Historias de Vida

Olga Lucía Mejía: "Un perro es un ser que viene a enseñarte"

Presentamos a Olga Lucía Mejía en esta nueva entrega de Historias de Vida, creada y producida por Isabel López Giraldo para El Espectador.

Olga Lucía Mejía, a la izquierda, con su madre, Ligia Escobar. Cortesía

Es una mujer amante de la naturaleza, de los animales y de la vida, y aferrada a los valores, a la belleza y al amor. A sus cinco años ya sabía que quería ser veterinaria. No es una persona religiosa pero sí espiritual que permanece conectada con todo lo que genera luz y bondad en el universo.

Mis orígenes son de familia antioqueña. Mi bisabuelo, Alejandro Mejía, era un hombre recio quien tuvo muchos hijos, comercializaba ganado en Antioquia. Mi papá, Hernán Mejía, nació en las montañas de Santa Bárbara, un pueblo minúsculo de Antioquia de menos de mil habitantes. Si bien creció en unas condiciones económicas estrechas (solo usaban zapatos los fines de semana), nunca faltó un plato de fríjoles cada noche en su mesa. Fue un hombre aventurero, arriesgado y soñador.

Mi mamá, Ligia Escobar nació en Medellín y fue la hermana mayor de seis hermanos. Cuando se conoció con mi papá, entablaron una relación de noviazgo que duró cuatro años, luego se casaron y salieron adelante trabajando juntos.

Mi papá se dedicó a comercializar algodón, se vinculó a Coltejer y luego montó una agencia de telas con la que fue muy próspero. Él fue siempre un hombre muy emprendedor que, por ejemplo, iba en avioneta hasta Iquitos y navegaba por el rio Amazonas abriéndose mercado. Fue un trabajador incansable que contó con la compañera de vida perfecta, pues mi mamá siempre ha sido una mujer muy rígida, estricta, organizada y fuerte que lo estructuró.

Vivieron en Cereté un tiempo y luego se establecieron en Bogotá, donde nacimos cuatro hermanos-un hombre y tres mujeres, yo fui la última, seis años después de mi anterior hermana. Nací cuando mi mamá ya superaba los cuarenta años. Así que me tocaron unos padres adultos, en un momento de la vida diferente. Tuve una mamá que trabajaba muy duro y pasaba mucho tiempo ocupada igual que mi papá sin embargo ellos me acogieron, en especial él quien me rodeó de cariño, fue muy consentidor y protector. Durante mi niñez mi conexión con mis hermanos no fue muy estrecha pues pertenecíamos a generaciones diferentes, yo era una niña y ellos ya vivían los ímpetus de la adolescencia, afortunadamente esto cambiaría más adelante.

Crecí en Bogotá en una casa en la calle 104 con novena, recuerdo que mis papás tenían en esa época un almacén en el centro de Bogotá en el que comercializaban ropa. Viviendo en la ciudad, mi papá siempre añoró la montaña por lo que compró una finca por San Antonio del Tequendama, a 1.400 metros sobre el nivel del mar. Podría decirte sin dudar que aquí encontré mi lugar y fue donde hice mi grupo de amigos con los que disfruté mi infancia corriendo entre los árboles, haciendo cuevas y chozas, y explorando las quebradas. También visitábamos con frecuencia a los tíos y primos finqueros en Tulua”, una de las fincas en que mi tío cultivaba algodón. Los años de visitas a esa finca fueron hermosos rodeada de primos, aventuras y mucho amor.

Si bien mi infancia fue muy feliz, no así mi adolescencia. Cuando cumplí doce años mi mamá sufrió una trombosis muy grave, este evento coincidió con el comienzo de una turbulenta adolescencia, pues sin entender que ocurría conmigo, los días se tornaron oscuros, solitarios y llenos de explosivas e inexplicables emociones.

En ese momento se comenzó a manifestar un fuerte sentimientos hacia una compañera de clase lo que me generó una enorme confusión no solo por hacer parte de una familia conservadora y muy tradicional, sino por mis compañeras de colegio. Sentí mucho miedo y rechazo. Comenzó una lucha interna que me llevó a considerar un camino oscuro y peligroso guiado por la tristeza y la desesperación.

Mi etapa escolar fue realmente difícil. Me echaron de tres colegios por hiperactiva (lo que hoy se conoce como déficit de atención que en esa época no se diagnosticaba). Afortunadamente en ese momento tan difícil de mi vida mis padres me pusieron en terapia con una psicóloga extraordinaria a la que pude expresarle toda mi angustia. De manera muy profesional me dijo que a quienes tenía que entrevistar era a mis papás. Los llamó, les explicó, los ilustró y a mí me normalizó la situación en una época que no era fácil considerar el tema. Lo cierto es que yo he podido vivir mi vida con tranquilidad y mis padres aprendieron muchísimo de la situación. Pude seguir adelante y enfocarme en mis sueños.

