la Usina” resulta ser más que una novela policiaca, pues es la suma de historias de amor, política, lealtad, cinefilia, ingenio y honor; historias que en su totalidad retienen al lector en sus páginas y le obligan a no detenerse con tal de saber cómo va a terminar todo. 
 
Sacheri que desde la década de los noventas empezó a escribir, es bien conocido por su novela “La pregunta de sus ojos” publicada en el 2005, de la que luego coescribió el guión junto a Juan José Campanella para su adaptación al cine bajo el título “El secreto de sus ojos”.  Además, es un dedicado profesor de historia de secundaria, apasionado del fútbol, usuario frecuente de las redes sociales y ferviente promotor de la importancia y necesidad de leer.  
 
En esta obra no abandona el fino humor, los apuntes deportivos, las reminiscencias políticas, el dulce amor, la recursividad y el misterio que caracterizan su estilo; su letra es fresca y sin rodeos, pareciera que es un buen amigo quien relata la historia, ese que sabe ponerle suspenso al relato y obliga a quien escucha a que le cuente más y más, que no lo deje con la intriga, con la curiosidad de saber qué paso. 
 
Todo sucede en un pueblo recóndito ubicado en la provincia de Buenos Aires, un lugar al que todo tarda en llegar y cuando algo llega, tarda en irse o que cuando se va, muy difícil vuelve. En O’Connor la vida pasa con calma, sus habitantes se ocupan día a día de sus obligaciones, algunos padres esperan las fiestas para volver a ver a sus hijos que regresan de la universidad en Buenos Aires, alguna noticia los distrae de la rutina mientras descansan en las veredas frente a sus casas y se toman unos mates o unas cervezas. 
 
La historia explota a causa de la decisión que impone el Gobierno de Fernando de la Rúa, el 03 de diciembre de 2001, en la que al pueblo argentino se le restringe disponer libremente del dinero que tenía depositado en los bancos, acontecimiento que pasó a ser conocido en la historia como el “Corralito”. Medida que afecta a un pequeño grupo de habitantes de O’Connor, que ingenuos y soñadores caen en la trampa de un par de avaros, estafa donde no solo pierden el dinero, sino que les arrebatan el orgullo, porque: “Lo peor fue la sensación. La sensación de sentirse usado, humillado”. 
 
La nueva historia de Sacheri relata las proezas que realizan un grupo de hombres que, heridos en su orgullo, con ánimos de revancha, afectados por las decisiones estatales, cobran venganza de su infortunio con el más ingenioso de los planes. Para ellos, hay dos opciones: ir recuperando de a poco su dinero cada semana, sentirse imbéciles por el resto de su vida y quedarse como si nada hubiera pasado o apostar al todo o nada, arriesgar sus libertades y hasta sus vidas, pero conseguir el dinero de un sopetón y sobretodo, lo más importante recuperar sus dignidades al verle la cara de derrota al mal nacido que los estafo.
 
Es así, que un grupo de hombres que pareciera que no tienen mucho que ver, se convierten en cómplices y amigos. Los dirige una vieja gloria del fútbol argentino, amante de las películas clásicas que termina involucrando también a su amado hijo, un chico tan sereno como su padre, le siguen un anarquista libertario, fiel admirador de Raúl Alfonsín (aunque parezca inconexo con su anarquismo) y profundo enemigo de los peronistas y los militares, luego se suma el encargado de la estación de trenes que ama su vida tanto como a su destartalado Citroën, están también los hermanos López, un par de pibes ingenuos pero trabajadores, aunque no se sabe si más inocentes que un viejo que prefiere que su casa se inunde en cada temporada de lluvias que cambiarse de lugar, por último, se encuentran otra dupla de padre e hijo, pero totalmente diferente a la primera, el padre nunca supo expresar su amor y el hijo nunca supo cómo congraciarse con su viejo.
 
El reparto de esta trama se vale de una serie de estrategias para recuperar lo perdido, poniendo en marcha planes que literal son sacados de las películas, obligándolos a colocarse en perfecta sincronía cuando la situación lo amerita y en no darse el lujo de omitir algún detalle, pues “Si no sale todo bien significa que todo salió mal. No hay resultados intermedios. No puede haber ni una falla. Hasta el final tiene que ser perfecto. Y perfecto significa secreto.” Por eso, es que la noche en la que todo ocurre, nadie (a excepción de los involucrados) sabe a ciencia cierta qué paso, cómo paso y sobre todo por qué paso. 
 
El autor no se centra solo en contar una historia de revancha, de cómo se le da un escupitajo en la cara a quien se aprovecha de la necesidad ajena, sino que relata otras subtramas: una historia de amor inocente y graciosa, el olvido del Estado para un pueblo en medio de las rutas 7 y 33, la tierna ensoñación de dos hermanos, el dolor de un hijo y la impotencia de un padre o la intranquilidad que trae lo que no se consigue con esfuerzo.
 
Todo acontece de a pedazos, los sucesos son narrados en cortas invocaciones que conforman un total de cuatro actos, cada acto tiene un título que se entenderá al final del mismo. Parece que Sacheri ha pensado esta obra para que también se haga película, y la verdad, tiene bastante potencial para serlo, es imposible no imaginársela en pantalla grande al mejor estilo de los westerners o thrillers. 
 
Eduardo Sacheri logra con esta novela hacerle justicia al olvidado, les da la victoria a los que usualmente serían los perdedores, con humor y seriedad demuestra que en juego largo hay desquite, y que la gloria no tiene que ser proclamada a gritos, sino que basta con ver en silencio el desconcierto de quien creía todo ganado, para poder decir entre unos pocos: “No me alegra, pero me da un fresquito”. 
 
 
* Antropóloga, Universidad Nacional de Colombia

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