O el diablo encarnado tocando violín

El 18 de diciembre se estrena ‘El violinista del diablo’, del director Bernard Rose, sobre el virtuoso y polémico músico italiano. Perfil sobre un talento extraordinario.

En ‘El violinista del diablo’, el músico David Garrett interpreta a Niccolò Paganini. El filme es dirigido por Bernard Rose (también director de ‘The Kreutzer Sonata’).

Niccolò Paganini fue en su tiempo (1782-1840) un antecedente de las desmesuras del rock: si Mick Jagger trató de establecer una relación con el diablo en Sympathy for the Devil, Paganini fue, para los fetichistas y supersticiosos, que no comprendían su insólito virtuosismo, el diablo encarnado tocando violín.

Un dibujo de Edward Landseer lo muestra como la delgada aparición del genio romántico, con sus cabellos revueltos, la mirada algo extraviada, tocando para admiración de la audiencia que lo observa en el fondo de la imagen, pasmada y boquiabierta ante el extraño milagro.

“Los fantásticos relatos referentes a sus hazañas técnicas rodearon a su persona de una especie de hechizo sobrenatural”, comenta el Diccionario Oxford de la Música. “Se dice, por ejemplo, que las multitudes londinenses lo seguían y lo tocaban para ver si en realidad era de carne y hueso”.

El encanto de lo sobrenatural raya, en ciertas ocasiones, con el absurdo. En el caso de Paganini, el contraste del genio y su excepcional carácter, fue expresado por el público otorgándole al violinista una dimensión mítica, alucinante, posible únicamente en el reino de Dios —o del Diablo…

Más todavía cuando la precocidad del niño —tocando a los cinco años de edad la mandolina, pasando dos años después al violín y, luego, a los escenarios del mundo— resultaba inexplicable en 1794, cuando Niccolò tenía apenas doce años de edad y asombra a la congregación de una misa donde interpreta el violín en el templo de San Filippo Neri en Génova.

Así como Paganini influye años más tarde en Liszt, quien se retiró a París en 1832, impresionado de tal forma por el violinista que quiso perfeccionar la gracia y la técnica que le imprimía al piano, el niño que tocara en Génova quiso imitar al saltimbanqui polaco del violín, conocido en su tiempo como August Duranowski, capaz de hacer cualquier truco en las cuerdas cuando hacía danzar su arco.

A partir de entonces la leyenda crece con matices novelescos: una difícil relación con su padre por la forma como le imponía a su hijo ser el mejor violinista del mundo; un encuentro en Parma con el maestro Alessandro Rolla, quien dejara sobre una mesa de su casa la partitura de su último concierto, tocándola Paganini con una impecable lectura a primera vista que ocasionó el salto inmediato del lecho de enfermo en el que estaba Rolla para exclamar: “¡No puedo enseñarte nada, muchacho! ¡Ve y busca a Paer!”; un aprendizaje veloz e inaudito con Ferdinando Paer, que le dio clases de composición, y con el maestro de Paer, Gasparo Ghiretti, giojoso con el infante al que enseñó contrapunto; una carrera en la que se recuerdan improvisaciones como la Scena amorosa, tocada en Lucca, haciendo de la cuerda de Mi, la voz femenina y de la cuerda de Sol, la voz masculina, diciéndose entre sí el par de enamorados: mi sol.

Sus 24 Caprichos, compuestos hacia 1805, exigen un virtuosismo insensato para cualquiera de sus intérpretes y se pueden escuchar como una semblanza de la suerte inestable que retara a Paganini. La precocidad musical, que simula juguetes humanos de inapreciable valor, haciendo “juegos de niños con cosas de adultos”, es tiránica y recauda, en tiempos de madurez, los privilegios ganados. Y en ciertos casos esto resulta dramático: la moneda del elogio se intercambia fácilmente por el vituperio.

