Nueva Orleans, la ciudad que la música diseña

Un recorrido literario y musical a través de las calles, casas e historias de una de las ciudades más particulares de los Estados Unidos.

Las calles, una de las inspiraciones del jazz. / Diane Phillips

En En busca del tiempo perdido, Marcel Proust escribió que nada es tan decepcionante como los lugares de ensueño, ya recogidos en mente, los lugares amados a través de las palabras de otros. La realidad, escribe, sabe opaca y sosa; más altas las columnas del templo mental, más colosal el derrumbamiento. Una realidad, pues, como una pérdida de tiempo. Pero leí y amé Proust antes de dedicarme a viajar, y con cada nuevo viaje estuve más en desacuerdo. La realidad, encarnada en toda su locura, siempre lograba asombrarme, incluso cuando era decepcionante.

Ahora bien, de ningún lugar en el planeta, ni siquiera Venecia, tenía tantas visiones interiores, tantas expectativas, como de Nueva Orleans, Luisiana, Estados Unidos. Había leído a Boris Vian y a Jack Kerouac, y en mente veía relucir el cobre del saxofón, fluir el bourbon de contrabando, retumbar el jazz en un bar lleno de humo. Había leído a Anne Rice, y estaba obsesionada con fantasmas. Fantasmas en las casas coloniales airosas, en las noches perfumadas por el jazmín y las veraneras. Brujas en las orillas del bayou, mulatos elegantes, esclavos e irlandeses en las calles del Barrio Francés, polvorientas y ardientes. Resonaba esa visión suya, de una ciudad edificada sobre una ciénaga, merendada por el aire pesado y las matas voraces, cuyos habitantes seguían soñando la existencia.

Y, otra vez, la realidad me golpeó violentamente sin decepcionarme. Las calles eran tan ardientes, las casas tan airosas, la noche tan perfumada como lo soñaba. Los bares tan oscuros, los cobres tan retumbantes, el bourbon tan peligroso. Vi las veraneras y las vírgenes adornadas de centenas de collares de carnaval brillantes. Pero vi también el Deep South, violento y miserable. Vi a los vagabundos, tomando de una botella escondida en papel kraft, iluminados por las luces de neón de los drugstores, y en la orilla del Mississippi, mientras pasaban los trenes de mercancías, grises e interminables. Oyendo su acento nasal y arrastrado, pensaba en las conversaciones interminables que preceden a las balaceras en las películas de Tarantino.

Exploté petardos al frente de un bar desdichado, Saint Rock Tavern, poblado de rockeros perforados, en la noche del 3 de julio. Tenía el mismo juke box, los dos mismos flippers y el mismo billar que miles de otros bares. Conocí a Kid, mi vecino de unos días, el escobero cuentista que me dijo que no sabía tomar su tiempo desde el apocalipsis de Katrina, hace más de diez años, cuando todavía atravesaba confiado la adolescencia. Hablamos por horas sobre el porche de la casa blanca y verde, viendo el asfalto destrozado de la calle, el pasto y las gallinas vagando. Eso a algunas cuadras al este del Barrio Francés mítico.

Y amé Nueva Orleans aún más por eso. Pues era la realidad: tres siglos de creación y violencia; el espíritu del tiempo riéndose escondido en las grietas entre las épocas. En el Barrio Francés, Vieux Carré, a la orilla del Mississippi, caminé entre los edificios coloniales españoles, pues la Nouvelle-Orléans perteneció al Imperio francés y luego al español, antes de que Napoleón la vendiera al presidente Jefferson. Caminé por las calles de mis personajes de novela, de los vampiros y de aquellas hermosas cortesanas mulatas.

No los vi, pero vi fachadas polvorosas y balcones suspendidos. Vi artistas de calle, mujeres desnudas con medias de red y sombrillas de seda, magos, videntes, un saxofonista subyugante en la esquina de Bourbon y Canal Street, al lado de dos jugadores de ajedrez. Vi niños tocando tambores por unos dólares, hombres masivos envueltos en sus sousafones relucientes. En el museo de Jackson Square vi las cuentas de venta de los esclavos de las plantaciones; caligrafía airosa dibujando crímenes. Vi docenas de bares, máquinas tragamonedas, hip hop hardcore en los clubes, y el bourbon fluir sin medida. Multitudes ebrias.

