Homenaje

Oh, Gloria

La Primera Dama de la Cultura en Colombia es poco para hablar de Gloria Zea. Esta semana murió una mujer que no necesitó de un marido famoso para hacer una gran obra por el arte nacional.

Gloria Zea, cuyo cuerpo fue velado hoy en la Catedral Primada de Bogotá. Cortesía

Después del café, en su oficina del Museo, las historias las relataba con una chispa impensable en su casa, en su bella morada, con ese aire de decoradora de interiores, artista, curadora o todas las anteriores. Otras veces prefería ir a un cóctel, saludar, saludar y saludar. Después, un gran restaurante. 

Si bien pensaba como curadora, en cada detalle tenía ojo agudo de crítica y se había formado como artista, su arte fue la gestión cultural... Es inolvidable aquel consejo valioso: “una palmada en la espalda, para demostrarle lo mucho que se espera de él”, decía, como recomendación infaltable sobre el ritual que era pedir apoyos para un proyecto. Tenía sus propios códigos y acciones.

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Gloria Zea hablaba, hace apenas dos meses, de la necesidad de establecer políticas públicas para apoyar, desde el Estado, a los museos del país. Mencionaba entonces que no había “política de adquisiciones, donaciones, cofinanciaciones”, una tarea que le quedó pendiente, porque una tarde dijo sentirse demasiado cansada ya, como para tener que ir a hacer lobby político, una de las únicas maneras de conseguir tal fin en este “realismo mágico" que a veces gobierna el país del corazón de Jesús. Dijo que la “nueva generación" tenía "toda la vitalidad para encargarse de ello”.

"Este sector parece muy bonito y muy bueno, pero tiene grandes problemas. Cojamos solo uno, analicemos uno solamente, el problema de los museos, el sostenimiento de ellos. Los museos en Colombia reciben unos aportes muy menores, casi insignificantes, de parte del Ministerio de Cultura, del Distrito. Estoy hablando de ciudades muy grandes, como las nuestras. No me imagino a los gestores culturales en un pueblo a horas en caballo del casco urbano. Todavía no entiendo qué es lo que el Estado piensa que los directores de museos debemos hacer para el funcionamiento de nuestra institución. Con todo y eso, cuando uno está ahí, al frente, todo el mundo señala, pero pocos llevan las manitos al bolsillo”.

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Por otra parte, así no fuera de esa onda “naranja” de moda en estos tiempos, motivaba al emprendimiento, a no tener miedo para trabajar en el sector cultural, así el panorama fuese desalentador, porque, como decía, la frase de este sector es: “no hay presupuesto”. 

Solía repetir que este país se arreglaba era con cultura y, entre risas, contradecía a la maestra Dora Ramírez, quien aseguraba que este país se arreglaba era bailando. Que no bastaba con bailar bien, bromeaba.

El olor a su perfume se podía sentir a la distancia. Una fragancia de una gran casa francesa, fuerte, pero dulce, como era ella, impregnaba cualquier lugar, a veces la gente presente volteaba a mirar quién olía así y se lo decía. "Gracias", decía ella cerrando lentamente los ojos, con esa fina coquetería que la caracterizaba. 

Siempre supo que las relaciones eran esenciales. Por eso dejaba la mayor cantidad de puertas abiertas, así se las cerraran en la cara, porque cuando le decían que no podían apoyarla, reflexionaba: “de pronto en otro momento será”.

A finales de loa 60, Marta Traba, la única crítica de arte del país con programa en tv, quien formó con sus programas a varias generaciones en artes visuales, le entregó a Gloria Zea un tesoro, unos cuadros que para ella eran el Museo de Arte Moderno. Visionaria la Traba, claro, aunque a ojos de hoy un poco ingenua, porque un museo era más que esas obras: necesitaba un alma. Y eso fue precisamente lo que Gloria Zea le dio al Museo de Arte Moderno de Bogotá -Mambo, su alma. Llegó para hacer realidad un sueño de otra, pero lo volvió el suyo, lo volvió suyo. Su dirección en el Mambo arrancó en 1969. Y no paró: fueron 47 años luchando por un Museo en un país hijo del fútbol y las eucaristías.

