Jóvenes talentos en este municipio de Cundinamarca

“Nocturno”, texto ganador del concurso “Facatativá cuenta desde la ventana”

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Publicamos la crónica ganadora del Tercer Concurso Municipal de Cuento, Poesía, Crónica y otras expresiones audiovisuales, en homenaje a Silveria Espinosa de Rendón.

Ese domingo me desperté a las 8 de la mañana pensando en que al siguiente día iba a ir al colegio, como ya la rutina me tenía acostumbrado. Estaba haciendo frío y sentí un olor pestilente. Algo no estaba bien, tuve una sensación; un aire caló por mis vísceras y un escalofrío me recorrió de pies a cabeza.

Hace poco había leído “La Peste” y solo pude pensar en esa calma tan frágil que habían sentido los conciudadanos de Orán antes de que la enfermedad entrara en cada rincón de sus vidas, como lo hacen las ratas cuando encuentran un agujero en donde atrincherarse. (El plan piloto de regreso a clases de 19 colegios en Bogotá).

El aire de mi habitación se sentía cada vez más denso, no podía respirar con facilidad, encontraba ese olor repulsivo. Abrí la persiana y miré a través del cristal. Lo único divisible era una mujer, alguien con sombrero y vestido largo, con modales extraños y que caminaba como si no supiese lo que estaba por venir. De un momento a otro un sonido que parecía provenir de mi cabeza me sacó del trance en el que no había advertido estar, ya no había mujer y no había abierto aún las cortinas, solo pude pensar en que mi cabeza daba vueltas y que ese maldito olor me está desquiciando.

Me paré de mi cama cerciorándome de que no estaba aún acostado, abrí la ventana y pude sentir que el olor no provenía de afuera, sin embargo, tampoco de adentro de mi casa. Lo único que se pasó por mi cabeza fue que debía tomar una ducha, seguramente ese olor insoportable era mi culpa y no podía permitir que me perturbase algo de tan fácil resolución como lo es un aroma desconocido.

Al abrir la puerta de mi cuarto pude ver que el pasillo en el que se conectaban el cuarto de mi hermano, el de mis papás, el baño, el estudio y la biblioteca, se veía más largo que nunca; intenté llegar sin éxito a mi destino y cuando entendí que no lo lograría, simplemente me recosté cerca de la puerta de mis papás, que de hecho está a centímetros de la mía.

Todo era muy confuso y lo único que tomé por resolución fue matar el tiempo mientras esperaba que el pasillo recobrara su tamaño natural. Como esa puerta se encuentra al lado de la biblioteca de enciclopedias, cogí la primera que pude alcanzar y ese movimiento me tomó alrededor de 30 minutos. Sabía que habían sido dos cuartos de hora porque el sol ya había dejado de iluminar la chapa de la puerta, lo que significaba que ya se había movido lo suficiente como para vislumbrarme.

Cegado por la luz de la media mañana empecé a buscar, sin mucho método, algo que me interesara, para este momento ya habían pasado otros dos cuartos de hora, encontré gratificante que desde la última vez que me había puesto en la tarea de entretenerme, esa enciclopedia estaba invariante. Los datos inútiles seguían siendo inútiles y los nombres pomposos seguían prefiriéndose por sobre la claridad.

De repente el pasillo dejó de ser un obstáculo, me puse de pie y logré, si a eso se le puede llamar lograr, llegar al baño.

Me encontré desnudo y dentro del rectángulo claustrofóbico que llamo ducha, me percaté que no tenía una toalla con la que secarme, era una pena, en ese momento lo único que pude pensar fue que a mi papá no le gustaba el desorden y la minucia con la que tendría que limpiar iba a tomar un tiempo del que no disponía. En medio del agua, el jabón y el shampoo, sólo pensé que era terrible que en el mundo se estuviera viviendo tal crisis, esa misma como la que se nos avecinaba a los países latinoamericanos. Como era costumbre empecé a hablar siempre apreciando el eco que se generaba y que hacía reverberar mi voz:

-¿Será que tendremos una crisis?- me dije con un poco de pesadez-.