Mi papá siempre soñó con tener un velero por lo que viajamos en familia a comprarlo a Estados Unidos cuando yo tenía diecisiete años. Navegamos durante un mes por las Bahamas y Jamaica hasta el Club de Pesca en Cartagena dirigido por un capitán contratado en la florida, cual vikingo lleno de tatuajes que no hizo otra cosa que regañarnos en inglés durante todo el trayecto, así aprendimos el bello arte de la vela. Y yo, para poder hacer el viaje, tomé la decisión de renunciar al colegio en sexto bachillerato.

A mi regreso busqué validar mi bachillerato pero las opciones que tenía no resultaban para nada atractivas. Conocí a Humberto Gómez, un amigo con quien llegué al Liceo Nacional Femenino de Zipaquirá (colegio oficial con un nivel altísimo) en donde nos preparamos, pese a nuestra edad (teníamos dieciocho años), con las niñas de sexto. Viajábamos todos los días en flota de Bogotá a Zipaquirá. Solo así logramos graduarnos. Recuerdo que a él le expidieron el diploma como: “Señorita Humberto Gómez” (risas). Tuvo que lidiar siempre con eso.

Siguiendo mi sueño de ser veterinaria, me inscribí en la Universidad de la Salle, terminando así con los años de indisciplina y dando comienzo a una etapa de madurez y crecimiento personal. Me gocé la carrera y la amé. Sin embargo algunos veterinarios tenemos el síndrome de hipersensibilidad, emocionalmente nos fundimos con el sufrimiento de los animales, y la insensibilidad de algunos propietarios, lo que nos hace daño, especialmente los casos más críticos, así pues que no ha sido para nada fácil ejercer mi carrera. Dentro de las estadísticas mundiales, los profesionales veterinarios, presentan una taza alta de intentar y cometer el suicidio. Por eso es importante contar siempre con apoyo emocional que puede ser profesional o grupo de apoyo de amigos, familia, entre otros.

Para mi fortuna, durante mi vida he construido un hermoso grupo de amigos, que hoy en día son un apoyo enorme, un motivo de alegría y comparto mi vida muy de cerca con estos seres, auténticos, amorosos, valientes e incondicionales.

Luego de varios años de ejercer mi profesión y tener mi negocio de insumos agropecuarios, se me presentó una linda oportunidad de viajar a Canadá motivada por mi situación sentimental del momento.

Viví en Toronto por cuatro años en calidad de residente y trabajé en una clínica veterinaria con un equipo extraordinario. No me quedé para validar mi carrera pues mi papá se enfermó del corazón y me tuve que devolver al país para estar con él y pensé en abrir mi propia clínica para lo que traje por barco todo el equipo. Al llegar, veterinarias fue lo único que encontré en cada esquina así que vendí todo.

Esta situación me sirvió para reflexionar, vi con la suficiente claridad que lo que yo quería era compartir con perros saludables y felices, y soñé con un espacio en el que ellos pudieran disfrutar, así como alguna vez mi papá soñó con su velero. Los dos realizamos nuestros sueños. Como esto era algo que me exigía recursos, trabajé como ejecutiva en mercadeo internacional de flores para empresas muy reconocidas nacional e internacionalmente.

En el 2011, decidí especializarme en medicina interna de pequeños animales en la Universidad de la Salle, justo el mismo año cuando falleció mi papá. Esto me golpeó en extremo, me deprimí, hice un cáncer de seno con un tumor pequeño pero muy agresivo y maligno. Me sometí a una cirugía, cuatro quimios y veinte radioterapias. Supe de una teoría que afirma, que el lado derecho del cuerpo está conectado al padre, lo que explicaría todo, pues se detectó tres meses después de la muerte del mío. Hoy me encuentro bien, realizándome mis controles anuales, y aquí estoy continuando con mis metas.

Este fue un momento realmente doloroso en mi vida sin embargo dio un giro positivo inesperado al lograr reconectarme con mi madre luego de ella haber sufrido tres accidentes cerebro vasculares que le habían generado apatía y desconexión de sus emociones. Hoy hemos logrado construir una relación cercana y muy hermosa. Así mismo la relación con mis hermanos se ha fortalecido y hoy en día está enmarcada en un código de respeto, amor y solidaridad.

La muerte de mi papá también coincide con el nacimiento de Amarok Campamento Canino. Un espacio en la montaña diseñado para brindar bienestar a los animales, pues es donde se divierten, gozan y juegan, en un entorno natural, amplio, con hotel hermoso y colegio. Aquí fue cuando tuve el honor de conocerte y conocer a Tobby, un ser mágico a quien adoramos en Amarok.