Por dos dólares tomé el ferry que desde hace siglos cruza el Mississippi. En un bar d’Algiers, el pueblo que hace frente al Barrio Francés, al sur del río, un barman texano me sirvió un bloody mary. El juke box se tragó mi dólar y lo sorbí, mientras tocaban House of the Rising Sun de The Animals, y Alabama Song de The Doors. El texano me ofreció otro trago. Cuando volví a cruzar, el cielo de las ocho estaba plateado y desgarrado de luz encima del río. Al otro día me bañaba en el lago Ponchartrain, en el otro límite de la ciudad, en el extremo norte. Un lago tan vasto que la otra orilla desaparece.

En Canal Street, la antigua frontera de la ciudad, antaño el único terreno de trueque entre los franceses creoles y africanos, y al este los angloamericanos, tomé el streetcar de Saint Charles Avenue, el tranvía viejo de ciento ochenta años. Lento, anticuado, siempre abarrotado, manejado con palancas surrealistas por una mujer de voz africana, teatral y poderosa. Finalmente me bajé en First Street, en el calor sofocante. Estaba en el Garden District, el edén de mansiones, columnas vertiginosas y árboles colosales, edificado a lo largo del siglo XIX por los estadounidenses adinerados.

Como Proust lo hubiera hecho tal vez, me canté los nombres de sus calles. El poema de un loco, mezclando sin vergüenza las lenguas. Melpomene, Terpsichore, Felicity, Delachaise, Amelia, Constantinople, Napoleon, Bordeaux, Bellecastle, Prytania, Chesnut, Magazine, Chipewa, Rousseau, Tchoupitoulas. Donde vagan los fantasmas. Me senté en una esquina, torbellino de perspectivas, sobre unas raíces, una suave manta de musgo. Alrededor, templos inmaculados, sus columnas hacia el cielo. Mansiones color malva, porches de hierro forjado. Como duquesas italianas, mirando tras un velo, grandes ojos seductores tras el encaje negro. Las palmeras las esconden, abanicos inmensos. Mansiones enormes, tentadoras, inquietantes. No vi ningún fantasma, pero vi bailar, con una lentitud obsesionante, los ventiladores del porche.

Caminé por un laberinto de mausoleos en el cementerio Layafette. Del sur de Magazine Street al Mississippi, vagué por el Irish Channel, ya más africano que irlandés. Ahí dos catedrales se hacen frente, Saint Mary’s Assumption y Saint Adolphus, que solían enfrentarse: la de los ingleses ricos y la de los pobres irlandeses. En Magazine Street, el límite de clase, encontré un edificio colosal entre los bares y los cafés. Saint Vincent Orphan House, un orfanato convertido en hostal. Un edificio de ladrillo rojo con una corte interior selvática y los omnipresentes encajes de hierro, destacándose en blanco sobre la fachada inmensa. Mientras uno lo mira, parece que se acercara. El ascensor tiene un siglo… se demora casi tanto. En los corredores inmensos hay lámparas art nouveau. El Garden District, el edén de otro siglo.

Desde hace tres siglos Nueva Orleans sobrevive, inundación tras huracán. ¿Sobre las alas de su belleza, los vapores de su bourbon, el éxtasis de su lujuria? Ni siquiera. La música es, según Nietzsche, expresión de la voluntad pura, sola entre las artes y en el soplo de sus cobres, Nueva Orleans se recrea. En Frenchmen Street, en la extremidad este del Barrio Francés, vi jóvenes bailar, frenéticos, poseídos por el jazz. Escuché a Grace Gibson, la voz de metal del bajo, el soul alzar el vuelo como volutas de humo. Lejos, al este del Barrio Francés, en Vaughan’s, funk arrebatado, el vaivén obsesionante del trombón, su voz de cobre que lo desgarró todo. El trombonista Corey Henry, el éxtasis en su rostro.

Tan insípidas mis palabras, tan corto mi soplo… La música no se escribe, acopla las vísceras al alma en un instante, absoluta, autosuficiente. Basta decir que mis cuerdas vocales temblaron con los vientos, que sentí la ráfaga de los cobres contra la pared de mis pulmones. A la ciudad cuna de Louis Armstrong la llaman The Big Easy, la Gran Relajada, complaciente, promiscua… Como la panza generosa de una trompeta. Una ciudad hecha de música, cuya alma feral explota, día y noche, por todas partes. Una oración salvaje que mantiene la ciudad hundida a flote.

Temas relacionados

 

últimas noticias