“Marta dirigió el Museo seis años, lo creó, y a los dos años tuvo que cerrarlo por falta de dinero, por problemas políticos. Cuando yo recibí el Museo de sus manos, había estado cerrado cuatro años, muerto. Era un reto que me daba miedo, no voy a negarlo. Una noche en vela y me di cuenta de que, sobre todo, ese museo era una necesidad urgente de Colombia. Cuando llegué no tenía presupuesto, no tenía absolutamente nada, fue ver la realidad cultural, entender que en este país a veces no se valora la potencia del arte”, narró alguna vez Gloria Zea, quien recibió, además de papeles y catálogos de exposiciones, ochenta cuadros que fueron el inicio de la colección permanente del Mambo y su primer tesoro.

Como sabía la compleja relación de este país y las artes, supo pronto que habría que ser muy fuerte, desde el principio, confesaba, cuando Traba le dijo que hiciera un Museo en Bogotá. No desfalleció y se fue puliendo, como contaba. Supo que la gestión cultural era de grandes, después de muchas duchas de agua caliente, en las cuales las lágrimas se fundían entre las gotas. 

No habían inventado muchos de los estímulos públicos que hoy subsidian la cultura en Colombia y ella ya estaba en las oficinas de los grandes empresarios del país, donde pronto se dio cuenta de que necesitaría más que su belleza para alcanzar los apoyos necesarios para sostener esa mole de cemento que tenía a cargo. 

El Mambo, que está hoy junto al Parque Bicentenario, en el Centro de Bogotá, el que estaban “arrendando” el año pasado, tuvo al frente a una mujer capaz de pensarse alianzas, eventos y actividades novedosas, con tal de mantenerse. Ella fue quien consiguió todo: predios, diseños, obra, permisos, todo, para que el Mambo naciera como hoy vive.

Dice Cristóbal Peláez, del Teatro Matacandelas, que a veces ir a llevar el mensaje tan de moda de: “la cultura necesita de grandes gestores como usted”, en los 70, era como ir a llevar el VIH, Sida, lo cual sé que Gloria también pensaba, así su sonrisa de complacencia, el amor con el que hacía las cosas, lo soñadora que siempre fue, no la dejaran jamás derrumbarse. Las épocas duras la hicieron fortalecerse, reinventarse y, como el ave Fénix, sacando proyectos jamás pensados como la Biblioteca básica colombiana (1975-1982), la cual, bajo la dirección suya y el apoyo editorial de Juan Gustavo Cobo Borda, publicó cincuenta volúmenes. 

En 1976, fue nombrada directora de la Ópera de Colombia, un reto enorme porque, si bien la música clásica no ha sido jamás popular en el país, su hermana, la ópera, requería de ingenio para popularizarse. En ello gestó bellezas con su confidente de locuras: Ramiro Osorio. Con él se sentía segura, contaba, a la hora de planear espectáculos de grandes dimensiones, confiaba en la intuición de su amigo y colega. Ellos trabajaron juntos en grandes montajes, era el arte escénico de total detalle, bien montado. 

Una mujer que superó el amor

Si bien estar casada con el maestro Fernando Botero marcó su vida, ese hecho lo superó con su carrera. No es conocida en primer lugar por ser la esposa del creador de la “Gorda Botero”, cómo le dicen las mamás a la obra “Torso femenino” ubicada en el Parque Berrío de Medellín, en la sede del Banco de la República, una de las más famosas del maestro.

Si bien alguna periodista de la prensa rosa de vieja data cuenta que Gloria Zea no ocultó su rostro cuando ese amor se acabó, porque le dolió como era normal, ello, paradójicamente, la hizo más fuerte. 

Siempre fue respetuosa por el quehacer del otro. El amor significaba escuchar con calma, mirar a quien le hablaba y preguntar, respetuosa, “¿me permites?”, cuando iba a opinar.

Esto lo narra Eduardo Serrano, quien aceptó que Gloria le dio al país un ejemplo de creer en el talento y el conocimiento de otros: “cuando llegué de Nueva York, donde había estudiado, Gloria Zea me permitió ser curador. Seguramente ni ella tenía claro qué era lo que hacía un curador, pero aceptó trabajar conmigo, me dio la oportunidad e hicimos cosas maravillosas”.

