La ondulante luz de Monet

La serie del pintor francés Claude Monet, inspirada en el jardín de agua de su hogar en Giverny, comprende 250 cuadros. Esta es la historia de la casa y su inmenso espacio.

Claude Monet frente al puente japonés en su jardín (1920), fotografiado por Étienne Clementel.

El 19 de noviembre de 1890, Claude Monet firmó el contrato de compra de una casa inmensa y rodeada de flores de todos los colores en Giverny, un pueblo en las afueras de París. Años después diría que la tranquilidad que encontraba allí no la encontraría en ningún lugar. Ni su luz. Ni su aire. Ni sus aguas. Giverny fue el lugar en que Monet, que tanto había sorprendido a la academia con sus colegas impresionistas 20 años atrás, decidió establecerse: fundar hogar, armar una casa que retratara su interior y su poética más íntima.

Había vivido en esa casa desde 1883, tras pasar algún desafortunado tiempo en Poissy, donde se inundó su hogar y las relaciones con el regente de la casa eran poco menos que dolorosas. Entonces encontró Giverny, un pueblo de no más de 300 habitantes, de pequeñas casas que en detalles recordaban los pueblos medievales, de techos en ve y jardines extensos en medio de un poblado follaje que encerraba los caminos de tierra. Giverny fue su lugar: allí permitiría que las voces de sus amigos y conocidos se contradijeran. Unos dirían que se encerró, pero otros más aportaban pruebas de que Monet, más que encerrarse, encontró un punto de apoyo a donde retornar cuando ya el exterior no le interesaba más. La casa, cuando la compró, era una propiedad de dos pisos con habitaciones inmensas, un comedor amplísimo, dos salas de estar bien acondicionadas y una biblioteca al fondo donde colgaría después cuadros de su propia producción, guardaría pocos pero excelentes libros y amoblaría con un canapé elegante, un mesón de madera fuerte y un caballete siempre presto a su creación. Al fondo, una ventana ancha permitía el paso de la luz ceniza en veces, y alegre en otras que Monet perpetuaría en sus cuadros. Desde uno de los costados del estudio, detrás del mesón, otra ventana daba al jardín laberíntico del frente del hogar.

El pintor, barbado y de estatura media, comenzaba por entonces una época de éxito: sus cuadros se vendían con cierta regularidad y a buen precio, el movimiento impresionista había calado en el imaginario de la pintura francesa e impulsado a muchos otros, entre ellos pintores norteamericanos, a recoger su tradición. De modo que Monet hubo de ajustar su espacio a sus ambiciones. El pintor adquirió, dos años después, el otro lado de la propiedad (hoy dividida por el Camino del Rey). Allí quería construir pozos con plantas flotantes y caminos de agua, con pasarelas estrechas entre ellos, y también puentes que atravesaran el pozo de lado a lado. Fue así como nació el jardín de agua: desde que compró el hogar y hasta 1914, Monet realizó reparaciones y cambios en la estructura general del jardín y la casa. Conectó el pozo central con el río Epte, un afluente del Sena; compuso, junto con varios ayudantes, el puente japonés, inspirado directamente en los que bien pueden verse en los cuadros de Hiroshige; ajustó, en las veras del pozo, flores de todo tipo y conservó árboles inmensos cuyas ramas casi caían sobre las aguas; cambió las curvas de las vías de agua que daban al pozo. Y en todo ese período, aunque sus biógrafos en Francia aún no lo tienen muy claro, instaló los lirios en el agua: flores flotantes que se atravesaban entre la luz del mediodía y su multiplicación en las aguas ondulantes.

En breve, Monet se convirtió en botánico; en sus cartas, cuando se alejaba de Giverny, anotaba severas y múltiples recomendaciones sobre el cuidado del jardín; al cura de Giverny, el abad Toussaint, le hablaba por horas sobre botánica. En principio había tenido problemas con la prefectura y algunos habitantes, que veían con extrañeza las numerosas modificaciones que quería realizar. En una carta al prefecto, Monet refería que no existía ningún problema en cultivar plantas acuáticas en ese espacio y pedía su aprobación. El jardín “no es más que un motivo de placer para los ojos y también un espacio para encontrar imágenes para mis pinturas”.

Ahora tenía su jardín y tenía sus aguas. Pero Monet no pudo tenerlo todo: poco a poco, a causa de las cataratas en los ojos, fue perdiendo la vista. “Ahora estoy casi ciego y debo renunciar a todo trabajo —escribía a un amigo en mayo de 1922—. Es muy duro y triste, pero así es: un fin triste a pesar de mi buena salud”. Destruía grandes lienzos de su producción porque no lograba entreverlos, y mucho menos incluir detalles deseados. Llevaba años pintando una serie dedicada a sus plantas de agua; completó 250 cuadros en los que los motivos eran los mismos, pero los efectos y la luz distintos. Ese mismo concepto poético (la luz sobre el agua, ambas entidades eternas) y las palabras de uno de sus amigos más cercanos, Georges Clemenceau, lo impulsaron a crear una obra monumental: las ocho composiciones, instaladas en 200 metros cuadrados, de los Nenúfares del Museo de l’Orangerie en París. El espacio fue aprobado por él y las obras hechas para caber en dos salas ovales. Monet las donó y pidió que fueran instaladas y puestas al público sólo después de su muerte.

Jamás vio la inmensa instalación.

 

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@acayaqui

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