Oriana Fallaci sin redención

La activista logró vender 20 millones de copias de sus doce libros en todo el mundo. Murió el 15 de septiembre de 2006, a sus 77 años.

Fallaci participó en la resistencia contra la ocupación Nazi. / AFP

Cae la tarde y mi mejor amiga llega a casa. ¿Siguió leyendo a esa escritora? Eso parece, contesté. Ella me dijo que gustaba de su escritura, pero no le perdonaba que hubiese saltado de la izquierda a la derecha, ni tampoco su islamofobia. Leerla no me hace una xenófoba, no creo que ella haya hecho eso y aunque no estoy de acuerdo con ella en algunas de sus opiniones, sé que tampoco nos está pidiendo perdón. Acabamos la discusión.

Transcurre la segunda guerra mundial y en medio del fascismo de Mussolini en Italia, corre Emilia con su cesto de la fruta lleno de municiones, presurosa a atravesar por algún lugar el Río Arno después de que el enemigo acabó con los puentes. A los 10 años en cada una de sus huidas nuestra pequeña partisana sólo quiere el fin de la guerra y las torturas para su padre.

Finalizado el horror de la segunda guerra, a la pequeña heroína, ahora de 14 años, le es entregada la aureola de adolescente partisana de parte del ejército italiano. Fue el primer reconocimiento a su tenacidad, característica que la acompañaría cada día para reinventar siempre su propia fuerza y valentía. Para entonces había recuperado su nombre: Oriana Fallaci, quien se encubría como Emilia, para seguir en la resistencia del movimiento “Justicia y Libertad” a su padre.

A los veinte años y después de haber abandonado la carrera de medicina, Fallaci se dedica al periodismo, pues como ella misma lo consideraba, la muerte, la libertad y el poder eran los intereses existenciales que la movieron apasionadamente en su quehacer profesional desde el cubrimiento de sangrientas guerras hasta sus controversiales entrevistas. La disciplina y entrega que tenía por el periodismo estaban también rodeadas por su repudio entrañable a los totalitarismos, la guerra y la miseria.

Esta leyenda del periodismo dio sus primero pasos en algunos diarios de Italia. Allí fue descubriendo el gran talento que tenía para hacer entrevistas. Sin embargo, fue cuando saltó a Estados Unidos y en medio de Hollywood donde su luz brilló en una de las características que la convertirían en la polémica periodista que fue, aunque paradójicamente odiaba las entrevistas, pues sentía que la verdad no estaba de por medio en éstas, y a regañadientes aceptaba el gran talento con el que se le daban.

¿Qué es la vida?, me cuestionó Fallaci en el libro con el que la conocí. Su hermana menor, Elisabetta, le había preguntado esto y ella no supo qué responder, como yo tampoco tenía claridad sobre qué decirle a la escritora que me cuestionaba detrás de sus páginas. Enganchada con una escritura abierta y de narración impecable, recorrí la crueldad de la guerra a través del diálogo directo que la periodista hizo con los personajes. Ese día, en medio del ruido de una librería con promociones, me paré y sin parpadear devoré las primeras páginas del libro que me llevaría. Y es que no podía dejar de pensar ¿Qué cuernos contestarle a una niña que nos pregunta qué es la vida? Cómo definir ese soplo que se va en medio de la huida hacia adelante de un mundo que permanece constantemente en guerra.

Siempre he creído que uno nunca vuelve a ser el mismo después de que lee apasionadamente a alguien. A Fallaci, después de ese texto, le agradecí su lucha y temple para hacer del periodismo un lugar común para las mujeres, a ver el periodismo “no como oficio sino como misión”. Se definió mujer periodista y de pie en esta posición tuve la fortuna de reencontrarla en El sexo inútil, esa crónica que le dedicó a sus viajes para centrar su atención en la situación de las mujeres en diversos lugares y culturas del mundo.

De amores y odios es Oriana Fallaci, a quien el cáncer le arrancaba la vida día tras día, a quien su enfermedad le decía: Oriana elige los médicos y el alivio o el periodismo. Valiente y testaruda como se lo dictó su rebeldía toda la vida. A sus 77 años y poco antes de morir, pidió que la llevaran a su tierra natal. Allí cesó la tos, pero nunca su aguerrido periodismo.

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