No es cuento de Serrano, durante su dupla, ella como directora y él como el hombre a cargo de los contenidos, de exposiciones míticas y apuestas novedosas como los Salones Arenas del Mambo, el  pais escribió en la historia del arte el nacimiento de una escena nueva, no la del arte moderno de Traba, una bomba llamada, en algunos casos, Nadín Ospina, por ejemplo. 

Ni qué decir de Miguel Ángel Rojas, o de Beatriz González, validados en sus comienzos por una entidad cultural que hoy sigue erigiéndose entre la Biblioteca Nacional de Colombia y el cine Embajador. 

Cuando Gloria Zea fue la directora del Mambo, la entidad les dio la oportunidad a los nuevos nombres y comenzó esa idea del “arte contemporáneo”.

Gloria, la médium 

No es por mostrarla como una mártir, pero tal vez Gloria Zea no la pasó tan bien. Así su belleza permitiera que los pretendientes le coquetearan o que todos los fotógrafos de sociales quisieran tenerla en sus grupos de “gente linda, gente bella”, por estar siempre elegante, con esa idea de “menos era más”; sufrió el cambio generacional, dolores personales, familiares. 

El gremio, quisquilloso y casi-muchas-veces falso, empezó a decir, con la llegada del mundo globalizado, interconectado, que ya le había “pasado el cuartico de hora”. Decían que ella era de “las viejas Glorias”. Alberto Sierra, director de la Galería de La Oficina, de Medellín, era un admirador de Gloria Zea, y decía, sonriente, que ojalá en Medellín hubiese una Gloria, que ella lo que se proponía lo lograba.

Quizás uno de sus talentos era que conectaba a unos con otros. Es que muchos no saben que Gloria Zea, cuenta el curador Andrés Felipe Ortiz, había intentado ser médium. La magia que tenía la llevó a descubrir que podía haber “paranormalidad”. 

“Su abuelo y el maestro Francisco Antonio Cano hacían sesiones de espiritismo. Después de muchos años ella se volvió médium. Su abuelo, que era médium, escribió un libro sobre espiritismo”, relata Ortiz, amigo y compañero de locuras, como el homenaje a Hernán Díaz que gestaron juntos, refiriéndose a la transferencia generacional de esa “brujería”.

Por eso, por lo bruja, así los críticos culturales afirmaran que “se estaba demorando”, supo aceptar el retiro y aplaudió, en 2016, la llegada de Claudia Hakim, su predecesora, y, poco a poco, hizo sombra. Gloria Zea se fue del Mambo por la puerta grande y con la frente en alto.

Enseñar a aprender

Enseñaba a soltar, a dejar ir, algo que quizá le venía de dolores como el de su hijo muerto, o, tal vez, de cuando Botero dijo en una entrevista “he tenido tres mujeres y tres flacas”, con ese humor paisa corriente.  

“Me voy satisfecha, orgullosa de lo que se ha logrado”, dijo después de 46 años al frente del Mambo, heredado de Traba, su profe universitaria.

Volviendo a la despedida, dijo que era suficiente. Inicialmente por dentro, por no perder lo impecable que era. Con los años entendió que sí fue el mejor momento para hacerlo.

En 2014, cuando recibió la Orden de las Artes y Letras en el grado de Oficial de manos del embajador de Francia en Colombia fue calificada por el de entonces, Jean-Marc Laforet, como una de las gestoras culturales más importantes en la hstoria de Colombia. 

“Ustedes los jóvenes tienen que emprender proyectos, hacer instituciones, como lo he hecho yo, con trabajo, con perseverancia, con el hígado, con mucha dedicación y la capacidad absoluta de no dejarse derrotar, porque eso es el mundo, una serie de derrotas. Trabajar para la cultura colombiana, decirse gestor cultural aquí, en Colombia, es como un reality de esos que están de moda, los de carreras de obstáculos, equilibrio, uno tiene que tener fuerza, concentración y ganas, para no dejarse derrotar. Eso es lo que yo he hecho durante todos estos años”, decía.

 

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Daniel Grajales T.

Cultura

Oh, Gloria

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