Octaviano Augusto, dos mil años después

En 2014 se puede apreciar mejor la relación entre el nombre del mes que está por terminar y el ilustre personaje a quien se debe tal denominación.

Cuando en español, italiano o portugués se dice “agosto”, o en francés août, no hay una idea inmediata de la procedencia del nombre del mes, como sí sucede en otros idiomas (August, august, augustus). Ahora bien: este año se puede ver más clara la relación del nombre del mes con el personaje al que se le debe esta denominación, pues se conmemoran dos mil años de la muerte del emperador Octaviano Augusto. Como es apenas obvio, muchos círculos culturales y académicos han organizado encuentros, congresos, simposios, exposiciones y publicaciones para recordar la labor de este controvertido, o mejor, polifacético hombre de Estado.

Como todo el mundo sabe, antes de la invención de la imprenta de tipos móviles era normal el analfabetismo, incluso entre poderosos gobernantes. Octaviano era un hombre ilustrado que desde su niñez tuvo la oportunidad de dedicarse al estudio, y no tardó en mostrar su vocación, su disciplina y su talento (Suet. Aug. 84). Su obra Res Gestae es una buena muestra de sus cualidades literarias, a pesar de ser autobiográfica y, por tanto, no del todo objetiva. Por supuesto, en su formación influyeron sus estudios en la reconocida Academia de Apolonia y su contacto con el círculo literario y político de Cayo Cilnio Mecenas, el famoso benefactor y patrocinador de escritores y artistas.

Como gobernante, Octaviano gozó de una imagen predominantemente positiva de reconocidos escritores de la época, como Virgilio, Horacio y Propercio. Veamos un caso particular: aunque el historiógrafo Suetonio diga que Horacio escribió el himno de los Juegos seculares (17 a.C.) por encargo de Octaviano, para engrandecer la imagen del emperador, ¿qué se puede decir de las frecuentes alabanzas que aparecen en las demás obras de este poeta y que fueron escritas años antes de ese encargo? ¿Se trataba solamente de una vil pluma al servicio del poder? No hay que olvidar que Horacio era amigo de Octaviano. Y además de honrar a un amigo, ¿no había lugar para hacerle un reconocimiento al hombre que llevó la paz a Roma, después de un largo período de padecer cruentas guerras, y que, consecuentemente, propició el restablecimiento del orden, la prosperidad en los campos y la expansión del poder, del nombre y de la gloria del Imperio? Tampoco hay que olvidar que ya el senado lo había honrado con el título de “Augusto” y que era considerado el princeps, el primer ciudadano.

En el caso de las provincias, hay que recordar que en el mundo helénico se rendía culto al rey griego o al emperador romano, veneración que se extendía al fundador de una ciudad, a benefactores y a quienes habían realizado actos heroicos (nada de extraño tiene esta actitud: aún hoy salen muchas personas a las calles a honrar a sus monarcas, y sus matrimonios y demás asuntos familiares alcanzan niveles récord de sintonía en los medios). Octaviano no sólo quería ser identificado con Júpiter, sino también encarnar la imagen de Apolo, su dios protector. Según un rumor, el influjo de este dios se remonta al nacimiento de Octaviano, y no es un secreto que su tiempo en Apolonia afianzó más esta relación (Suet. Aug. 94; Dio. 51.1.2).

Imposible pasar por alto las victorias contra Sexto Pompeyo en Nauloco y contra Marco Antonio en Actium. Para Octaviano, esta última batalla representó el punto de inflexión para la obtención del poder absoluto. Tanto significó que su memoria se perpetuó con la fundación de Nicópolis (“La ciudad de la victoria”), cuyo nombre constituía por sí solo una especie de propaganda; además dispuso la realización de unos juegos cuatrienales (Actiacos), incorporados después al gran ciclo de los Panhelénicos (Suet. Aug. 18; Estrab. 7.7.6; Dión. 51.1).

Séneca lo presenta como miembro del tribunal divino que juzga a Claudio. En su intervención, Octaviano “mata dos pájaros de un solo tiro”, pues exalta su legado y reprocha la mala gestión de Claudio como emperador: “¿Para eso intenté establecer la paz por mar y por tierra?, ¿para eso terminé con las guerras civiles?, ¿para eso fundé la ciudad sobre leyes y la embellecí con grandes obras?” (Apocol. 10. 1-2).

En fin, el objetivo de este texto no es servir de instrumento histórico, arqueológico o filológico, sino recordar un simple aniversario. Entonces cerremos este breve comentario con la escena de la muerte del emperador: en su lecho, les preguntó a los presentes que si consideraban que él había representado bien la comedia de la vida (“farsa de la vida”, en otra posible traducción para mimum vitae) y que, en caso afirmativo, aplaudieran (Suet. Aug. 99). ¿Por qué no pensar que el emperador Juliano el Apóstata le contestó, siglos más tarde, cuando lo definió como un “camaleón”?

Independientemente de lo que haya querido manifestar con las últimas palabras, hay que destacar su labor en la transición romana de la República al Imperio, aunque para obtener el poder absoluto haya tenido que deshacerse de sus rivales y enemigos, amparado en parte por el proverbio “quod licet Iove non licet bove” (“lo que se permite a Júpiter no se permite a un buey”) y por la situación de guerra civil. Acciones de guerra o crímenes, justificados o no, sólo queda reconocer que el príncipe, padre de la patria y segundo fundador de Roma marcó un hito en la historia de Occidente, con consecuencias positivas y negativas, y que, no en vano, algunos gobernantes contemporáneos siguen tratando de emularlo.