Obra en marcha

El Fondo de Cultura Económica reunió 24 obras del artista colombiano, fallecido en Nueva York en 2011.

Pintura en óleo sobre lienzo de la serie ‘Embozalados’, creada entre 2007 y 2008. / Cortesía Fondo de Cultura Económica

Los artistas mueren, pero no su obra. Ella los sobrevive y supera las expectativas de la mera carne, de la pura física: una obra de arte activa es aquella que siempre tiene nuevos significados, sin que importe su tiempo ni su demarcación geográfica. La obra de Daniel Segura Bonnett —fallecido a los 28 años en Nueva York— obedece a esa premisa; obedece también al fragmento, a lo inacabado, a la fijación en el detalle y a la pérdida del todo.

Segura dibujó desde sus primeros años. En un catálogo ajeno a la exposición se incluyen algunos de esos dibujos, que muestran una disciplina inicial, una fijación en el color y un mejoramiento en el tiempo de las formas. Años después ingresó a cursos de verano en dibujo y grabado en la Universidad Complutense y también en la Art League de Nueva York. En la Universidad de los Andes obtuvo su título en artes plásticas. Se suicidó cuando estudiaba una maestría en administración del arte en la Universidad de Columbia. Cuanto quedó, y cuanto recogieron sus familiares cuando volaron a Nueva York al saber de su muerte, son cuadernos, libretas, retratos. Todo aquello quedó relatado en Lo que no tiene nombre, escrito por Piedad Bonnett, su madre.

“No pretendo presentar a Daniel como un artista consumado —escribe Bonnett en un catálogo de la obra de Segura, impreso en 2012—, sino mostrar un proceso, una obra en marcha que revela conocimiento y un espíritu sensible y lleno de fuerza”. Esa marcha es visible en Embozalados y autorretratos, la exposición que abrió ayer el Fondo de Cultura Económica. Allí se reúnen dos series del artista, pintadas en grafito, pastel, óleo y tinta.

Los autorretratos, casi todos ellos creados con materiales sencillos, exploran el espíritu propio. Todo autorretrato, en últimas, lanza eso: la imagen que se tiene sobre sí mismo. Monocromas, estas obras tienen trazos ligeros, pero no deliberados: la ligereza expresada en la delgadez de ciertas líneas (como en su autorretrato de 2001 en tinta) permiten que el rostro se eleve, que sea al mismo tiempo deslumbrante y umbrío. No hay allí una pretensión de seguir la figura en su orden, sino más bien de reconocer actitudes interiores, de que el rostro y el cuerpo sean reflejos de su espíritu. “Esta patria del gesto —dice Luis Ospina, crítico de arte— es un lugar abandonado de palabras y figuras, la mano parece traducir al papel lo que le dicta una pulsión gestual que no pasa por la boca. Habitar este lugar es difícil, no ilustra un verbo ni un concepto ni una narración, el impulso gráfico no está anclado al puerto de la metáfora, escapa a un destino conceptual, a una normalidad explicativa que la apacigüe”. Dicho de otro modo: los autorretratos de Segura permiten reconocer un instante, un fragmento, un gesto; permiten conocer un pasaje amarrado a la nada.

La serie Embozalados tiene un registro más amplio de las capacidades artísticas de Segura. Es pintura, ese modo del arte que parece morir pero que aún se produce en abundancia. Son figuras de perros con bozales, pintados en formatos pequeños (de apenas 20 centímetros) y lienzos de casi dos metros de altura. Está allí una figura al parecer inocente, el perro, limitada por una herramienta miedosa, que censura: el bozal. Los retratos, dice Ospina, son reflexiones sobre la vigilancia, y acude a un texto escrito por el mismo Segura: “El aparato de vigilancia crea desasosiego, ciertas formas del miedo. Hay una tensión latente que pareciera siempre a punto de explotar. El bozal del perro es amenaza contenida”. Quizá uno de los retratos que más soprenden es el de un perro que agita su cabeza, que parece iracundo y que ya no tiene el bozal puesto: ha salido de sus propios límites, los ha roto, y su hocico se ve borroso, borroso porque la libertad también desfigura la imagen propia.

Quedan por fuera de esta muestra algunas obras inacabadas, una serie de estudios que Segura realizó sobre Rembrandt —y que tituló Pierre Menard, autor del Quijote— y también una colección de pinturas más atraídas por la abstracción. Estas obras tienen el valor del fragmento, dibujan, más que el objeto mismo, el proceso de un artista que conocía su material y trazaba su arquitectura interior a través de él. Hay aquí muchos tonos oscuros y también cierta volcada felicidad, como en Lápiz, que pintó en 2002. Todos aquellos fragmentos, sin embargo, crean un todo. “Fragmentos, pensamientos fugitivos, decís —escribió Emil Cioran en Ese maldito yo—. ¿Se les puede llamar fugitivos cuando se trata de obsesiones, es decir, de pensamientos cuya característica principal es justamente no huir?”.

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@acayaqui

La muestra estará en la sala de exposiciones Débora Arango en el Fondo de Cultura Económica (calle 11 Nº 5-60).

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