La olvidada poesía de Paz

En los homenajes al autor mexicano parecen prescindir de su trabajo poético. ¿Qué valor estético tiene?

Octavio Paz publicó poemarios como ‘Libertad bajo palabra’ y ‘Blanco’. / Archivo - El Espectador

Es curioso: el trabajo poético de Octavio Paz, cuyo centenario se celebra este año, parece ser el objeto menos importante en su trayectoria. Los perfiles y homenajes que se le han realizado en diarios y revistas están enfocados, sobre todo, en su labor crítica a través del ensayo, que cultivó con constancia. Sus libros más conocidos, El arco y la lira y El laberinto de la soledad, pertenecen a ese género y son de él deudores absolutos. Sin embargo, es en su poesía donde se encuentra al Octavio Paz que pensaba en imágenes y ajustaba relaciones entre el cuerpo —sobre todo el cuerpo de la mujer— y la naturaleza, siempre embriagada por el humor de los tiempos. También está allí el Paz que sostenía que la poesía era un medio para encontrar la libertad, que la poesía era política por definición.

Por eso, Paz fue siempre un hombre querido y criticado. Sus primeros acercamientos a la poesía tuvieron cuerpo en Luna silvestre, por los tiempos en que leía a Góngora y a Cernuda. Allí mostró los elementos esenciales que atravesarían toda su poesía: cierta tendencia a explorar el sentido más sensual de la experiencia y también una experimentación con el verso libre —en ocasiones emparentado con las formas clásicas, como en Piedra de sol—, cuyo discurso permitía una música distinta. “Uno de los temas fundamentales (en la poesía de Paz) es la metamorfosis, la posibilidad de que las cosas no se queden como son, sino que se conviertan en algo más que ellas —dice Patricia Trujillo, profesora de la Universidad Nacional y magíster de la Universidad de Barcelona—. Y su poesía funciona así: es una búsqueda en distintos sentidos, incluso estéticos. Piedra de sol, que es su primer poema extenso, está basado en la idea de las constantes transformaciones. Una cosa desencadena en otra”. En ese sentido, la opinión de Trujillo empata con la del crítico Saúl Yurkievich en el texto titulado Órbita poética de Octavio Paz: “Paz entra en la historia sucesiva, la del aquí y del ahora, en lo transitorio que continuamente se transforma, en la novedad sin fin, en el divorcio de los tiempos”.

El autor, fallecido en 1998, comenzó su trabajo poético tras su cercanía con el surrealismo y el romanticismo, que le entregaron una concepción distinta del cosmos, el infinito y cierta “nostalgia del origen perdido”, según Diego Martínez Torrón en Variables poéticas de Octavio Paz.

En una trayectoria paralela estaba el comentario crítico sobre la democracia y la libertad. El poeta tuvo siempre una posición ambigua: desde sus primeros vínculos con el comunismo y la Revolución —constante en su vida, dado que su abuelo, Ireneo, estuvo ligado a ella en México—, hasta su desencanto y los señalamientos críticos contra Stalin y Cuba, fue un hombre que osciló entre la democracia y la devastadora revolución. Nunca se desligó de ese contacto inicial, recuerda Roger Bartra en El Malpensante. Sin embargo, poco se menciona su posición frente al modo en que a través de las palabras es probable suponer un cambio de las estructuras.

Es posible encontrar la relación que creaba Paz entre poesía y política por las declaraciones que dio sobre Neruda en 1943 y que Carlos Monsiváis recuerda en una crónica sobre la vida de Paz: “Es muy posible que el señor Neruda —dijo Paz— logre algún día escribir un buen poema con las noticias de la guerra, pero dudo mucho que ese poema influya en el curso de ésta”. Neruda, en una ocasión, lo llamó “poeta traidor” y lanzó contra él una seguidilla de epítetos que Paz respondió: le dijo “estalinista”, le dijo “ególatra”. Dijo, mucho después, que “le vendió el alma al diablo”. ¿Ser poeta consistía —o consiste— en luchar también por una libertad política?

En una entrevista para la cadena de Televisión Española, en los años setenta, Paz afirmó vehemente que los escritores no debían ocupar puesto en los partidos políticos ni estar afiliados a ninguna religión, y ya en sus textos había declarado que el escritor tenía un papel crítico, que debía decir la verdad sobre ciertos modos de la vida burguesa, acomodada. Sin embargo, fue criticado precisamente por apoyar cierta inclinación de México al neoliberalismo y por tener a su alrededor, al parecer, un crecido círculo de aficionados que lo blindaban contra la crítica. Quizá por esas anécdotas, Fernando Vallejo dijo sobre él en una entrevista de 2006: “Octavio Paz era un escritor de quinta y un ser humano de décima, un asqueroso”.

Para Paz, en efecto, la poesía tenía un objeto político y estaba atravesada por la política, y sabía también que la política suele convertir a la poesía en una pobre famélica en vez de nutrirla. La poesía es, para Paz, una búsqueda de libertad. En sus poemas, que no se permiten el barroquismo, Paz da pistas sobre qué significa para él ese género: “Llegas, silenciosa, secreta, / y despiertas los furores, los goces, / y esta angustia / que enciende lo que toca / y engendra en cada cosa / una avidez sombría”, escribe en La poesía, dedicado a Luis Cernuda. En Decir, hacer, Paz expresa un concepto aún más ambiguo de la poesía: “Se desliza entre el sí y el no: / dice / lo que callo, / calla / lo que digo, / sueña / lo que olvido”. Los objetos son más que cuanto son, podría decirse a partir de la poesía de Paz. La poesía revela, entonces, esa naturaleza escondida de las cosas. “Hay una imagen predominante en Paz —dice Trujillo—, es un poeta del mediodía esplendoroso, que ilumina todas las cosas y las detiene en un momento de éxtasis, el momento de mayor placer sexual. Eso entra en contraste con el vacío, que también puede ser esplendoroso. Somos un paréntesis entre dos nadas, dice Paz”.

Dicha revelación, en la poesía del mexicano, encuentra un nicho en la modernidad: la poesía, en ese tránsito de su tiempo, entra en juego de contrarios. “La poesía dice y se desdice, se vuelve crítica, pugna e impugna, hace su propio examen, se estatuye y destituye. Octavio Paz entra en la modernidad como separación, carencia, fragmentación”, escribe Yurkievich.

La escritora mexicana Elena Poniatowska, entrevistada cuando Paz ganó el Premio Nobel de Literatura en 1990, dijo que había contado la palabra árbol más de 200 veces en 360 de sus poemas. Y parece obvio: los trabajos introductorios en el universo poético de Paz son también referencias a la naturaleza y a la sensualidad. Piedra de sol, además de su título, tiene una estrofa inicial que es en esencia un canto a la naturaleza. Y en ese ritmo persiste.

Todo parece conjugarse en la poesía de Paz: la revolución política —expresada más en el objetivo de la poesía que en sus propios temas—, el erotismo y la naturaleza, ambos parte de un mismo conjunto, de una misma esencia que se alza por encima de las demás y que permite que el mundo sea uno y sea todo: que se vea el yo en los otros. “Precisamente el concepto de ‘lo otro’, de la ‘otredad’, es lo inmanente de la poesía octaviana, su preocupación fundamental. Es el conocimiento de su propia persona a través de los demás”, escribe el crítico Antonio Puro Morales en El amor en la poesía de Octavio Paz. Tal vez eso quiso decir cuando escribió en A través: “Al cerrar los ojos / los abro dentro de tus ojos”.

 

 

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