Aunque Paganini gozó del esplendor de su época, los periodistas seguían el transcurso y evolución de su vida, descubriendo tercamente, tras el violín inspirado, las veleidades humanas de una codicia suprema. En París es alabado —“entusiasmo diabólico, divino… toda la gente enloqueció”— tanto como detestado cuando se niega a tocar en un concierto benéfico; en Londres, el mismo año, 1831, The Times pone en tela de juicio el precio delirante que cobraba Paganini por sus conciertos, al mismo tiempo que escribía con admiración: “No sólo es el intérprete más refinado que haya existido en el instrumento: es único en su especie”.

Más allá de los dilemas que le planteaba su época —y a su época—, el testimonio supremo es la música compuesta por este mortal que rebasó su propia genialidad, su tiempo, al público que hizo de él una personalidad sobresaliente. Una proeza, si pensamos que en el siglo XIX el mundo estaba poblado por personajes insólitos: Heine, Schumann, Goethe —un genio envidioso cuando Goethe se limitó a comentar de Paganini: “Apenas escuché algo meteórico”.

Los viajes de Paganini por Italia, Francia y Alemania; el seguimiento alocado que hizo de él un fanático copiando su estilo y sus composiciones inéditas —como luego sucedería en la vida breve y tortuosa de otro genio nada fugaz, Charlie Parker, transformando el mundo del jazz que sería distinto tras su rastro que nunca se extingue—; la veneración casi mística por el músico capaz de renovarse siempre, llevaron a Paganini a terrenos semejantes como aquellos que habitan ciertas criaturas fantásticas —los ángeles, los unicornios, el Minotauro—: ficciones posibles en realidades cercanas a lo sobrenatural.

“Nunca escuché a un cantante capaz de conmoverme tan profundamente como Paganini interpretando un adagio”, escribió el padre de Clara Schumann, Friederick Wieck. “Nunca ha existido un artista que sea tan grande e incomparable en tantos géneros”.

Boris Schwartz explica las destrezas técnicas de Paganini en el Diccionario Grove de la Música y los Músicos, la forma de manipular el arco con el antebrazo y la muñeca mientras que la parte superior del brazo se mantiene contra el cuerpo, su acrobática digitación de caucho, los “enormes riesgos de sus interpretaciones, que exigían de él un control sobrehumano”, el carácter demoníaco de su estilo.

Pero si el Diablo es cojuelo en el libro de Vélez de Guevara, enamorado en la historia de Jacques Cazotte, imaginario en el capítulo 34 de la segunda parte del Quijote, en Paganini fue desdentado y apenas un Diablo considerado como tal por su genialidad, por su fe iconoclasta en el ámbito religioso y por los giros diversos que tendría su vida. En 1828, la apariencia supuestamente infernal del músico la completó una operación de mandíbula por la que tuvieron que sacarle todos los dientes, hundiendo su boca con un gesto tempranamente senil. De resto fue tan “diabólico” como muchos otros hombres: avaricioso, pródigo con su venerado Berlioz, admirado, temido o vilipendiado, sus contradicciones pertenecen al ámbito de lo humano con la diferencia notable del legado que dejara en el ámbito de la música.

Si a esto se suman las aficiones y calamidades de sus últimos años, que regentó un casino en París al que llamó Casino Paganini, granjeándose enemistades, traiciones y deudas insostenibles; que perdió la voz; que el obispo de Niza le negó el descanso en el cementerio debido al rechazo en su agonía de los oficios de un sacerdote, por lo que fue considerado “un renegado sin esperanza” —permaneciendo su cadáver en un sótano para trasladar sus restos a otro cementerio, en Parma, casi cuatro décadas después de su muerte—, la leyenda del esplendor y caída atribuidos al ángel que se rebeló en contra del poder divino, construyen el mito trágico de Paganini.

¿Importa? Entretiene, pero no rebasa la gloria de sus Caprichos, de su música de cámara, de sus conciertos para violín y orquesta, de su obra, parte de Dios y parte del Diablo.

 

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