Pero algo extraño sucedió. En otras ocasiones mi interlocutor era la etiqueta de acondicionador que dice, sin escrúpulos, que revitalizará mi cabello, sin embargo, esta vez no me encontraba con las etiquetas de mis productos de baño, o al menos no solo con ellas. Esta vez tenía un interlocutor que era mucho más perspicaz que mis viejas compañeras de ducha.

Cuando por fin pude entender las palabras que rebotaban en las paredes húmedas del baño, me di cuenta de que advertían un tono melancólico:

-Pues claro que tendremos una crisis, no imaginas los días que nos esperan. Hace mucho que nuestro destino es la monotonía y si ya antes sentías que se apoderaba de tu vida, ahora todos los días se verán como el anterior. Viviremos sumidos en la rutina y nuestros movimientos serán pesados e intrascendentes. Recuerda que lo único que siempre nos ha mantenido como individuos es que somos sociedad. Somos frágiles primates sociales y en el momento en el que nos arrebaten eso saldremos a las calles a pelear por la posibilidad de contagiarnos; defenderemos nuestra libertad y nuestro estandarte, será ese derecho que creemos tener a decidir cuándo morir y cómo hacerlo.-

Sentía que las paredes se derretían, caían gotas y el vapor me impedía ver con claridad. Las frías baldosas que revestían mi baño se tornaban de un brillante turquesa y el agua advertía un tono amarillento y grasoso. Cuando me vi fuera de las divisiones cristalinas que me apartaban del resto del baño, sentí de nuevo ese olor y para ese momento ya no escuchaba más palabras de mi nuevo interlocutor.

Ya atravesado el umbral que protege que las habitaciones de la casa se mezclen, me di a la tarea de encontrar un ambientador. Cuando por fin encontré uno, rocié con tal esmero que lo único que podía esperar era que desapareciera esa pestilencia que me perseguía. Luego de un rato entendí que estaba peleando con un enemigo que además de invisible era inteligente. Parecía que el olor se reprodujese; puertas y ventanas, pisos y barandas, tenían impregnadas un líquido que a simple vista no mostraba su naturaleza. El olor se expandía y sin capacidad de pararlo logró extenderse por cada pestillo y junta de la casa. Para ese momento ya era hora de almorzar, salían sonidos de mis entrañas como si de animales se tratase. Cuando volví a mi cuarto y miré el reloj de pared que tengo cerca de un viejo barquito de juguete, comprendí que había tardado más de lo esperado y que la hora de almuerzo ya había pasado hace un par de horas. No entendía cómo habían pasado ya seis, desde que había abierto la ventana de mi cuarto. Sin embargo, no me quedé mucho pensando. Cuando abrí los cajones de mi armario y saqué un pijama de tonos grises, me percaté de que el olor, por extraño que pareciese, había dado tregua.

Me puse el pantalón y la camiseta con una desconfianza que era síntoma de esa extrañeza que sentía. Cuando ya estaba vestido me dispuse a leer. Abrí un libro que tenía las puntas desgastadas y olía a pegamento, era de un color rosado escandaloso y en el lomo decía “Lolita”. Perdido en la lectura pude sentir que un ruido en mi cabeza se acrecentaba. Ya no era tiempo de hablar con etiquetas de productos de baño y aun así esa voz melancólica se repetía. En ese momento comprendí que el interlocutor misterioso no era más que esa voz que todos escuchamos en nuestra cabeza, seguía en ese trance inicial y aún no había abierto la persiana.

* El concurso fue organizado desde abril, en plena cuarentena, y contó con el respaldo de instituciones como Colsubsidio, la Fundación Terpel y Corpoeducación. También incluyó narrativas digitales como animación, podcasting y video. La premiación, hecha el 23 de octubre, se puede ver en el Facebook de la Red de Lenguaje de Facatativá.

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