Amarok es un aliado de la Fundación Patitas Campesinas que se dedica al rescate de perros y gatos en situación de abandono. De ella hacemos parte un equipo de personas muy activas, solidarias y amorosas. Contamos con hogares de paso mientras las mascotas encuentran un nuevo hogar, prestamos servicio de transporte por la vereda y hacemos jornadas de esterilización y de adopción. Conseguir recursos no ha sido sencillo, pero la tenacidad y amor de este grupo nos ha llevado a tener historias hermosas de perritos y gaticos rescatados, recuperados y puestos en adopción. Por eso nuestro lema y el de muchas Fundaciones de animales es Adopta, No compres!

Como mi enfoque es la medicina preventiva, comencé un curso en una universidad canadiense para graduarme como nutricionista veterinaria pues al igual que los humanos, la salud del perro depende de lo que come, ellos son carnívoros pues el 98% de su ADN es idéntico al del lobo, por lo mismo, requieren alimentos naturales y saludables. Ya es una tendencia mundial la de darle alimentos crudos ó levemente cocidos y bien balanceados a las mascotas, evitando los efectos indeseables que los alimentos híper procesados causan a largo plazo en su salud. Por todo lo anterior decidimos montar una planta industrial para la fabricación de alimentos balanceados y naturales para ellos.

El amor más lindo es el que tengo hace diez años con mi pareja. Ella es mi compañera, mi socia y el motor de mi proyecto de vida pues fue quien me animó a materializarlo. Gracias a la confianza que me transmitió, decidí renunciar a mi trabajo con los floricultores así como ella dejó su trabajo en una ONG para unirse a la construcción de mi sueño.

Hemos tenido momentos difíciles, dolorosos, pero juntas y con el amor que nos tenemos, sobrepasamos esos obstáculos para seguir adelante con lo que adoramos.

Así, Karina y yo, nos convertimos en madrinas, tías, profes, de estos ángeles de cuatro patas y es tanto el amor por ellos que decidimos instalarnos en la finca, nuestro lugar sagrado y el de nuestros animalitos.

Esta es mi familia, esto es lo que soy y a lo que me dedico dejándolo todo allí, dándome entera. Aquí hallo mi equilibrio.

· ¿Qué es una mascota en la vida?

Un perro es un ser que viene a enseñarte porque además, si eres lo suficientemente sensible, lo puedes entender y te puedes conectar con él, porque se comunica de manera sutil.

· ¿Por qué debería alguien abrir espacio para un perro en su vida?

Porque es una dimensión de afecto diferente que enriquece. Es un amor absolutamente tierno y de entrega que te permite ser, te acompaña en tu camino.

· Decidir hacerlo genera responsabilidades.

Se debe pensar que es un integrante más de la familia, sin humanizarlo. No debes nunca deshacerte de él porque, cuando te conoce, ya te conviertes en su todo. Debes guiarlo, acompañarlo, enseñarle y protegerlo.

· ¿Qué efectos tiene en el perro el que lo saquen de la que considera su casa?

Se debe abrir espacio a una mascota cuando se tiene la certeza de que se le va a prodigar amor y se le va a brindar un hogar durante toda su vida hasta que él muera, de otra forma se le parte el corazón, queda traumatizado, sufre, eso sería una traición a su confianza. Es exponerlo al maltrato, al rechazo, va a pasar hambre, frío y enfermedades. En la calle podría, con absoluta seguridad, encontrar la muerte.

· ¿Por qué es aconsejable, en la medida de lo posible, estar con ellos en su último suspiro aunque resulte difícil?

Hace un mes se fueron dos de nuestras perritas, la Negra por un cáncer en la lengua y Totó, mi perra de toda la vida luego de haber sufrido un accidente cerebro vascular. Fue un momento muy doloroso, pero nos pudimos despedir, les dimos tranquilidad y las acompañamos hasta el final. Esto brinda paz, es el deber ser, pues es cuando más te necesitan. No hay amor más grande que proporcionarles una buena vida y despedirlos mirándolos a los ojos. Es el momento para agradecerles por su amor incondicional.

· ¿Qué color eres y por qué?

Azul y verde. Porque amo el mar y la montaña.

· ¿Con qué animal te identificas y por qué?

Con el águila. Por la libertad y la capacidad de perspectiva.

· Si fueras un elemento de la naturaleza, ¿cuál serías?

Soy tierra me identifico con su fecundidad y generosidad.

· ¿A qué lugar perteneces?

A la Naturaleza.

· ¿Qué te gusta dejar en las personas que se acercan a ti?

Amor, confianza y transmitir lo que sé.

· ¿Qué debería decirse de ti el día de mañana?

Que amé profundamente, y que trabajé por el bienestar de los seres que quise.

· ¿Cuál sería tu epitafio?

Vivió sensiblemente su verdad e hizo feliz a algunos seres de dos y cuatro patas.

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Isabel López Giraldo

Cultura

Olga Lucía Mejía: "Un perro es un ser que viene a enseñarte"

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